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Opinión

  • | 2014/09/15 00:00

    ¡Ojo!, lo pueden electrocutar… “legalmente”

    Pueden decir que los efectos de las pistolas Taser dependen más de su intensidad que de su voltaje. Pero, ¿quién va a responder por la intensidad emocional, o el voltaje de agresividad de un ofuscado policía?

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Cuando los gobiernos son débiles o lo ejercen dictaduras, aquí y en Cafarnaúm, la represión ha sido siempre el método más expedito y recurrente para resolver sus problemas. Dos de ellos extremadamente sensibles para su estabilidad y propósitos son: uno, cómo asegurar su permanencia en el poder; dos, cómo acallar las protestas que, como sabemos, lo que pretenden es clamar por los derechos de los protestantes, vislumbrándose a veces, según tales gobiernos, que éstas van en menoscabo de sus intereses y privilegios, poniendo en peligro con ello su permanencia. Así de simple. Así de insólito. 

Por eso no es de extrañar la repentina aparición en el escenario confrontacional entre el gobierno y la expresión popular inconforme, de unas nuevas armas represivas. Insuficientes los métodos ya tradicionales del bolillo, los chorros de agua, los artefactos de pólvora y balines y los gases lacrimógenos, el frío e impetuoso ingenio policial, cabalmente concientizado por los norteamericanos con ejemplos y prácticas brutales, adquirió y ha puesto a disposición de decenas de jovencitos policías unas escalofriantes pistolas eléctricas denominadas Taser. Se anunció la compra, por ahora, de 300 de ellas, de las cuales 100 le serían asignadas a la Policía Metropolitana de Bogotá. Sin embargo, según una información de Semana del 13 de agosto pasado, se descubre que “entre el 2009 y el 2013 la Policía ha adquirido 550 armas Taser x26 y Taser x2 las cuales se han entregado a escuadrones como el Comando de Operaciones Especiales (COPES), el GAULA, Grupos de Operaciones Especiales (GOES) y a los Escuadrones Móviles Antidisturbios (ESMAD).    

La sola idea de que alguno de estos imberbes “guardianes del orden”, en vez de acribillar por la espalda a balazos a un indefenso grafitero, como ocurrió con el adolescente Diego Felipe Becerra, resuelva más bien, ya sin arma de fuego pero ahora con pistola Taser, ejercer su función de “velar por la tranquilidad pública”, electrocutándolo, le eriza los pelos a cualquiera. 

La impresión que nos da esta modalidad nueva de armamento, que de acuerdo a sus defensores en lugar de balas descarga inofensivos impulsos eléctricos, es la de que para la fuerza pública, mejor que el balazo mortal, sería el ampararse en el albur de que de pronto no se les vaya en la descarga eléctrica más de los 50 miliamperios fatídicos, puesto que ahí si no tendrían que cargar con el muerto. Y es que con las balas ocurría lo mismo que se pretende que pueda ocurrir ahora. Con un tiro en un costado o en una pierna, el estudiante “terrorista”, o el “zarrapastroso campesino”, habría sido neutralizado pero no muerto. Pero si la bala alcanza un órgano vital, o con el choque eléctrico se le va la mano al agente, ¿no es lo mismo para una muerte segura? Por ello no está demás advertir que de acuerdo con varias fuentes se ha indicado que en el mundo aproximadamente 540 muertes han sido causadas por las descargas eléctricas de estos artefactos. 

Un alto oficial de la Policía, para justificar el uso de estas armas, tras llamarlas “modernas y científicas (?)”, enfatizó en que “solo afectan el sistema nervioso y los músculos motores, pero no afectan el corazón". ¡Faltaba más que así fuera! ¿O falta poco para que así sea?             

Pueden decir que sus efectos dependen más de su intensidad que de su voltaje. Pero, ¿quién va a contener o quién a responder por la intensidad emocional, o el voltaje de agresividad del ofuscado agente de policía que se enfrenta a una muchedumbre vociferante, desordenada e intimidante, o a un puñado de azarosos sujetos, drogados o borrachos?  

Confieso que de encontrarme en situación de confrontación con alguien que me apunte con un arma de fuego o con una pistola eléctrica, no dudaría eventualmente en temer más por mi vida frente al de la pistola Taser. El del arma de fuego con toda certeza lo pensará mejor que el de la pistola eléctrica antes de disparar. Presupone menor peligro con ésta. Y dado el caso de que este tirador eléctrico conserve la calma y la conciencia y no dispare más allá del límite fijado de los 5 miliamperios, ¿cómo saben él o sus superiores que lo dotaron del arma que la persona a quien disparan no adolece de factores de riesgo tales como arritmias, debilidades cardiacas, uso de marcapasos o simplemente es en extremo vulnerable y nerviosa, fácil presa de un ataque fatal al corazón?  

Pero suponiendo que no lo mate, imaginemos que su puntería tenga un descache y su mala suerte su hora, y lo lleve a atinarle en los oídos, en la boca, en los genitales, o en los ojos, ¿no dejarán estas famosas armas “modernas y científicas” lisiado de por vida al infeliz estudiante que se atrevió a manifestarse por una educación gratuita y de calidad? ¿O al novio celoso que, ebrio y colérico mechoneaba a su novia y se daba de trompadas con su rival? 

La prueba más contundente de la peligrosidad de estas armas se dio recientemente con el caso de otro joven grafitero colombiano Israel Hernández-Llach en Miami. Según la prensa, éste “murió después de recibir, durante un intento de arresto, un disparo de una pistola eléctrica Taser accionada por un integrante del cuerpo de Policía de Miami Beach, Florida. ‘Reefa’, como se le conocía, murió de un paro cardiaco tras la “descarga del dispositivo de energía”, según informes forenses.”

Con sobrada razón uno de los líderes de la Mesa Amplia Nacional Estudiantil (MANE) afirmaba en estos días que era una tragedia que se siguiera pensando en “sofisticar los medios de represión ahora que se habla de paz.”

Estos electrochoques son a todas luces un escalamiento en el inventario de nuevas armas destinadas exclusivamente a reprimir la protesta social. Sabemos que no se inventaron precisamente para la guerra, y que por añadidura, están cobijadas por un agravante colosal: su empleo se enmarca dentro de la legitimidad, por lo que su uso no tiene efecto judicial alguno.

guribe3@gmail.com
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