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Opinión

  • | 2017/09/06 14:39

    Nuestra deuda con la mujer

    La deuda de nuestra sociedad con la mujer es un imperativo ético y moral, ante el cual no podemos resignarnos a cuotas o acciones afirmativas aisladas.

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Nuestro país ha tenido saldos en rojo, desde que se llama Colombia, con muchos sectores de esos que llamamos sociedad: con las regiones, con las minorías étnicas, con la ciencia, con estratos de menores ingresos, con la salud y la educación pero ante todo, por todo y sobre todo, con las mujeres.

Por donde se le mire, no hay cifra que sirva para maquillar el desbalance contra la mujer. Ni hay política pública que haya servido de manera sustancial para ayudar a emparejar las cuentas.

Avances ha habido, claro, pero el saldo persiste y se nota más cuando se mira la estadística fría del mercado laboral donde la brecha salarial es del 25 por ciento, algo que cuenta a la hora de mirar los ingresos en un país que se ha ido llenando de mujeres cabeza de hogar: según el Dane, de 22 millones de mujeres, el 56 por ciento llevan la carga del hogar.

Las cifras generales lo resumen todo. Las del Servicio de Empleo del Ministerio de Trabajo, a las que hay que creerles, dicen que en la tasa global de participación del mercado laboral (64,7 por ciento), las mujeres están en desventaja: 54,9 por ciento contra 75 por ciento de los hombres –medición entre mayo de 2015 y abril de 2016-.

Por esa misma senda están las tasas comparativas de desempleo: la de ellas, por el orden del 11,8 por ciento, lejos de la de los hombres (6,7 por ciento). Y la brecha se hace más profunda en las mujeres jóvenes que pueden superar el 20 por ciento, dato que no se puede tomar a la ligera por la vulnerabilidad a la que queda expuesta una población que apenas ingresa al mundo del trabajo, incluidos los hombres de menos de 25 años. En esas cifras, algunos analistas han hallado que hay un trasfondo que sesga la participación de las mujeres. Abarcan la provisión de personal, esto es reclutamiento y selección; la promoción, la formación y el desarrollo y la evaluación del desempeño.

Pero los sesgos en lo laboral tienen, además, otras facetas que reflejan la división del trabajo según el género: para ellas las labores de salud, educación, comercio, sector financiero, cuidado de personas y salas de belleza, donde siete de cada diez trabajadores son mujeres. Para ellos actividades asociadas al músculo: construcción y minas y transporte, por ejemplo. También están en desventaja cuando se buscar empleo se trata: en promedio tardan tres semanas más (19,3) que los hombres. Y en mucha más desventaja lo están nuestras mujeres del sector rural que deben esperar hasta cinco meses para engancharse.

Tal vez donde se ha notado más el peso del legislador en favor de las mujeres ha sido en la ley de cuotas (Ley 581 de 2000) que ordena que al menos el 30 por ciento de los cargos de diferente nivel sean para mujeres, mandato que se cumple por fortuna. Pero ¿una sociedad que se precie de ser incluyente tiene por qué repartir el acceso al servicio público por género y no por competencias y conocimiento?

Y si el campo laboral sesga el empleo femenino, la política sigue siendo ante todo un asunto para los hombres y diseñada para ellos, que desde sus curules pontifican sobre semanas de maternidad, cuotas femeninas y hasta de impuestos para las toallas higiénicas. De 32 gobernadores, apenas cuatro son mujeres y de más de 360 congresistas, apenas 55 son madres de la patria.

Una estudiosa del tema como Greys Jiménez Barrios destaca la influencia femenina en lo laboral, lo político, lo deportivo, lo cultural o lo artístico o lo literario, pero también plantea la necesidad de “romper el molde con el que nos han configurado, cuestionar muchos de los códigos de comportamiento que se han internalizado como naturales, para mejorar la convivencia y promover mejores relaciones, más humanas, más justas y más empáticas”. A lo que habría que añadir que no es que no se haya avanzado. El problema es que ese rezago ha sido tan grande que las conquistas aún no se notan.

La deuda de nuestra sociedad con la mujer es un imperativo ético y moral, ante el cual no podemos resignarnos a cuotas o acciones afirmativas aisladas. Este es un tema que nos urge abocar como ciudadanos desde la primera infancia, y partir de aceptar lo que todos sabemos pero no decimos: la mujer es discriminada en Colombia por el mero hecho de ser eso, mujer. Por todo esto, mientras subsistan los estereotipos de ‘macho‘ y ‘hembra‘, azul y rosado, que tanta mella han hecho en nuestros imaginarios, el problema no se va a solucionar.

Por Ramsés Vargas Lamadrid, MPA, MSc

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