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Opinión

  • | 2016/12/30 18:45

    ¡Año nuevo, vida nueva! No más semillas de muerte.

    Nunca un nuevo año se ha presentado al país con una esperanza como la que trae el fin de 2016 y el comienzo de 2017. Corrijo, no es una esperanza, es una realidad: La paz.

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Desde 1991, año en que se escribió la paz como un derecho fundamental, un deber del Estado y una reivindicación de todos los colombianos, la jurisprudencia de la Corte Constitucional lo fue desarrollando, como titanes del realismo mágico, al fin y al cabo congéneres de aquel preclaro hombre de letras de Aracataca, sin que verdaderamente el espíritu de concreción se diera.

Era como si con el pensamiento y la palabra se quisiera tapar el sol, cuando en nuestros campos y ciudades, parodiando al poeta Castro Saavedra, los torrentes de sangre inundaban vertiginosamente los ríos que se secaban por la maldita guerra.

En las liturgias, católicas y cristianas, nos dábamos la mano en señal insulsa y mentirosa de la paz, aunque pareciera más un bálsamo de perdón interior y de limpieza espiritual y una manera de exculpación.

Ahora la paz es una realidad en su esencia utópica. Lograr desaparecer las muertes violentas como fenómeno social será imposible, pero disminuir las cifras a una mínima expresión, dependerá del gobierno, de nosotros y de la oposición.

Es una responsabilidad universal aún con los debates que ella misma traerá. Que si la amnistía ¿es o no Constitucional?. Que si la dejación de armas, la justicia especial de paz, la elegibilidad política, ¿son o no constitucionales?, pueda que sí, pueda que no.

¿Qué va a importar? Que en el evento en que el oficialismo pierda las cercanas elecciones a la presidencia de la República, la oposición ganadora no se empeñe en destruir lo que se ha logrado hasta el momento.

Y si es lo contrario, si en las elecciones triunfa el gobierno, que continúe trabajando para su consolidación y asentamiento hasta casi derruir la utopía.

La paz, aunque los tribunales digan lo contrario, es una política de Estado, no de mandatarios.

Colombia debe convertir su ahora deshabitado Hospital Militar en el hospital de los pobres, así como deberá utilizar en adelante los aviones de guerra en las alas transportadoras de las semillas a los sitios a los que nunca quiso llegar por política de sus gobernantes.

En el presente y futuro próximo, como política de Estado, la máquina de la guerra deberá ser la más idónea herramienta para llevar la semilla de nuevas variedades de comida y recoger las cosechas hasta los sitios de consumo masivo.

Esta es la paz que queremos ver en Colombia para que quienes hasta ahora no la pudieron disfrutar, la gocen hasta sus últimos días. Para que nuestros jóvenes crezcan y se desarrollen en un ambiente de sosiego que les permita abrir sus mentes al progreso y la solidaridad de toda una nación. Para que nosotros no escribamos más historias de muerte y desolación. Para que no derramemos más lágrimas como las que vertieron más de seis millones de víctimas.

Es algo así, y lo digo con sublime respeto, como si se tratara del nacimiento de un hijo que viene a la vida con problemas para su crecimiento y formación, a quien sus padres tendrán que amar con mayor ahínco, así será la constitución de la paz.

La paz es un bien de todos y no permitiremos que se nos vuelva a arrebatar.

¡Año nuevo, vida nueva! Para todos: semillas de paz.


(*) Abogado Constitucionalista.

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