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Opinión

  • | 2012/09/13 00:00

    Ojo con el asistencialismo y la inversión en el presupuesto

    Si nos atenemos a las cifras del proyecto de presupuesto, habría que comenzar a importar un número extraordinario de familias, niños y jóvenes a Colombia para que pudieran recibir la gran cantidad de subsidios, cupos educativos, indemnizaciones y otras formas de asistencia que se estipulan.

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Las bonanzas o los buenos momentos económicos son más problemáticos de lo que a simple vista parecen, en especial cuando buena parte de lo cosechado es fruto de condiciones externas favorables que tienden a ser confundidas con virtudes propias. En ese caso existe la tentación de optar por la senda facilista de gastar indebidamente, lo que conduce a una prosperidad fugaz, que fuera lo que le ocurriera a España, Grecia o Portugal.
Guardadas las proporciones, es lo que Colombia debe evitar, pero que no está haciendo. A pesar de que el gasto público ha crecido a un ritmo considerable desde la Constitución de 1991, llegando a representar algo más del 20 por ciento del PIB dos décadas después, los resultados en reducir la pobreza son más que precarios y el enfoque asistencialista del gasto genera dudas de qué tan sostenible será el ritmo de crecimiento económico del país en los años por venir.
 
El problema no es en lo particular del actual Gobierno, pero ahora que se encamina la discusión del proyecto de Presupuesto General de la Nación del año 2013 por un monto de 185,5 billones de pesos sí es la oportunidad para que el nuevo Ministro de Hacienda se de las pelas en el Congreso a fin de reorientar el gasto público estratégicamente, hacia la inversión y promover mayor control sobre la calidad del mismo. Si de lo que se trata, como diría Bill Clinton en la pasada convención Demócrata, de forjar un país en que las empresas y el Gobierno trabajen juntos para promover el crecimiento y una prosperidad ampliamente compartida, el presupuesto nacional juega un rol fundamental, y por ello algunas puntualizaciones pueden contribuir a la discusión.
 
Uno primero es el marcado asistencialismo del Presupuesto General de la Nación y del gasto público en Colombia. Si nos atenemos a las cifras del proyecto de presupuesto, habría que comenzar a importar un número extraordinario de familias, de niños y jóvenes a Colombia para que pudieran recibir la gran cantidad de subsidios, cupos educativos, indemnizaciones y otras formas de asistencia. O las cifras no son correctas, hay doble contabilidad, el Estado es muy ineficiente o todas las anteriores. Si Colombia tiene alrededor de 12 o 13 millones de familias, cada una recibiría en promedio 5, 6 o más subvenciones. Entre estos se presupuestan 24 millones de subsidios de salud, 12 millones de colombianos de estrato 1, 2 y 3 que recibirían subsidio de energía y gas, 9,1 millones de matrículas, 5 millones de cupos en formación profesional integral en el SENA, 4 millones 100 mil menores atendidos por el programa Familias en Acción, el apoyo a cerca de 1 millón 875 mil niños a través del programa Ondas y a 350 mil jóvenes investigadores, el subsidio a más de 800 mil adultos mayores, la indemnización a 100 mil víctimas del conflicto armado, más otra decena de programas gubernamentales, de cupos universitarios y de asistencias a través de recursos adicionales del Sistema General de Participaciones y de las regalías.
 
Si como dice el Gobierno Nacional, se han creado 2 millones de empleos qué sentido tiene que se aumenten los subsidios para el gas en los estratos 1, 2 y 3 a una tasa de 42 por ciento o para la electricidad del 29 por ciento en el año 2013, por la bicoca de 1,9 billones de pesos. Sería más lógico que el Gobierno se concentrara en poner en cintura los onerosos precios de la energía en Colombia y las cuantiosas utilidades de las empresas de energía.
 
En segundo lugar, la otra cara del Estado asistencialista, o ineficiente, lo que revela es que las inversiones no están yendo a donde deben llegar y que el aparato productivo del país no se comporta en consonancia con el flujo de recursos. Aunque es muy positivo que haya un significativo flujo de inversión extranjera, que para 2013 se prevé que alcance los 15 mil millones de dólares, por haberse dirigido principalmente a la industria extractiva y minero energético lo que ha acentuado es la revaluación del peso, la dependencia de los ingresos petroleros y mineros y la consiguiente afectación a la industria y las exportaciones agrícolas, en una especie de gestación de la enfermedad holandesa.
 
En este contexto, una crisis económica internacional o una caída pronunciada en los precios internacionales del petróleo y de las materias primas pueden poner fácilmente al Gobierno en serios aprietos. Aunque éste aplaude que el monto para inversión contenido en el proyecto de presupuesto para 2013 será el mayor en la historia de Colombia, al pasar de $36,8 billones en 2012 a $40,7 billones el próximo año, las cifras en detalle no resultan tan consistentes.
 
De los 40,7 billones de pesos, se incluyen 29 mil millones de transferencias al Congreso, lo mismo que 1,7 billones destinados a la seguridad democrática o un billón 45 mil millones de gasto corriente de las Fuerzas Militares. Otras partidas contabilizadas como inversión también generan dudas, como los 164 mil millones asignados para la Fiscalía o los 61 mil millones al Ministerio de Relaciones Exteriores. Visto por sectores los 370 mil millones que se planean invertir en ciencia y tecnología lucen insuficientes para poner a rodar la locomotora de la innovación.
 
Un tercer aspecto es el optimismo del Gobierno en la cifra de crecimiento de 4.8 por ciento para el presente y el próximo año, desestimando los nubarrones en Europa, lo mismo que los serios apuros que experimentan las economías emergentes, particularmente la pronunciada desaceleración en China.
 
El Gobierno menciona en el proyecto de presupuesto las turbulencias externas, pero finalmente pasa de largo sin atención a las mismas. Se omite considerar que la salida de Grecia del Euro cada vez más pende de un hilo, que la misma viabilidad del Euro está más en cuestión con el agravamiento de la situación en España, Portugal y de carambola en Francia, muy a pesar de las medidas del Banco Central Europeo que en breve pueden ser meros paliativos dilatorios si la economía regional no reacciona. A ello hay que sumarle el todavía magro crecimiento de Estados Unidos, el de Brasil ahora y la desaceleración de India. El mero rugido de China puede desplomar el precio de las materias primas, que son las que han soportado el crecimiento de Colombia y Latinoamérica en los últimos años. Un frente preocupante que el proyecto de presupuesto para el año entrante simplemente esquiva, aunque quien sí no lo hace es la industria nacional y las exportaciones que ya experimentan desaceleración.
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