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Opinión

  • | 1998/06/22 00:00

    NOEMI

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El próximo domingo va a ser el primer día en que los colombianos utilicemos, de verdad, las dos vueltas electorales, metidas en la Constitución desde hace poco menos de ocho años. Hasta el momento su utilidad ha sido nula, y esa es la causa por la que Colombia no ha aprendido a montar en eso.
Cuando se estrenó durante la campaña que enfrentó a Samper con Andrés, la doble vuelta tuvo un efecto apaciguador de los ánimos. Cuando ganó Pastrana por un escaso margen frente a Samper, la gente esperó paciente la siguiente ronda. Hay quienes aseguran que si hubiera sido apenas una vuelta el margen de victoria habría sido tan estrecho que ni el mandato del ganador hubiera sido sólido ni se hubiera despejado la eterna sospecha colombiana de que cuando la ventaja es poca significa que hay fraude.
Pero en realidad no hubo doble vuelta porque la fuerza electoral de los demás candidatos era tan escasa que ni siquiera se habló con seriedad de respaldos entre la primera y la segunda rondas como para inclinar la balanza en un resultado tan parejo. Samper y Pastrana se diferenciaron por las campañas publicitarias y por el dinero que entró al final para poder financiar la última recta, aunque mucha gente piensa que no es fácil de demostrar la relación mecánica entre plata y votos. Salvo en el caso de la compra de votos, por supuesto.
El hecho es que ahora sí hay segunda vuelta propiamente dicha. La diferencia entre Serpa y Andrés es más o menos estrecha, según el promedio de las encuestas, y hay terceros con una fuerza superior a la que las tercerías mostraron en la campaña pasada. Una votación caudalosa por ellas crea un espacio político tan importante que decide la segunda vuelta en favor de cualquier opción de las que están en la pelea.
Esto no es un asunto apenas mecánico. Tiene un profundo contenido político porque le pone un palo en la rueda a la polarización malsana en la que se ha venido revolcando el país durante los últimos cuatro años. El falso discurso moralizante o socializante, según el bando, esconde mucho de las maquinarias clientelistas que se han enfrentado en el país desde que todos nos acordamos. Si los terceros son fundamentales para la elección final, sus condiciones de negociación también lo serán para exigir comportamientos políticos más decentes hacia el futuro.
Claro que a pesar de la herramienta de negociación que puede contener esta opción, lo más importante es que al crearse un nuevo espacio por fuera de la manera de hacer política que todos detestamos se abre también una esperanza de que hay un nicho serio en el que se pueden hacer cosas con opciones reales de triunfo hacia el futuro, algo muy bueno para la salud de todos.
Lo anterior, por sí solo, bastaría para votar por la tercería de Noemí Sanín y Antanas Mockus. Pero hay más: ambos son muy buenos. Confieso que al comienzo de la campaña fui escéptico sobre el papel que iría a jugar Noemí, porque yo tenía la idea de que ella era una persona menos seria y profunda de lo que en realidad es.
No me cabe duda de que en los escenarios _foros, la mayoría_ en los cuales los candidatos pudieron foguearse y mostrar a fondo sus capacidades y planteamientos, el resultado de Noemí fue, lejos, el más destacado. A lo largo de esta larguísima campaña el país pudo descubrir en Noemí a una persona importante, inteligente, sensible, estudiosa, alegre, agradable y bonita.
Además no tiene maquinaria, no la apoya ningún bandido, no está negociando nada con nadie, no tiene más herramienta que su palabra y tiene una historia que le conocemos y que nos permite creerle. Por eso voy a votar por Noemí este domingo.
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