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Opinión

  • | 2004/12/19 00:00

    Ojo por diente

    Hay que conocer la historia. Cuanto más matones sean los hombres, más posibilidades tienen se salir bien librados

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Los perros de la ira, unas fieras que todos llevamos dentro, solamente se sacian con la ley del Talión, aquella dictada por el Dios furibundo del Antiguo Testamento, y que literalmente dice así, en el capítulo XIX del Deuteronomio: "No te compadecerás de él, sino que le harás pagar vida por vida, ojo por ojo, diente por diente, mano por mano, pie por pie". Esta moral guerrera está refrendada varias veces en este mismo libro sagrado donde se nos aconseja, en caso de toparnos con una nación idólatra, "acabar con ella sin dejar alma viviente. sin contraer amistades ni tenerles lástima" (VII,2).

Para muchos esta ley primitiva sigue siendo la única justicia: la saciedad de la venganza plena, que sólo se alcanza con la muerte del otro, del ofensor, a manos del ofendido. Si mataste a mi hijo, no encontraré paz hasta no matar al tuyo. Si tu padre mató a mi padre, yo lo mataré a él. Si me matas a mí, mi hijo te matará, como en una interminable tragedia griega, o shakesperiana. Y si además no creen en lo que tú crees "exterminarás todos los pueblos que tu Señor Dios pondrá en tus manos, sin que se apiaden de ellos tus ojos" (VII,16).

Como este tipo de justicia rige para los dos bandos, no se encuentra un camino para que se detenga, salvo que en efecto uno u otro cumpla el antiguo precepto completo y extermine del todo a su enemigo, incluyendo a los niños (genocidio). En vista de que esto no parece deseable, los humanos hemos hecho el intento, en los últimos siglos, y a veces con ayuda del Nuevo Testamento, de inventarnos un tipo de justicia más benévola, que modere nuestros instintos más primitivos, o los mandatos más severos del Dios de los judíos. La justicia formal, tal como la han desarrollado las naciones más civiles -y que al menos hasta cierto punto ha funcionado bien- no cobra ojo por ojo, sino que da una pena bastante más suave que la fechoría inicial. La receta es cobrar, digámoslo así, diente por ojo.

Hago esta reflexión pensando en el proceso de paz con los paramilitares, que ahora se desmovilizan en masa y hasta derraman lágrimas -parece- de arrepentimiento y perdón. Ellos nacieron, o al menos así lo dicen en sus testimonios, para aplicarle la ley del Talión a la guerrilla (que los había matado y secuestrado) y de paso a todo lo que a ellos les oliera a guerrilla o a izquierda: líderes populares, invasores de tierras, sindicalistas, defensores de derechos humanos, etc. Ahora quienes, sin ser guerrilleros, hemos sido sus víctimas, tenemos que definir si tragarnos el sapo -y de paso la lengua- o si incitar nuevamente a las reglas del Viejo Testamento (sí somos furibundos), o al menos a las normas del Código Penal.

No deja de ser paradójico que, en este país de absurdos, si uno es narcotraficante a secas, lo extraditan a Estados Unidos. Pero si además de ser mafioso es también 'autodefensa' (el paramilitarismo es el enroque del narco), y organiza bandas armadas de exterminio, entonces, en vez de una cárcel en Florida, termina en una mesa de Ralito, o en un campo de despeje en el Catatumbo, con posibilidades, no muy lejanas, de llegar al Congreso de la República, después de ser amnistiado de los delitos atroces o menos atroces.

Pero no quiero ser como esos iracundos patriarcas del Viejo Testamento. Tampoco exijo, siquiera, una aplicación literal del Código Penal. Hay que ser realistas y conocer la historia de la humanidad. Cuanto más matones sean los hombres, más posibilidades tienen de salir bien librados. Ya lo decía W. H. Auden: "El hombre muerto / que no ha matado a nadie / rara vez alcanza una estatua". Somos así: nos inclinamos ante los prepotentes.

Sin olvidarse de esta debilidad humana, hay que celebrar la entrega de las armas. Cuantos más combatientes se retiren del conflicto colombiano, mucho mejor, así sea con esta vergonzosa dosis de impunidad que hoy respiramos (y que el gobierno promete reparar). Si estos ex matones son capaces, de verdad, de entrar en la política sin armas, sin intimidar con violencia a la población y sin imponer su política del 'candidato único' en cada pueblo y región, bienvenidos. En los años anteriores tampoco el Estado los estaba persiguiendo con seriedad, y ellos mataban en la más completa impunidad. Que ahora hagan política en la más completa impunidad es, a pesar de todo, y aunque haya que taparse la nariz para no percibir el olor a podrido, un paso adelante.

Espero, sin muchas esperanzas, que digan siquiera parte de la verdad; que de la justicia quede siquiera un hipócrita asomo de dignidad, y que haya reparación para las víctimas. Hay que suspender los impulsos instintivos de la antigua ley del Talión. Recibamos a los ex combatientes como si les creyéramos que de verdad se quieren retirar de su plan de exterminio. No es imposible que al menos algunos hablen con sinceridad. Es mejor quedarse con sed de justicia, que tratar de saciarla del todo en una espiral que nunca podría terminar.
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