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Opinión

  • | 2012/01/07 00:00

    No hay con quién

    Barack Obama no ha sabido estar a la altura de las inmensas esperanzas de cambio que despertó, en su campaña presidencial de hace tres años, con su deslumbrante retórica de promesas.

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Lo normal es que los presidentes de los Estados Unidos se mantengan en el cargo de modo casi automático para un segundo período. Y a Barack Obama lo deberían reforzar, además, los enredos de sus rivales del Partido Republicano, que siguen sin encontrar un candidato sólido para las elecciones presidenciales de noviembre. Así que su reelección debería ser cosa de coser y cantar (ayudada en algo por los cerca de cien millones de dólares que tiene para gastar en la campaña).

Pero el problema está en que Obama, pese a ser presidente en ejercicio, y candidato único de los demócratas, y gran captador de dineros electorales, tampoco es un candidato sólido.

Porque no ha sabido estar a la altura de las inmensas esperanzas de cambio que despertó en su campaña presidencial de hace tres años, con su deslumbrante retórica de promesas y su consigna de “¡Sí podemos!” (algo parecido le sucedió en Colombia hace tres décadas a Belisario Betancur, otro candidato promesero que decía “¡Sí se puede!”). Obama representaba la ruptura con lo que había sido la política del gobierno norteamericano durante los ocho años de George W. Bush, tanto en lo externo como en lo interno, tanto en lo diplomático como en lo militar, tanto en lo económico como en lo social. Bush dejaba un país dividido y aislado y desprestigiado frente al mundo, con dos guerras costosas y casi perdidas y una profundización alarmante de las diferencias entre ricos y pobres. Obama iba a cambiar todo eso.

No lo ha hecho. A trancas y barrancas ha conseguido desembarazarse casi del todo de la guerra perdida de Irak, a costa de dejar a ese país sumido en una cada día más incierta guerra civil, en vez de pacíficamente democratizado como se pretendía. La guerra de Afganistán, en cambio, está más perdida que nunca: con los aliados de la Otan retirándose uno tras otro, el gobierno títere de Karzai cada día más rebelde (aunque más débil) y los enemigos talibanes cada día más fuertes. Se cierne cada día más próxima la posibilidad de otra guerra más, con Irán esta vez, a la cual empujan los halcones que gobiernan Israel y para la cual se esgrime el pretexto (ya usado en el caso de Irak) de que los iraníes están desarrollando armas atómicas. Olvidada la retórica de su discurso de El Cairo sobre la pacificación del Cercano Oriente, Obama ya ni siquiera finge poder servir de mediador en el conflicto entre israelíes y palestinos, cuando permite sin protestar que los primeros incumplan abiertamente sus promesas de suspender la construcción de nuevos asentamientos de colonos en los territorios ocupados. Y en todo ese camino de renuncias, Obama se dejó además arrastrar por los británicos y los franceses a una guerrita neo-colonial en Libia. Para no hablar de su intención declarada de restaurar el honor de la justicia norteamericana cerrando la infame prisión militar de Guantánamo, que sigue intacta.

También en la política interior ha abandonado Obama los propósitos expuestos en su campaña, al mostrar debilidad pretendiendo lograr con la oposición de los republicanos consensos de buena voluntad, cuando lo único que los republicanos no quieren es que haya consensos. Por eso su plan de rescate de la economía hundida en la crisis fue a la vez insuficiente y demasiado costoso, pues consistió en rescatar a los grandes bancos en problemas en vez de ponerle coto a sus excesos, que los habían llevado a esos problemas. Y por eso resultó también a la vez insuficiente y costoso su gran proyecto de reforma de la sanidad.

En suma, no ha hecho nada.

Ah, sí: ha ganado el premio Nobel de la Paz.

A diez meses de las elecciones, sin embargo, es pronto para vaticinar que la reelección de Obama está ya descartada. No porque vaya a hacer en estos meses lo que no hizo en tres años, recuperando así la confianza y el entusiasmo de sus seguidores de la vez pasada. Sino porque, como dije al principio, los republicanos están todavía más enredados que el presidente. Dominados ideológicamente por su ala de ultraderecha, el llamado ‘Tea Party’, sus preferencias sobre posibles candidaturas han ido saltando de una mediocridad en otra: de la cazadora de osos Sarah Palin al vendedor de hamburguesas Herman Cain, de la extremista Michele Bachmann al casi olvidado Newt Gingrich, del fundamentalista cristiano Rick Santorum al mormón Mitt Romney. Otro Rick, de apellido Perry, exgobernador de Texas y tejano profesional, acaba de retirarse de la rebatiña. Pero volvió a entrar. Y la rebatiña continúa. Y tal vez sea suficiente para permitirle a Barack Obama ganar la reelección presidencial, para decirlo en términos deportivos, by default: por incomparecencia del rival.
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