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Opinión

  • | 2017/01/14 21:32

    ¡Que huele a azufre!

    El viernes 20 de enero, hace ocho años, el mundo había vivido un sueño. Miles de personas habían viajado de todas partes, para ser testigos del hecho jamás imaginado: la posesión del primer presidente negro en los Estados Unidos.

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El viernes 20 enero hace ocho años, el mundo había vivido un sueño. Miles de personas habían viajado de todas partes, para ser testigos del hecho jamás imaginado: la posesión del primer presidente negro en los Estados Unidos. El discurso fue brillante. El anuncio de dejar para siempre ese mundo de vejámenes que simbolizaba Guantánamo, la esperanza de que ahora sí se emprendería el camino para combatir entre todos el calentamiento global, o la tranquilidad que traía el entrever que el mundo entraba en una etapa de nuevos equilibrios, parecía marcar una nueva buena época para todos. Obama personificaba esos sueños. Una especie de optimismo parecía colmar todos los lugares de la tierra.

Ocho años después, el mundo se siente ante una pesadilla. Mientras unos ya anticipan que quieren escabullirse, otros dicen que simplemente harán oídos sordos a la que anuncian como la mayor de las desgracias: la posesión del magnate Donald Trump como el 45 presidente de los Estados Unidos. Todos presagian el inicio con un discurso excluyente, lleno de odios, desafiante. Se espera que allí se exprese, en toda su dimensión, esa nueva visión que no considera inapropiado el uso de torturas, cuando se trata de ganar la guerra a los enemigos; que no encuentra suficientes argumentos de realidad que demuestren la existencia del calentamiento global; o que hay que poner fin a la lacra de los migrantes.

En medio de la incertidumbre, ya nadie se pregunta, ¿Cómo es que después de un gobierno tan exitoso y políticamente correcto como el de Obama, los demócratas pierden la presidencia? ¿Y, más precisamente, cómo es que la derrota es precisamente a manos de un personaje como Trump?.... Lo cierto es que estamos ad portas de un nuevo orden. Y no es una amenaza. Ya es una realidad.

Los análisis que anticipaban una cierta tranquilidad con el triunfo de Trump, quedaron sin piso. El argumento de que la presidencia de los Estados Unidos estaba sometida a tales pesos y contrapesos que al magnate le resultaría prácticamente imposible hacer lo que prometió, fueron destrozados por el proceder de Trump. Nadie pudo prever que desde el día de su victoria, rompiera en 1.000 pedazos la pesada maquinaria política de Washington. La decisión de atender los asuntos del gobierno desde su oficina de la Trump Tower en Nueva York, fue el primer paso trascendente. No sólo le permitió cumplir el anuncio de que “un día la Trump Tower sería el más importante centro de poder mundial”. También logró su propósito de dejar sin oficio a los burócratas de la Casa Blanca bien experimentados en la tarea de mantener controlados todos los pasos del cambio de guardia en la oficina Oval.

Así como Trump ganó al margen del sistema político estadounidense, de los grupos de presión social y empresarial y de los 229 diarios (entre ellos los más influyentes a escala nacional y con el apoyo de solo nueve periódicos locales y regionales), también sabe que podrá gobernar al margen de Washington. El nombramiento en cargos claves de gobierno, de poderosos empresarios ajenos al establishment político, cuyas decisiones se van a mover entre la Trump Tower y la Casa Blanca, va a darle al nuevo mandatario una ventaja mayúscula en su tarea de debilitar el “corrupto sistema de los políticos de Washington” que ha prometido derribar.

Trump va a contar con el apoyo del partido Republicano, cuya agenda política ver www.gop.com cada vez más se acerca al nuevo mandatario. Saben que la reacción política que provocó la amenaza de imponer a Ford un fuerte arancel si mantenía su proyecto de invertir 1.600 millones de dólares en México, fue un buen campanazo. No sólo por la rápida decisión empresarial de suspender el proyecto, sino por el apoyo social que la amenaza le proporcionó al capital político que Trump ha logrado acumular.

Ahora desafía a China con la doble carta de reconocer a Taiwan y de amenazar que le bloqueará el acceso a las islas artificiales que construyen en las aguas en disputas en el mar del sur; confirma su disposición a levantar el muro en la frontera que México deberá pagar; o se muestra partidario de levantar las sanciones a Rusia, si el Kremlin colabora en la lucha contra el terrorismo y en otros objetivos estratégicos para los Estados Unidos. Unas cartas tan fuertes que ningún hábil político de Washington se jugaría, al menos en la coyuntura de transición presidencial.

Pero Trump ha logrado neutralizar de tal manera los pesos y contrapesos del sistema presidencial estadounidense, que en todas las latitudes estén comenzando a extrañar a Chávez cuando decía, ¡Que huele a azufre! ¡que aquí estuvo el diabloooo!

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