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Opinión

  • | 1996/07/22 00:00

    OJO CLINICO

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Ojo clínico Por Roberto Pombo ace 16 años, en un foro sobre abstencionismo promovido por Anif, el entonces presidente de esa asociación, Ernesto Samper Pizano, hacía una descripción cruda del nacimiento de una poderosa clase social subterránea, cuya base fundamental estaba compuesta por narcotraficantes. En su conferencia, titulada los 'subre- presentados', Ernesto Samper alertaba sobre ese peligro en los siguientes términos: "El país no se ha percatado de las transformaciones fundamentales que sobre su marco tradicional de valores y sus instituciones mismas está propiciando el advenimiento de una nueva sociedad, la sociedad subterránea; donde los precios han sustituido los valores; la audacia al mérito y el riesgo ha reemplazado el esfuerzo. "Una sociedad donde ya no se requiere ser un líder para convertirse en un líder. Con recursos que sobrepasan los 200.000 millones de pesos, conseguidos a través de una sofisticada forma de macrodelincuencia económica que incluye desde el tráfico de drogas hasta la especulación con finca raíz, estos delincuentes de cuello blanco ya no se han contentado con comprar los símbolos de estatus social que ayudaron a disfrazar el origen punible de sus ingresos sino que ahora su escalada se dirige sin reparo a las instituciones políticas, a los cuerpos representativos, a los despachos oficiales, a las oficinas públicas. "Son ellos quienes, cínicamente, han empezado a ejercer cargos en representación de un pueblo que no les pertenece ni cultural ni históricamente hablando". Más real imposible. Lo que para Samper era en 1980 una amenaza, es hoy una verdad sobre la cual nadie tiene la más mínima duda. El narcotráfico se metió en la sociedad por la puerta de atrás, con el poder de su dinero, y hoy el país tiene la etiqueta internacional de ser una Nación escriturada al narcotráfico. La exageración que hay en calificar a Colombia como una narcodemocracia, no le quita un pelo a la gravedad de la situación que se vive frente al narcotráfico. Pero del diagnóstico que hacía hace tres lustros y pico nuestro actual Presidente, había que pasar entonces _y hay que hacerlo ahora_ a las soluciones. En ese campo, esto fue lo que recomendó Samper Pizano: "El poder de la economía subterránea está llegando a ser tan grande que ya no basta con las fórmulas simplemente represivas; la dimensión del problema excede los instrumentos para regularlo. Se precisan nuevas alternativas. Estamos, al fin de cuentas, entre reconocer a las mafias y reencaminarlas o ser desconocidos por ellas y descaminarnos todos. "Así como sugerimos hace exactamente un año la legalización de la marihuana, como única forma para legitimar estos ingresos, así también nos parece hoy conveniente proponer la necesidad de dar a los capitales subterráneos válvulas institucionales de escape; el establecimiento de amnistías patrimoniales para estas inmensas fortunas, la posibilidad de invertirlas en títulos de rentabilidad y no representativos de propiedad y la concesión de estímulos especiales para que se registren públicamente serían las tres fórmulas básicas para evitar que, por su mantenimiento en la clandestinidad, estos capitales y sus dueños acaben con nuestras instituciones y nosotros mismos, o las compren y nos compren que, para el caso, es lo mismo". Quince años después de haber hecho estas consideraciones, el presidente Samper se volvió prisionero de estas circunstancias. Su partido, la clase política a la cual pertenece y varios de los organismos más importantes del Estado que le tocó en suerte dirigir están carcomidos hasta el alma con el cáncer vaticinado en el 80. La paradoja está en que todo apuntaba a que la solución que Samper le daría al tema una vez elegido presidente sería la misma que recomendó cuando hizo su diagnóstico; pero resultó tan profunda la enfermedad y tan arrolladoras sus consecuencias que al Presidente le tocó descartar su remedio. En efecto, cuando Samper llegó a la Presidencia daba la sensación de que estuviera pensando en plantear una fórmula transaccional con los carteles del Valle del Cauca, de manera que en una sola jugada se desmantelaran las organizaciones del narcotráfico y se reinsertaran a la vida legal sus protagonistas. Pero las presiones de distintos sectores, y muy especialmente de Estados Unidos, lo llevaron a cambiar de actitud, incluso como la única forma de salvar su pellejo. Lo que sí hay que reconocerle al Presidente, después de todos estos años, es el ojo clínico.
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