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Opinión

  • | 2013/12/26 00:00

    Omnímodo y temible poder

    Hoy más que nunca entiendo cómo su gran poder, le ha servido, no sólo para ir en contra de la Constitución cuando ésta entra en contravía con sus más recalcitrantes creencias, sino que se usa indiscriminadamente para neutralizar a cualquiera que ose cuestionarlo o criticarlo.

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En estos días, he leído con estupor pero sin sorpresa, las múltiples noticias así como la infinidad de columnas de opinión sobre la última perla de las actuaciones de nuestro flamante Procurador. Me refiero por supuesto a la destitución e inhabilidad por 15 años del Alcalde de Bogotá.

Cada vez que leo, no sólo estas noticias, sino las diversas opiniones de ciudadanos del común en las redes sociales y de juristas respetados en todos los medios, me llena de pavor comprobar el omnímodo y temible poder que tiene este oscuro personaje que detenta el cargo de Procurador general de la Nación. 

Hoy más que nunca entiendo cómo su gran poder le ha servido, no sólo para ir en contra de la Constitución cuando ésta entra en contravía con sus más recalcitrantes creencias, sino que se usa indiscriminadamente para neutralizar a cualquiera que ose cuestionarlo o criticarlo. No importa si quien está en la mira es un importante funcionario de la más alta esfera, o una simple funcionaria de una universidad privada y regional. 

Sus enormes tentáculos llegaron hace poco hasta Cartagena, la ciudad de la familia política de su hija. Parece que este personaje y/o sus cortesanos y familiares no soportan críticas ni ningún tipo de cuestionamiento, sin sentir que deben amenazar y actuar en contra de quién se atreva a desafiarlo. 

En agosto de 2012, escribí una columna en un medio local solicitándole al Presidente de la República que no postulara a Ordóñez para Procurador General de la Nación y daba mis razones para ello. La escribí cuando ocupaba un cargo directivo en una universidad con la cual el abuelo de su actual yerno, había tenido vínculos estrechos hasta el punto de que hoy uno de sus auditorios lleva su nombre. Inmediatamente la familia se pronunció anunciando el envío de una carta de protesta contra la universidad por mis opiniones. Las directivas de entonces rechazaron los reclamos alegando mi derecho a la libertad de opinión. Pero no contentos con eso me enviaron una razón a través de terceras personas, amenazando con hacerme despedir si volvía a escribir algo en contra de Ordóñez. 

Lo comenté con familia, amigos y conocidos pero desestimé las amenazas porque me parecían irrelevantes e irracionales. La columnista Claudia Ayola, escribió en septiembre del mismo año, una columna titulada “Afilando las uñas” en El Heraldo de Barranquilla, donde mencionaba el asunto. Pensé ingenuamente que si la mayoría de columnistas de opinión del país, muchos más importantes que yo, escribían a diario columnas más fuertes y punzantes contra él y no les había pasado nada, mucho menos me iba a pasar a mí, pero claramente me equivoqué.

Sin temor y creyendo que podía hacer uso de la libertad de opinión, que está claramente definida en nuestra Constitución, escribí una segunda columna sobre Ordóñez en febrero de este año, a propósito del sonado matrimonio de su hija. Parece que esto tampoco les cayó nada bien y ahí sí utilizaron todo su poder para cumplir la amenaza y hacerme despedir en abril, después de más de seis años de trabajo, de un día para otro, sin justa causa, sin ningún aviso, utilizando a terceras personas y aprovechando una situación de coyuntura de cambio de mando, que facilitaba sus propósitos. 

No había hablado públicamente sobre el caso, primero porque no tengo pruebas y segundo, porque estoy segura de que ninguno de los involucrados va a aceptar su responsabilidad en el asunto y se lavarán las manos tachándome de mentirosa. Pero las evidencias, como pueden ver, están allí para que ustedes juzguen. Hoy me he atrevido a contar mi caso, porque considero importante prevenir a todas las personas de este país que se atreven a opinar, que estén atentas y tengan claro que no sólo los altos funcionarios públicos y los grandes personajes del poder nacional están en peligro de caer en las garras del gran inquisidor de la nación y sus áulicos. Tienen tanto poder e influencia que cualquiera, esté donde esté, está expuesto si se atreve a desafiar su omnímodo y aberrante poder.

El pasado domingo, leyendo la columna de Daniel Samper en El Tiempo, pude volver a medir el gran poder que le ha otorgado la Constitución al Procurador. Si como dice Samper, hasta al Presidente le toca pasar de agache y actuar como simple firmón de una sentencia que a todas luces es excesiva, cómo puede extrañarme lo que me pasó, siendo como soy, una simple ciudadana de a pie.

El gran filósofo alemán Friedrich Nietzsche decía que los hechos no existen, que tan sólo hay interpretaciones de éstos y que la verdad siempre será la que impongan los poderosos. Por lo tanto será muy difícil que mi verdad prevalezca porque yo sí que carezco de poder. 

iliana.restrepo@gmail.com

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