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Opinión

  • | 1988/01/11 00:00

    NO VIERON EL MAR

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Era víspera de fiesta en Viterbo. La noche de las velitas.
A las siete la gente del puebio estaba poniendo sus luminarias a lo largo de pretiles y corredores. A esa misma hora comenzaba la excursión. El bus, contratado en Pereira, recogía a sus pasajeros.

Es probable que en los cafetines de la plaza, en medio de la alegría de la gente, se escuchasen las canciones tristonas del "Caballero Gaucho". Me imagino a la parentela de los muchachos viajeros haciendo las últimas recomendaciones y encargos: "No se vaya a ir muy lejos de las olas, míjito". "Tráigale a su papá, de recuerdo, una de esas maracas que venden en Cartagena". "No se vaya a quitar el escapulario, y que la Virgen lo bendiga".

Gente pobre. Estudiantes que se ganaban la vida trabajando de día y aprendiendo de noche. Se ganaron el año con grandes esfuerzos y buenas calificaciones.
La excursión a las tierras prodigiosas del Caribe era el sueño de su vida. Iban a conocer el mar.
Era el premio gordo de la existencia.

El monstruo formídable, la obra más hermosa de Dios, los estaba esperando. Verían por primera vez en su vida el vuelo rasante de los alcatraces, el chillido tierno de las gaviotas, el capullo de los hicacos florecidos en esta época de lluvia.

A lo mejor conseguían una noviecita pasajera en Cartagena.
Una muchacha que los acompañara, bajo la luna de El Cabrero, y tomados de la mano, a conocer el lago de la ermita, la calle de Don Sancho poblada de piratas y fantasmas, a comerse una empanadita picante donde el chino Sabas, a tostarse como unos camarones bajo el sol blanco de Marbella. Después regresarían a Viterbo, más dichosos que nunca, y escribirían largas cartas de amor a esas muchachas que no verían nunca más.

Salieron cantando en el bus. La maravilla los aguardaba. Sus ojos, al contrario del lamento del poeta, ya no serían errabundos porque habrían visto el mar. Nada de eso fue posible. La vida, que a veces es cruel y perversa, los descuajó de un sólo golpe sin que le hubieran mirado la cara a la luna cartagenera de diciembre.

Salieron de su pueblo cargados de sueños y regresaron diez horas después. Se fueron en bus y volvieron en unos ataúdes salpicados de barro. La montaña se precipitó sobre ellos, como una perra hambrienta, y los aplastó bajo un terraplen de barro, de piedras, de agua sucia.

¡Cómo duelen, Dios mío, estos muchachos muertos de Viterbo!.
Se bajaron de su máquina para ayudar a un pobre conductor que estaba varado en la mitad de la carretera, con el vehículo atornillado en el fango, y retornaban al suyo después de haber hecho una obra de misericordia con el necesitado. En ese momento se les vino el mundo encima. No habría mar ni asombro ante el portento salado. Jamás sentirían en los labios el sabor salobre del viento.

Se parecen tanto a su propio país estos chicos sepultados bajo la maldad de la naturaleza.
Eran solidarios, como los colombianos, y como los colombianos tenian ilusiones en la vida, esperanzas, ideales. Y, como a los colombianos, la muerte les salió al encuentro cuando menos lo esperaban. Les puso una emboscada.
La sangre los ahogó, como a los colombianos.

No se equivoquen ustedes: con los muchachos de Viterbo murió un poco de cada uno de nosotros.
Murió un poco la alegria de vivir.
Murió un poco la ensoñación. Murió un poco el niño grande que todos llevamos dentro.

Desde aquí, en el humilde rincón de una revista, hay un colombiano que quiere compartir el dolor no sólo de sus familiares sino de todos los vecinos de Viterbo. Y que desea enviarles un abrazo adolorido. Y, si pudiera hacerlo, iría a visitar sus tumbas -cerca de donde pasa trinando el rio Risaralda, al pie de los cafetales fragantes de la tierra caldense para ponerles sobre la fosa una caracola marina, un poquito de agua caribe, quizás una estrella de cinco puntas o la crin encrespada de un hipocampo.

No conocieron el mar. Se murieron sin verlo. No pasearon en coche, tarareando un bolero, por la avenida Santander. Sus ojos errabundos no vieron el mar. O, para decirlo con el verso del otro poeta, el de los, zapatos viejos de Cartagena. --
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