Opinión

  • | 1987/05/11 00:00

    "¿ON DE RECORD, OFF THE RECORD?"

    "Nunca habla. Y cuando habla, se tergiversa..."

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Lo que voy a contar a continuación parecería calcado de lo que acaba de sucederle al presidente Virgilio Barco con el director de la revista South. Solo que pasó hace casi cincuenta años, y su protagonista fue el legendario Joe Kennedy, patriarca del famoso clan, que ni se cuidaba tanto como Barco ante los periodistas, ni le costaba tanto trabajo como a nuestro Presidente hablar sin terqiversarse.
De visita una vez en Boston, cuando todavía era el embajador de EE.UU. en Inglaterra, Kennedy accedió a recibir a tres periodistas en su suite del Ritz-Carlton. Uno de ellos, del Boston Globe, había solicitado por escrito una entrevista "on the record" con el embajador. Los otros dos, del Louis Post-Dispatch, habían solicitado simplemente una conversación "off the record" con Kennedy, como orientación de futuros comentarios editoriales. Transcurría la Segunda Guerra Mundial, y por aquellos días parecía inminente la invasión de Londres.
En la fecha y hora señaladas, la secretaria de Kennedy cometió el error fatal de dejar entrar a los tres periodistas al tiempo. Estos encontraron al embajador en mangas de camisa, tirantes abajo, comiendo pie de manzana. Nunca se sabrá si la franqueza y espontaneidad con la que les habló durante hora y media, mientras ellos tomaban notas, se debió a que olvidó que uno de los periodistas había solicitado una entrevista oficial, o porque asumió que éstos editarían sus comentarios non sanctos.
Entre las más escandalosas afirmaciones figuró la de que "La democracia está acabada en Inglaterra", (con lo que estaba sugiriendo que el país ante el que ejercía el rango de embajador estaba a punto de perder la guerra). También comentó que el rey de Inglaterra tartamudeaba. Y se quejó de que la esposa del Presidente, Eleonor Roosevelt, "siempre me está mandando notas para que invite a tomar el té a la embajada a cuanta quinceañera debutante que pasa por aquí"
Al día siguiente la conversación apareció reproducida con pelos y señales en el Boston Globe. No le costó la embajada fue porque pocos días antes había renunciado a ella. Pero si acabó con su carrera política, que murió con ese episodio.
Desde entonees, la entrevista de marras se convirtió en texto obligado de las discusiones sobre ética profesional en las facultades de periodismo de las universidades norteamericanas y siempre dividiendo la opinión en dos polos: de un lado, los que piensan que el periodista cometió una injusticia con Kennedy, a ser evidente que el entrevistado no estaba hablando con la intención de que se le citara entre comillas. Y del otro, los que piensan, sencillamente, que un embajador no puede hablar ni "on" ni "off the record" de manera tan descarada.
Al igual que el entonces embajador norteamericano, es evidente que todo lo que el periodista de la revista South (que, por cierto, es considerada medio "loba" en el círculo de las publicaciones internacionales) dijo que Barco había dicho, es cierto. Pero lo raro no es que Barco lo dijera, porque al fin y al cabo coincide con lo que todo el mundo comenta en conversaciones privadas: que la paz de Belisario fracasó, que la UP es el partido de la guerrilla, chistes sobre la anulación matrimonial del ex presidente Turbay, y críticas sobre las aficiones armamentistas de los militares. La pregunta es, entonces, si al Presidente puede disculparlo el hecho de haber creído que estaba hablando "off the record", y si el periodista violó, con la publicación de los comentarios anteriores, algún capítulo de su ética profesional.
Si evidentemente existió un cuestionario escrito, enviado por el periodista al Presidente y respondido igualmente por escrito es obvio suponer que éste constituía la sustancia de la entrevista
La conversación de seis horas que ambos sostuvieron con posterioridad en Palacio, y en la que el periodista no utilizó grabadora, sino sencillamente se limitó a tomar apuntes, fue concedida por Barco como el rito que por lo general se cumple cuando ha antecedido un cuestionario escrito, con el propósito de que se tomen algunas fotografías "en vivo", se agreguen elementos marginales y se ambiente el tono de la entrevista. Pero aquí, al parecer, terminaron prevaleciendo en el texto final los detalles de la conversación sobre el texto escrito inicial.
Es imposible suponer que el periodista no hubiera detectado cuáles apartes de esa conversación con el Presidente le eran potencialmente dañinos a su investidura. Y no existiendo claridad total sobre las reglas que deberían haber regido el uso de los extrovertidos comentarios de Barco, el periodista de South optó por anexarlos a la entrevista oficial, en lugar de abstenerse, decorosamente, ante la duda.
El máximo brote de conciencia del periodista consistió en enviarle una copia de la versión final a alguien cercano al Presidente que asistió a la conversación, con el objeto de que rectificara alguna posible inexactitud en la que hubiera podido incurrir en el proceso de su reconstrucción. Pero salvo por una pequeña corrección, la entrevista fue aprobada en su totalidad por este misterioso personaje, que indudablemente llenaba mejor la característica de amigo personal, que de asesor profesional del Presidente.
El error de Barco, como el de Kennedy, estuvo en haber ventilado "on the record" lo que ni siquiera debió haberse atrevido a murmurar "off de record". La deslealtad del director de South consistió en aprovecharse de los dividendos periodísticos que produjo este error presidencial.
Y el epílogo de esta historia es el de que Virgilio Barco concedió la que probablemente será la mejor entrevista de su vida. Lo que no deja de ser terriblemente irónico, si se tiene en cuenta que también es la única entrevista que el Presidente no se podía dar el lujo de conceder.
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