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Opinión

  • | 2011/05/05 00:00

    Obama y el cadáver de Osama

    El manejo que el gobierno de Estados Unidos le está dando a la información sobre el cadáver de Osama Bin Laden responde a una muy bien diseñada táctica...

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El manejo que el gobierno de Estados Unidos le está dando a la información sobre el cadáver de Osama Bin Laden responde a una muy bien diseñada táctica de inteligencia militar, detrás de la cual no es posible saber con certeza qué es verdad y qué es mentira. Lo más llamativo –o inteligente, si se quiere- es la incertidumbre que ha sembrado sobre las filas de su enemigo desde que se hizo a su cuerpo, en la medida en que una cosa es lo que se dice, y otra lo que en realidad ocurrió u ocurre.

Es aquí donde toma cuerpo –valga la redundancia- el axioma según el cual “en la guerra la primera víctima es la verdad”, pues nadie pone en duda que el presidente Barack Obama está diciendo una parte de la verdad, por ejemplo que en efecto murió, pero en ningún caso toda la verdad. En este contexto, razón le cabe a Marshall McLuhan: “el que tiene la información, tiene el poder”. Y del modo como la administre depende que pueda obtener nuevos triunfos militares, o perder los puntos ganados.

Cuando Obama le dice al programa Sixty Minutes que decidió no publicar las imágenes del cadáver de Bin Laden, no es porque tras mucho meditarlo hubiera resuelto su propia incertidumbre, sino porque se ciñe a un plan trazado para generar una especie de agonía post mortem entre los miembros de Al Qaeda, como si después de la muerte de su líder les quisiera seguir clavando más hondo el clavo, para que no deje de dolerles.

Se trata entonces de prolongar el golpe sicológico, tanto al ocultar la información fidedigna sobre la verdadera causa de su muerte, como en lo referente al verdadero uso que le dieron al cadáver. En este contexto, no se descarta que al hombre lo hubieran tenido a su disposición durante algún tiempo (por algo se la definió como “operación ultrasecreta”) y que hubieran dispuesto de su ajusticiamiento cuando no había más que sacarle, para luego montar una escena que diera cuenta de su muerte tras intenso tiroteo, como se acostumbra en el libreto.

Esto coincide con la versión dada por una hija de Bin Laden, quien le habría contado al canal de televisión Al Arabiya que su padre fue capturado vivo por soldados estadounidenses antes de ser asesinado. Información que el gobierno norteamericano no se esfuerza en desmentir, porque lo mejor que puede ocurrir es que se diga de todo, pero nada se pueda comprobar.

Ahora bien, que Osama Bin Laden sí está muerto no lo pone en duda ninguna mente cuerda, pues atraparlo vivo para llevárselo a Estados Unidos habría sido como ganarse la rifa del tigre. En otras palabras, ingenuo quien siquiera conciba que al momento de su captura pensaban esposarle sus manos a las espalda y recitarle sus derechos.

La atención más bien debe centrarse en qué fue lo que realmente ocurrió con el cadáver, después de que Obama declaró que no publicará ninguna imagen, alegando que "nosotros no somos así. No tratamos estas cosas como un trofeo". Error, pues es precisamente en el ocultamiento intencional que hacen de su cadáver como mejor adquiere la calidad de trofeo de caza, en la medida en que nada duele más que la desaparición de un ser querido, cuando no se posee prueba material alguna de lo que le pasó.

Remitámonos entonces al publicitado ‘entierro’ en agua que le dieron a Bin Laden, del que tampoco han mostrado foto alguna y cuya única fuente oficial es un funcionario anónimo del gobierno de Estados Unidos, quien le manifestó a la AFP que "nos aseguramos de que su cuerpo fuera tratado de acuerdo con las prácticas y la tradición musulmanas. Es algo que nos tomamos muy en serio". Y agregó que "se siguieron los procedimientos tradicionales islámicos de inhumación. El cuerpo fue lavado y puesto en un manto blanco y luego colocado en una bolsa de plástico con un lastre".

Es pertinente preguntarse si detrás de esta declaración no anida cierta burla –como carga profunda- hacia las huestes del enemigo, considerando que según el experto en estudios islámicos de Al Azhar (la institución más prestigiosa del islam suní), Abdel Moti Bayumi, “arrojar un cadáver al mar contradice la Sharia” o ley islámica.

Es factible que en próximos días se divulgue la foto oficial del ‘entierro’ de Osama Bin Laden, que muestre lo que se supone será un cuerpo metido en una bolsa anaranjada, cayendo a un mar insondable. Es lo único que se verá, aumentando así la incertidumbre y la tortura sicológica para sus guerreros, a quienes se les seguirá negando la posibilidad de saber cómo fue que en realidad murió su maestro y líder.

Vistas las cosas desde este ángulo, la historia dirá que cuando el Imperio contraatacó tras el atentado a las Torres Gemelas de Nueva York, la dulce venganza consistió en darse el gusto de ‘desaparecer’ el cadáver de su autor intelectual, del mismo modo que un 11 de septiembre de 2001 se desaparecieron los cuerpos de muchos norteamericanos, aplastados por toneladas de cemento y acero.

El día que hagan la película –que con toda seguridad harán- pondrán a Barack Obama en el puente del portaaviones Carl-Vinson viendo caer al mar (en medio de fuegos artificiales) aquello que nunca se sabrá si correspondía o no al cuerpo de Osama Bin Laden, mientras pronuncia estas palabras:

“Hasta la vista, baby…”

* http://www.jorgegomezpinilla.blogspot.com/

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