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Opinión

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En la carta que le escribe a Gabriel García Márquez el llamado 'Bochica', comandante de los secuestradores de Juan Carlos Gaviria, leo nada menos que 12 referencias mi nombre. Doce veces, entre paréntesis, un "ojo, Antonio Caballero", que no sé si interpretar como advertencia o como simple reproche, al hablar de cosas tan diversas como el estado de ánimo de los gringos, la moderna teoría del derecho político, el papel de las mayorías en la democracia, la diferencia entre palabras y obras, la Salvación Nacional, los paramilitares, los guerrilleros, los narcotraficantes, la mafia, las creencias religiosas de nuestro pueblo, el macartismo anticomunista, y las contradicciones de los comunicados de 'Dignidad por Colombia'. Ante tantas alusiones directas, creo que tengo derecho a meter la cucharada en el intercambio epistolar. Así que ojo, comandante Bochica.Su última carta a César Gaviria, que acompaña la dirigida a Gabo, dice con énfasis: "Para nosotros es vital darle al país la certeza de que no estamos jugando".Pero lo terrible es que sí: sí están jugando. Para empezar, están jugando al gato y al ratón, cobardemente, con la vida de un hombre indefenso: nada hay más cobarde que un secuestro, y nada que envilezca más un proyecto político. Pero sobre todo, y más allá de ese episodio cruel, están jugando irresponsablemente a la política: infantilmente, como si creyeran que el chantaje es una varita mágica que reemplaza el poder político. Pues es simple chantaje, y no "violencia que deben ejercer los de abajo contra los de arriba", tener un secuestrado y pedir a cambio que se cumplan unas propuestas políticas. Es grotesco, de pasada, supeditar la vida o la muerte de un secuestrado a un dictamen contable de Gabriel García Márquez, que no tiene ni práctica de asesor tributario ni vocación de verdugo. Y grotescas las perspectivas que esa propuesta abre: la condena del escritor a un destino de perito contable para analizar las declaraciones de renta de todos los políticos que 'Dignidad por Colombia' considera corruptos, y que son todos. Y, después, su propia ejecución, por irresponsabilidad contable.Eso no es serio.Es, insisto, una concepción infantil de la política. 'Dignidad por Colombia', que se define como "el brazo que obligue a las grandes realizaciones en favor de las mayorías nacionales", es el equivalente de la lámpara maravillosa de Aladino. Basta con frotarla _un secuestro_ y de inmediato sale un genio que se pone a hacer realizaciones gigantescas. Un secuestro, y ¡zas! tenemos una reforma constitucional. Otro secuestro, y ¡zas! una rebaja del IVA. Otro, y ¡zas! una carretera. Otro, y ¡zas! tenemos de presidente a María Eugenia Rojas. Otro, y ¡zas! toda la clase política comete suicidio colectivo, como lo hacen a veces las ballenas.Otro más, y ¡zas!: aparece el Mesías: "el hombre inmaculado (¿Gabo?) que dirija este país hacia un nuevo puerto". Aunque, más que de Gabo, se trata del propio Bochica, el auténtico, aquel que de un solo golpe de su varita mágica _¡zas!_ rompió las peñas de Tequendama para vaciar las aguas de la Sabana, y se fue, prometiendo a los chibchas que volvería.Eso no es serio. La cosa no es así. El 'comandante Bochica' dice en su carta que lo que pretenden es "apoyar y defender todas las virtudes y combatir todos los defectos de nuestra patria", pero empieza por caer en el principal de esos defectos: el de creer que la violencia es como la varita mágica de Bochica, un talismán que resuelve todos los problemas por arte de birlibirloque. Y ese defecto, ese creer "que el problema no es intelectual sino hormonal", es precisamente el que tiene a Colombia ahogándose en un mar de sangre.
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