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Opinión

  • | 2017/03/10 07:28

    Del buffet eterno

    La manera como soñamos o imaginamos la eternidad depende de muchas cosas, pero todas las personas compartimos un ideal: que lo que imaginamos se logre sin pagar impuestos.

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En una película de medio pelo, que incluso no identifico en la memoria, representaban el paraíso como una versión corporativa del mito de Adán y Eva: infinitos campos de golf, alternados con quioscos de sombra fresca donde se servía un buffet eterno al lado de piscinas llenas de jóvenes sin género chapoteando. Más fácil entender la quimera que subyuga a los sobornados de Odebrecht y otros no hay.

¿Qué tanto sin embargo compartimos el imaginario descrito arriba? ¿Qué tanto le trabajamos en vida al menos a una versión menos glamorosa del escenario de marketing? Depende si el ángel guardián es francés o mexicano, de seguro; es un asunto de clase, dirían algunos, de tradición, otros, de etnia. Las rolas soñamos al menos con una eternidad de clima cafetero, sin mosquitos, con chicharrón (vegano por concesión animalista) y ron dosificado. Pero todas las personas compartimos un ideal: que se logre sin pagar impuestos. Bajando de las nubes, sin embargo, nos encontramos que para llenar una piscina o mantener comida permanente en la mesa de los “todo incluido”, hay que exprimir la vida en el planeta: la de los demás seres y la de una gran cantidad de personas y que eso va en detrimento de la eternidad. Digo, de la sostenibilidad.

A los urbanitas que tenemos el privilegio de disfrutar un fin de semana ocasional en el campo, dejando crecer el bosque para compensar nuestra huella de carbono y recuperar algo de salud mental con el paisaje, nos toca extendernos en largas disputas con el dueño de la marranera (siempre hay una marranera en el paraíso) que tira los excrementos a la quebrada (con la que los vecinos cuenca abajo llenan sus piscinas). Y peores discusiones con los dueños de las vacas andinistas que obligan a los vecinos de sus potreros a mantener la tierra “limpia” y pastoril, aun a mano armada. Las carnes del buffet, entretanto engordan y se sazonan, oyen la motosierra y la guadaña que hacen respetar la “vocación” productora de una idea de agro en contra de toda ecología. Es decir, del resto de la vida, del humedal, del bosque de montaña, del morichal, del origen de la fertilidad de sus pastos, sin hacer apología de la vida bucólica, pues hay drones y nanobots en la conservación del futuro, hay yacimientos de minería, hay satélites y virtualidad, ajustados a las prioridades del mantenimiento de la vida.

En el balneario, el club, el hotel, la mitad del buffet acaba en la basura y así se composten las “sobras” para compensar su huella ecológica, el precio es letal: no hay mañana posible a ese precio. Hay que pagar impuestos, los beneficios de la naturaleza no son infinitos y es una obligación garantizar que quien cuida el páramo o el bosque de niebla no sólo pueda comer, sino comer con dignidad. No por vivir cuenca arriba en la economía hay que vivir de migajas.

Si queremos comida y agua para todos, tal vez no alcance para buffet y piscina eterna, pero seguro que nos divertiremos más brincando como niñas en la quebrada. 

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