Viernes, 9 de diciembre de 2016

| 1994/05/16 00:00

ODA AL PIELROJA

Desde el momento en que entra en contacto con los labios, antes incluso de besarse con la llama, el Pielroja es, de lejos, el mejor

ODA AL PIELROJA

LA NOTICIA DE ESTOS DIAS SOBRE LAS dificultades económicas de la Compañía Colombiana de Tabaco, fabricante de los cigarrillos Pielroja, no tiene ningún sentido. Se entiende que haya empresas tabacaleras en dificultades; se explica también que haya gente que no fume; pero es incomprensible que mientras existan los fumadores, el mejor cigarrillo del mundo tenga problemas de subsistencia.
Empecemos por la forma. El Pielroja sin filtro (el otro es inmencionable) es el único cigarrillo que no necesita ser visto para tener certeza sobre su identidad. La inconfundible forma ovalada y no redonda es su primera marca registrada al tacto, y lo convierte en el único que se deja asegurar entre los dedos de dos maneras diferentes: horizontal, como un ojo chino, permite que los dedos lo aplasten para que el humo entre a la boca compacto y con fuerza; vertical, como el ojo de una cerradura, hace que la presión de los labios redondee el cigarrillo y se amplíe el círculo de salida de humo, lo que produce una sensación distinta, de humareda suelta mezclada con algo de aire, que hace un poco más suave (no mucho) el sabor de leña quemada del Pielroja sin filtro.
Desde el momento en que entra en contacto con los labios, antes incluso de besarse con la llama, el Pielroja es, de lejos, el mejor. El primer sabor es ligeramente dulce, pero es una dulzura que desaparece al instante y queda apenas como un recuerdo lejano mientras la brasa va convirtiendo el cigarrillo en colilla; y ese dulzor se mezcla con el amargo del tabaco al ser tocado por la punta de la lengua antes de la primera aspirada, hermana de la última las dos más intensas de todo el ritual.
Con los otros el sabor es tan monótono que, cuando los fumadores se curten, compran marcas diferentes para alternarlas y suplir así esa deficiencia irremediable. Un cigarrillo rubio seguido de uno mentolado suele ser su único consuelo.
Es claro que buena parte del encanto de fumar está en ver el humo. Quien piense lo contrario recuerde la desazón que produce fumar en un lugar con brisa. Además de la complicación para encenderlo -lo que hace absurda la desaparición del yesquero-, al soltar la bocanada hacia afuera (instante cumbre de la fumada) el viento dispersa la exhalación y no deja ver el humo. Queda uno con una sensación de orfandad que convierte el fumar en un acto mecánico y vicioso de simple inhalación. En un ambiente quieto, en cambio, el humo sube lento y acompasado, abriendo su propio camino en el aire y dibujando figuras sugestivas que invitan a la meditación y activan el pensamiento. El del Pielroja no es el humo blanco y sin matices del cigarrillo rubio, ni el opaco y denso del negro extranjero, como el Gauloise; este es un humo que es blanco sólo en el primer tramo y después se vuelve azul o gris claro, o una mezcla de los dos, según el capricho con el que las estacas de tabaco están distribuidas a lo largo del cilindro de papel que las aprieta.
Más que ningún otro cigarrillo, el Pielroja parece haber nacido para vivir indisolublemente ligado al tinto. Un sorbo de tinto fuerte y bien caliente, seguido de una copiada de Pielroja, es una mezcla que supera en mucho a matrimonios de bien ganada fama como el del vino tinto y los quesos, el tabaco y el cognac, la pipa y la chimenea. La mezcla también se puede hacer al revés con igual éxito: aspirar el cigarrillo, acercar después la taza a la boca y soplar el humo sobre el café, para posteriormente apurar el sorbo de tinto impregnado por los aromas del cafetal y del tabaco, una sola humareda de matas quemadas en montes diferentes. Como si lo anterior fuera poco, el único cigarrillo que permite hacer este ritual en ayunas es el Pielroja. Con los demás, fumar antes del desayuno sabe casi tan feo como tomar KolKana.
Todo esto sin hablar de lo obvio, que es que el Pielroja es el mejor después del almuerzo y de la comida; para acompañar el trago, para antes y después del sexo, para las horas de angustia, para las de euforia; para la espera, las tertulias, la soledad, el insomnio y también para los ratos de ocio. Toda esta evocación aumenta mi sorpresa por las dificultades económicas en que se encuentran los fabricantes del Pielroja, 75 años después de su creación. Por eso mi consejo para los que fuman es que fumen Pielroja. Yo lo dejé hace años: parece que fumar es pésimo para la salud. -

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