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Opinión

  • | 2003/03/07 00:00

    Nuestro irreemplazable vecino

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La candente inestabilidad política de nuestros hermanos y vecinos venezolanos, nos está tostando a los colombianos. Desde que Chávez tomó posesión del gobierno de Venezuela, se inició una incómoda etapa en nuestras relaciones bilaterales. Basta con preguntarle a nuestra ministra de Defensa, Marta Lucía Ramírez, para que lo corrobore, pues fue a ella a quien le tocó capear a nuestro ilustre vecino cuando se desempeñó como titular de la cartera de Comercio Exterior en el gobierno Pastrana.

Recordemos que fue este populista coronel -con quien tenemos la 'fortuna' de colindar- el que nos obligó en la frontera, a trasbordar los productos colombianos a camiones venezolanos para que pudieran llegar a su destino. Fue el mismo que desconoció olímpicamente la resolución del Tribunal Andino que lo conminaba a desistir del absurdo intercambio, que, dicho sea de paso, causó ingentes perjuicios a los comerciantes e industriales de ambos lados de la frontera.

No olvidemos que este fastidioso vecino es quien ha apoyado a las Farc inmiscuyéndose peligrosa y desautorizadamente en nuestros asuntos internos. La prensa nacional e internacional hizo amplio despliegue en los nefastos días de la zona de distensión, sobre cómo miembros del mencionado grupo subversivo se paseaban orondos por el territorio venezolano; no sólo a raíz de que sus autoridades de policía se hacían los de la vista gorda pecando por omisión, sino también debido a que su acción era deliberadamente encubridora: negociaciones ilegales de armas en territorio de Venezuela, el miembro de las Farc protegido en Caracas por la Disip, la cohabitación tolerada con los guerrilleros de aquel lado de la frontera, etc...

No era pues ningún secreto que, a través de este contubernio, Chávez le apostaba a desestabilizar al gobierno de Bogotá central y corrupto, como alguna vez lo llamó refiriéndose al mandatario anterior. Su utópica idea con la mal llamada Revolución Bolivariana, es enarbolar impúdicamente las banderas de la Gran Colombia lideradas por nuestro Libertador a principios del siglo XIX. Pero lo grave aquí no es la aplicación a nuestros países de unos ideales anacrónicos concebidos hace 200 años, sino tratar de aplicarlos constituyendo lo que pudiéramos llamar el " Eje del Mal" en su versión Andina: Fidel-Chávez-'Marulanda'.

Habiéndonos ganado la lotería de semejante vecino, no cabe duda de que lo que más nos conviene a los colombianos es que Chávez renuncie. Pero el punto no es ese, como tampoco es cuándo dejaría el poder. El punto de quiebre importante es ¿cuál será la alternativa de poder que se le brindaría al pueblo venezolano, para que éste lo legitime posteriormente a través de las urnas en un eventual escenario poschavista?

La oposición -que mantiene paralizado indefinidamente al vecino país- es una colcha de retazos en la que no se vislumbra un pedazo principal, que lidere el movimiento con la cohesión suficiente para poder llegar al Palacio de Miraflores con identidad propia.

Ante la ausencia evidente de liderazgo, el movimiento antichavista, conformado por grupos con intereses y motivaciones diferentes, coincidiendo sólo en el enardecido odio a la persona del presidente venezolano, debería en lugar de hacer una oposición emotiva y si se quiere carente de cálculo, construir una plataforma de gobierno con aspectos básicos respaldados por la mayoría de las distintas facciones del movimiento y a partir de este consenso primario iniciar un proceso de consolidación ideológica de cuyo seno surgiría el líder que requiere la coyuntura histórica que vive la hermana República.

En este conflicto, que padecen, no sólo Venezuela sino también la región e incluso Estados Unidos, las posiciones de las partes son tan planas y simples, como la de que los chavistas aceptan elecciones sólo desde agosto que es cuando lo permite la Constitución, mientras que los antigobiernistas las exigen en febrero; es discutir sobre una simple cuestión de tiempo, pero brilla por su ausencia -salvo aislados y tímidos casos- el debate de fondo.

