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Opinión

  • | 2008/11/01 00:00

    Nuevas conversaciones con mi tía uribista

    Reconozco que el Presidente ha cumplido el mandato de enfrentar a la guerrilla; pero que no por eso me parece bien que procure reemplazar las instituciones

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Como alguna vez lo comenté, tengo una tía uribista terca, irracional, obstinada, que siente por Uribe una pasión casi mística: mi tía cree tanto en él como en monseñor Escrivá de Balaguer, santo de su devoción, aunque reconoce que el español no se creía tan cercano a Dios y que era mucho más liberal que el Presidente.

Esta semana tuve que visitarla porque estaba enferma: la posibilidad de que no pasara la reelección presidencial hizo que se le subiera la tensión.

Cuando llegué estaba viendo un consejo comunal que hubo en Villeta en 2004: mi tía los tiene clasificados por años y por pueblos, y los ve cada vez que necesita tranquilizarse. A veces se le confunden con los conciertos veredales de Jorge Barón, pero deben ser cosas de la edad. De la edad de Jorge Barón.

-- Ya no saben qué más hacerle al Presidente -se quejó apenas llegué-: ¿qué tal la operación tortuga de los congresistas?

-- No estoy muy enterado -le respondí con sinceridad-: ¿la suspendieron?

-- Al revés: la comenzaron.

-- ¿Entonces lo que hacían durante todos estos años no era una operación tortuga? -reaccioné extrañado.

-- No. Ahora de verdad van a ser lentos para que no aprueben la reelección como todo el pueblo quiere.

-- ¿Cómo así que todo el pueblo?

-- Bueno -me concedió-: habrá algún apátrida como tú que no lo quiera, pero nosotros, el pueblo como tal, sí.

-- ¿El pueblo como tal es quién? -le pregunté-. ¿Los indígenas, a los que el gobierno iba tratando como si estuviéramos en la Conquista? ¿O los corteros, a los que los caleños ricos, generalmente uribistas, tratan como esclavos?

-- Muchos de esos indígenas y corteros deben ser terroristas -me interrumpió, embebida del todo en su uribismo.

-- O pobres -la interrumpí-: para la gente como tú, todo pobre por dentro contiene un terrorista.

-- Deja el resentimiento -me dijo con la voz alterada-: Lo que pasa es que cuando al fin alguien pone orden, tú y todos los comunistas del Chicó ponen el grito en el cielo.

-- Me respetas -reaccioné-: yo no soy del Chicó. Soy del Santa Fe.

-- El Presidente es un héroe: ¿qué me dices de la liberación de Lizcano?

-- Hay que reconocer que fue una maravilla.

-- Llevaba ocho años sin hablar, el pobre.

-- Siquiera existe la doctora Martha Lucía para compensar -dije-.

-- Y dale contra esa pobre señora... Te advierto que sería una maravilla de presidente.

- No estoy seguro: ¿qué tal lo que duraría una alocución? O Peor: ¿qué tal lo que duraría una cumbre entre ella y Fidel Castro? -comenté con preocupación verdadera.

-- Menos que el secuestro de Lizcano, en todo caso -contestó-. A propósito: sabes qué era lo que tenía en la cara al guerrillero que lo ayudó a escapar.

-- Me imagino que le habían ordenado que le echara un ojo a Lizcano -supuse-. Y él obedeció.

-- Pobre Lizcano, -me dijo sin celebrar el chiste-: ¿sabías que para no enloquecerse le daba clases a tres palos?

-- Sí. Parece que uno quería hacer carrera política: estudiaba para ser pata de Navarro Wolf.

-- ¿Cómo sería el desespero para darle clase a unas ramas enterradas? -me dijo sin oírme.

-- Al menos Pastrana no andaba por ahí -dije con sinceridad-: seguramente habría tratado de copiarse de una de ellas.

-- Esa es otra: deja de agarrar la contra Pastrana. Se te está acabando el repertorio.

-- Bueno: le reconozco que al menos no sacó libro de su secuestro.

-- ¿Y ahora qué tienes en contra de esos libros?

-- Nada. La única falla literaria es que uno ya se sabe el final.

-- En todo caso, la liberación de Lizcano fue un espectáculo.

-- Es que el gobierno es experto en hacer espectáculos.

-- ¿Te parece ahora que la destitución de todos esos militares también fue un show o qué? -me increpó.

-- No, pero me parece que generalizó.

-- ¿Ves? -me dijo-: todo lo criticas.

-- Me refiero a que sacó generales: lo decía por eso. Pero es que con esos regaños públicos a los militares, antes no hay más falsos positivos.

-- Ah -suspiró-: con antiuribistas como tú no se puede.

Traté de decirle que no soy antiuribista; que reconozco que el Presidente ha cumplido el mandato de enfrentar a la guerrilla; pero que no por eso me parece bien que procure reemplazar las instituciones con su luminosa figura de mesías o que cada vez que pueda demuestre que no tiene sensibilidad social: por no hablar de la compatibilidad de su gobierno con los paramilitares.

Pero nunca me respondió: en lugar de ponerme atención, mi tía observaba otro consejo comunal que acababa de poner. Lo miraba feliz, pobrecita. No se daba cuenta de que quien aparecía en la pantalla era Jorge Barón.
 
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