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Opinión

  • | 2012/07/09 00:00

    "No es posible no comunicar"

    Tener la conciencia de que todo lo que hacemos o dejamos de hacer le comunica algo a las personas a nuestro alrededor, es un primer paso para mantener, mejorar –o reconstruir- el canal de comunicación con otros.

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Uno de los problemas más frecuentes por los que se quejan las personas actualmente es por lo que ellas mismas definen como “problemas de comunicación”. “No me sé comunicar con otras personas”, me decía hace poco una paciente. La paradoja de la comunicación es que todo lo que hacemos -y dejamos de hacer- comunica algo. Algunos autores que se han dedicado a estudiar la comunicación humana han planteado cinco axiomas de comunicación (Beavin J.H., Jackson Don D., & Watzlawick P. ) humana, uno de los cuales dice justamente eso: no es posible no comunicar.

Una de las relaciones en las que más se presentan este tipo de problemas es en las relaciones madre-hija, sobre todo cuando la hija es adolescente. Hace un tiempo llegaron al consultorio una madre y su hija adolescente, quienes a raíz de una agresión física de la madre a su hija –una cachetada-, decidieron consultar y buscar ayuda con respecto a su relación. Durante toda la primera parte de la sesión no hicieron otra cosa que agredirse, echarse culpas e intentar mostrarme cómo la del problema era la otra. Esto fue poniendo en evidencia el “patrón” de comunicación que se había formado entre ellas: cuando cualquiera de las dos decía algo con lo que la otra no estaba de acuerdo, esta última reaccionaba interrumpiéndola para afirmar que lo que estaba diciendo no era verdad. La que estaba hablando se sentía agredida y le pedía que esperara su turno para hablar, pero la otra –ya con rabia-, ignoraba esta petición, repitiendo que lo que estaba diciendo, era falso. A medida que se prolongaba esta interacción, subía el tono de la voz hasta llegar a una “escalada” en la que ninguna era capaz de oír a la otra porque lo único que a las dos les interesaba era defenderse y contra-atacar. La comunicación ya se había perdido.

Después de un buen tiempo de discusiones y agresiones durante la sesión, finalmente se pusieron de acuerdo en algo: no saben cómo comunicarse. La madre decía –en medio del llanto- que la situación que se había presentado en el consultorio era lo que vivían a diario. “He hecho todo: le he hablado suave, le he gritado, hasta opté por quedarme en absoluto silencio, por dejar de responderle a sus agresiones, pero eso tampoco ha funcionado”. En ese momento la hija intervino para decir que el problema era que ella se sentía aun más ofendida con el silencio que con la agresión verbal. “Me desespera que se quede callada porque me siento ignorada, y eso me parece una falta de respeto. Respeto que mi mamá exige pero no da”. En ese momento la madre comprendió que su silencio no generaba la calma que ella esperaba, porque en su hija producía todo lo contrario. Y aunque eso no solucionó el problema, empezó a generar en ambas –sobre todo en la madre- una mayor conciencia sobre la importancia de ponerse en los zapatos de la otra. Fue el primer paso para empezar a reconstruir la comunicación entre ellas, y el primer paso es la mitad del camino (Nardone, 2009).

Dificultades de comunicación como estas no solo se presentan en la relación madre-hija. El principal problema está en que "la mayoría de la gente escucha con la intención de responder, no con el deseo de comprender", (A.C. Doyle, s.f.), lo cual empieza a generar rupturas en la comunicación, así estas no lleven al conflicto.

A medida que fuimos avanzando en el proceso con esta madre y su hija, la adolescente decía que muchas veces había intentado contarle a su madre lo que le ocurría en su vida diaria buscando en ella un apoyo, una guía, o a veces simplemente alguien que la escuchara sin juzgarla. Pero la madre en esos momentos se angustiaba tanto de ver a su hija sufrir, y sentía tal rabia de ver que una amiga o algún novio le hiciera daño, que su respuesta era siempre tajante: “No te vuelvas a meter con esa niña”, o “Ese muchachito no vuelve a entrar a mi casa”, respuestas con las que la hija se sentía incomprendida. Además, la mayoría de las veces se perdonaba con las amigas o volvía con el novio, lo cual era un problema para ella porque ya no se sentía cómoda de llevarlos a su casa debido a que su madre era antipática con ellos. Y eso para ella era motivo de vergüenza. Como consecuencia, se fue alejando de su madre dejando de contarle lo que le ocurría en su vida, lo que paradójicamente aumentó aun más angustia en la madre: “Yo me di cuenta que ella dejó de contarme sus cosas y pensé que le estaba pasando algo muy grave y por eso había dejado de contarme. Entonces le insistía que me dijera qué estaba pasando en su vida y cuando ella me respondía que no pasaba nada, mi angustia era peor, entonces le seguía insistiendo hasta que empezamos a gritarnos. Y así fue como llegamos a lo que estamos hoy”.

Para ellas fue un descubrimiento importante ver qué era lo que cada una hacía que había llevado a la otra a actuar como lo había estado haciendo. Ambas se dieron cuenta de que la incapacidad de cada una para comunicarle a la otra lo que le estaba ocurriendo y para escuchar lo que la otra tenía para decir, empezó a generar una distancia entre ellas que fue generando conflictos cada vez más fuertes de los que ya ninguna sabía cómo salir. Y fue en ese punto en el que se empezó a reconstruir el canal de comunicación entre ellas, aunque para ambas fue difícil; sobre todo para la madre quien tuvo que empezar a aprender a escuchar a su hija para comprenderla y no para darle una respuesta o decirle lo que, según ella, tenía que hacer. Ese cambio fue generando en la hija mayor seguridad para contarle a su madre lo que le estaba ocurriendo, lo que a su vez generó más seguridad en la madre, quien paulatinamente también fue aprendiendo a comprender que los problemas de su hija con sus amigas o relaciones de pareja eran parte de la adolescencia y que muchas veces, más que una respuesta verbal, lo que su hija necesitaba era un abrazo, la compañía en silencio, o una opinión, pero sin que fuera una imposición.

Tener la conciencia de que todo lo que hacemos o dejamos de hacer le comunica algo a las personas a nuestro alrededor, es un primer paso para mantener, mejorar –o reconstruir- el canal de comunicación con otros. Asimismo, es importante saber que no siempre lo que queremos comunicar es lo que la otra persona entiende, motivo por el cual antes de ‘culpar’ o agredir al otro, tenemos que ser capaces de observarnos a nosotros mismos de tal manera que podamos pedir disculpas si hubo una equivocación, o explicar en otras palabras lo que nuestro interlocutor no entendió. Asimismo, uno de los principales desafíos es tener la capacidad de ponerse en los zapatos del otro para comprender qué lo lleva a reaccionar como lo hace. Sin duda, es difícil lograr esa comprensión, sobre todo cuando nos sentimos agredidos. ¡Es justamente ahí que está el reto!

*Psicóloga – Psicoterapeuta Estratégica
ximena@breveterapia.com
www.breveterapia.com
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