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Opinión

  • | 2017/06/14 09:12

    La educación lleva más de un siglo en paro

    Más allá de las habituales demandas económicas de Fecode la crisis que afecta gravemente a la mayoría de los colombianos se debe a la ineptitud de los gobiernos para estructurar una educación pública de alta cobertura y calidad.

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Los ocho millones de estudiantes que cumplen un mes sin clases por el paro de maestros tienen el destino más difícil en Colombia: son los de la educación pública. Los que nacieron en la zona de los sacrificios, carencias y falta de oportunidades.

Sus familias no tuvieron con qué matricularlos en un preescolar, ni con qué pagar el bono, ni la matrícula, ni la onerosa pensión en un colegio privado. En una sociedad donde la elitización se consuma en el sistema educativo, ya acumulan una enorme desventaja respecto de los estudiantes de las familias ricas. El promedio de los resultados en las pruebas de calidad de los colegios donde estudian, es muy inferior al de los privados. Si logran superar las trampas múltiples que impulsan la deserción, terminarán la media y entrarán a competir por el sueño casi imposible de estudiar en una universidad pública. Miles, la mayoría, se quedarán en el camino. Así se perpetúan la desigualdad y la inequidad en nuestra sociedad. También los privilegios y la hegemonía de los más ricos. En los países más poderosos y prósperos de la tierra la educación es gratuita y de calidad homogénea.

La mayoría de los maestros que están en huelga hace un mes, llevan vidas difíciles. Ejercen una profesión que en Colombia es mal remunerada -ganan entre 20 y 30% menos que los demás profesionales-. Las facultades de educación son las únicas en las cuales es mayor la oferta que la demanda y sus estudiantes reúnen un alto porcentaje de los bachilleres peor calificados del país. Muchos tienen que trabajar en instalaciones precarias y con mínimos recursos y con grandes diferencias en condiciones de trabajo y en calidad de vida, entre los maestros de las zonas urbanas y los del campo. Algunos son víctimas de la violencia de grupos armados o de delincuencia. Otros se radicalizan y hasta se convierten en actores armados.

Los maestros son expertos en adelantar huelgas como la actual. Fecode las realiza en forma permanente. Así han logrado los estatutos, los aumentos salariales y sobre todo que la mayor parte de las inversiones del gobierno en educación, desde 1991, se destinen a salarios y prestaciones. Esa atadura impide, a su vez, que el gobierno logre que el aumento en el gasto se refleje en mejor calidad de la educación.

El gobierno que negocia con los maestros -como sus antecesores-está controlado por egresados del sistema privilegiado de colegios privados y de universidades de élite. Gasta en forma improductiva mucho más de lo que gana, no tiene claro cómo generar riqueza ni de qué vivirá el país en el futuro. Desde que al inicio de los 90 vinieron por primera vez Michael Porter y sus equipos de expertos en competitividad de Harvard, el país ha gastado fortunas en estudios y procesos que no terminaron en nada. No hay un proyecto país de largo plazo, ni política industrial, ni un plan exportador que enriquezca a las regiones con base en sus potencialidades. La educación no consulta ni está conectada con las necesidades del desarrollo. Colombia es irrelevante en investigación, innovación, ciencia, tecnología y emprendimiento. El país va en barrena en productividad y competitividad.

Este gobierno, como casi todos los anteriores, nombra Ministro de Educación a cualquiera, no importa que desconozca el sector. La actual Ministra viene del sector defensa y su especialidad no es la educación sino la seguridad. Esa falta prolongada de timonel explica, en parte, que todavía estemos tan lejos de tener la educación pública de alta cobertura y calidad que se requiere para tener un país próspero y equitativo. También que la mayoría de los colombianos sigan excluidos de la educación inicial y de la universitaria y que el país esté tan tomado y martirizado por la informalidad, la corrupción, el crimen y la violencia.

En el ya lejano 1994 Gabriel García Márquez nos dejó el diagnóstico, certero y contundente: “Somos conscientes de nuestros males, pero nos hemos desgastado luchando contra los síntomas mientras las causas se eternizan. Nos han escrito y oficializado una versión complaciente de la historia, hecha más para esconder que para clarificar, en la cual se perpetúan vicios originales, se ganan batallas que nunca se dieron y se sacralizan glorias que nunca merecimos. Pues nos complacemos en el ensueño de que la historia no se parezca a la Colombia en que vivimos, sino que Colombia termine por parecerse a su historia escrita.

Por lo mismo, nuestra educación conformista y represiva parece concebida para que los niños se adapten por la fuerza a un país que no fue pensado para ellos, en lugar de poner el país al alcance de ellos para que lo transformen y engrandezcan. Semejante despropósito restringe la creatividad y la intuición congénitas y contraría la imaginación, la clarividencia precoz y la sabiduría del corazón, hasta que los niños olviden lo que sin duda saben de nacimiento: que la realidad no termina donde dicen los textos, que su concepción del mundo es más acorde con la naturaleza que la de los adultos, y que la vida sería más larga y feliz si cada quien pudiera trabajar en lo que le gusta, y sólo en eso…”
@german.manga

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