Si los oposicionistas quieren -pensando realmente en el beneficio nacional- convertir el chavismo en una pesadilla del pasado, deberían empezar por adoptar posturas unificadas en temas tan vitales como

¿Cuál sería la política exterior del Estado venezolano?, ¿acortaría el distanciamiento con Washington y distanciaría de sus relaciones con Libia e Irak?, países que visitó cuando cambió sorpresivamente su agenda en una de sus primeras giras internacionales, rompiendo con el protocolo propio de las visitas al exterior de los jefes de Estado. ¿Continuará con el trueque o más bien con el regalo de petróleo a Cuba?, ¿seguiría propiciando un acuerdo bilateral con Mercosur, saltándose los compromisos contraídos con nuestro Pacto Andino?

¿Será que en el campo económico y financiero una oposición seria y consolidada, honrará el compromiso de la deuda externa o declararía la moratoria con todas o algunas de las entidades creditícias internacionales?, ¿monetariamente mantendrá la tendencia devaluacionista del bolívar?

En cuanto a la legalidad y constitucionalidad del derecho positivo del país de marras, cabe preguntar, ¿se preservarán las normas existentes realizando simples modificaciones a estas, o se derogará de plano la Constitución chavista recuperando plena vigencia toda la normatividad vigente antes de la aprobación de las reformas legales del coronel?

En el fugaz golpe de 48 horas de Cardona, se evidenció la voluntad de éste a desconocer el orden constitucional vigente en la transición del poder, ante la confusa renuncia de nuestro caudillo de vecindad. Este paso en falso generó un vacío del poder legítimo que conllevó al fracaso de la transición.

Es de esperar que nuestra figurada oposición triunfante, tenga la sabiduría de acordar el cambio de poder con el gobierno, transitando el camino de la legalidad. Si, por el contrario, los acontecimientos se desenvuelven por las vías violentas y de hecho, será mucho lo que nuestros convulsionados vecinos habrían retrocedido en materia de institucionalidad. Y si lo vemos en el contexto regional, mejor ni imaginarse lo que sería una Venezuela sumida en una guerra civil, al lado del polvorín de una Colombia embotellada en un conflicto de tres cabezas. Y un Ecuador presto a contagiarse a través de esa frontera caliente y cocalera con Putumayo.

Si los supuestos anteriores se dan -ojalá que no- nos convertiríamos para los intereses yanquis, en otro conflicto como el del Golfo Pérsico de menor dimensión. Desde este ángulo no se ve tan descabellada la pretensión de Uribe, anunciada hace poco, de que se aposten militares, portaaviones, helicópteros y demás, en el océano Pacifico y mar Caribe para impedir el tráfico de narcóticos y de paso el de armas para la insurgencia.

Por otro lado, ¿en qué quedarían las 49 leyes habilitantes que fueron el florero de Llorente venezolano? Cuando Chávez, en su avasalladora carrera de elecciones y reformas que introdujo desde que se posesionó -en el afán de consolidar su poder por todos los flancos-, trató de conseguir la aprobación de estas 49 leyes, marcó el inicio de su final que no creo que pase de este 2003.

En lo social ¿será que la eventual nueva fuerza política dejará la demagogia rampante de su antecesor?, porque la verborrea demagógica de nuestro querido ex golpista, que se difunde pesadamente por su programa radial de los domingos "Aló presidente", está convirtiendo al gobierno en víctima de su propio invento. ¿Por que? Porque el chorro de mentiras que el presidente evoca domingo a domingo choca de frente con la tozuda realidad de la pobreza y el hambre que vive el 60 por ciento del pueblo venezolano.

De todas formas, quien sea que fuere el próximo gobernante posChávez, desde las tribunas colombianas le deseamos madurez política, altura con el momento y que se avenga al poder por los cauces democráticos.



*Analista político y abogado de la Universidad del Rosario.

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