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Opinión

  • | 2011/09/17 00:00

    No votaré ni muerto

    Viejitos en acción nació para cultivar al necrovotante, el opuesto al primivotante.

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La misma semana en que comenzaron a ambientar la reelección de Santos, el registrador anunció que más de cuatro millones de muertos no podrán votar en las próximas elecciones. No sé qué sentir: ¿se trata de una buena noticia, porque ya no van a poder votar, o de una mala, porque votaron hasta hace poco? En ese caso, ¿por quién habrá votado el fiambre de mi abuelo? ¿Por Uribe? ¿O por Uribe uno no vota ni muerto?

A ustedes les consta que siempre he sentido honda admiración por el registrador: esa bonita sirena inversa, de piernas humanas y labios de pescado, que salvaguarda nuestra humilde democracia. Digo más: cuando estalló el escándalo de corrupción en la Registraduría por el caso de Cali, sobre el cual todavía esperamos que la Policía cuente lo que averiguó, fui de los pocos que advirtieron que al registrador no le quedaba oxígeno en el cargo, e inicié una campaña para que alguien le ofreciera respiración boca a boca. Aún se reciben voluntarios.

Sin embargo, que el registrador se vanaglorie de detectar cuatro millones de muertos no me parece meritorio: ¿no eran demasiados como para no haberlo notado antes? Excluidos los muertos del censo, ¿quién va a votar en la costa en las próximas elecciones, entonces?

Permítanme lamentar la medida. Es injusto que no permitan votar a los muertos justo cuando el doctor Name Terán sube al cielo: ¿ahora a qué se va a dedicar allá? ¿Qué va a hacer el pobre Forero Fetecua, alma bendita, si ya no puede ofrecer nubes piratas a cambio de votos? ¿Ante quién agitará el trapo negro Víctor Renán Barco? ¿Qué hará Julio César Turbay papá con todos los tamales celestiales que tenía listos? Los imagino desnudos, como ángeles, cada uno en su nube respectiva, con su aureola y su arpa y sin nada más que hacer que espulgarse las alas, y me parece un desperdicio.

Seamos sinceros: que no dejen votar a los muertos es un acto a todas luces discriminatorio. En países más desarrollados, como España, no solo les permiten votar, sino hasta casarse, como lo comprueba la duquesa de Alba. Acá, en cambio, desconocemos que mandar sufragios a los funerales es una atención que surge, justamente, de la costumbre nacional de que los muertos acudan al sufragio.

Mientras asimilaba la noticia, sin embargo, tuve una revelación: me acordé del programa Viejitos en Acción, promesa de Santos cuando era candidato. Y entonces comprendí el engaño. Audazmente, Santos estaba trabajando los votos de su reelección. Viejitos en Acción nació para cultivar al necrovotante, que es el opuesto al primivotante. Santos quería congraciarse con el anciano de hoy, que en cuatro años ayudaría a reelegirlo desde el más allá. Sabía que en nuestro sistema electoral el viejo no es el pasado, sino el futuro del país; que en el muerto colombiano reside la esperanza de la patria.

Contrario a mi abuela, el programa de Viejitos en Acción nunca terminó de convencerme. Pensaba que era un guiño de Santos para conseguir la adhesión de José Galat. El doctor Galat, para quien no lo sepa, es un líder conservador al que yo quiero mucho. Ha sido político, maestro, presentador de televisión. Es lo que llaman un hombre del Renacimiento. Y no es un decir: Galat nació en 1489, en el apogeo de aquella inolvidable época.

Recuerdo que la primera vez que oí hablar de Viejitos en Acción imaginaba a Belisario, con sudadera y en sandalias, dispuesto a hacer ejercicios con un balón medicinal, o a doña Olga Duque enfundada en su trusa mientras movía unos pompones, y me daba rabia: todo se quedará en manos de las familias de siempre, pensaba. Pero ahora creo que se lo merecen, qué carajo: esos dirigentes han hecho mucho por Colombia como para que este país no sea capaz de darles un programa de recreación ahora que están en la tercera edad y se aburren organizando frijoladas para adular a los poderosos u observando a su pareja hacer esculturas de greda en Barichara. Pobre gente.

Y sin embargo, Santos sabía hacia dónde conducir ese programa, que, digámoslo de una vez, ha sido uno de sus más grandes fracasos: porque si Viejitos en Acción hubiera funcionado, Jaime Castro no se habría lanzado a la Alcaldía: estaría haciendo aeróbicos en la ciclovía o corriendo la media maratón.

Sé que hay quienes sueñan con un segundo mandato de Santos, bajo la expectativa de que para entonces ya estará desinflamado. Y concedo que hasta ahora no ha hecho un mal gobierno: gracias a su política ambiental, por ejemplo, florecieron especies de reptiles que se creían extinguidas, como Rafael Pardo, que propuso la reelección de Uribe y que ahora propone la de Santos. He ahí un bonito cruce de lagarto con camaleón.

Pero es un error que el presidente busque la reelección; y más ahora, cuando los ancianos que cultivó no podrán acudir a las urnas una vez pasen a mejor vida.

Por eso, le pido que no lo haga. Presidente: no lesione los contrapesos del sistema, ya averiados por Uribe. Usted mismo se mostró preocupado por los excesos del Ejecutivo, aunque quizás se refería a los almuerzos de Angelino. Le pido que no extienda su gobierno por ocho años, como Uribe, sino que termine en cuatro, como Esperanza Gómez. No oiga esos cantos de sirena, que la única sirena que tenemos es el registrador, y hasta ahora nadie ha logrado que cante.
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