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Opinión

  • | 2015/12/26 11:04

    Tres cosas que aprendí este año

    Miss Universo, la FIFA y las encuestas: fuentes inagotables de sabiduría.

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Las frases del presidente Barack Obama en septiembre de 2014 no podían ser más claras: “Estados Unidos no olvida. Nuestro alcance es largo. Seremos pacientes. Se hará justicia”. En diciembre remató: “Los encontraremos. No tendrán un refugio seguro”. Las palabras del mandatario estadounidense pasaron desapercibidas en Zurich, sede de la poderosa Federación Internacional de Fútbol Asociado.

Allí los septuagenarios y octogenarios dirigentes hacían y deshacían, considerados por años intocables. Presidían un supra-Estado. Una y otra vez habían demostrado su poder absoluto. Cuando un gobierno buscaba limitar su alcance - interviniendo las ligas profesionales, por ejemplo- desde Suiza llegaba la advertencia: ojo, si siguen así, su selección nacional queda excluida de eventos FIFA. Era una amenaza con dientes. Nadie quiere ser un país paria en fútbol; es peor que ser blanco de sanciones económicas del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas.

La voz de Joseph Blatter y sus colegas- como los dioses en el Olimpo- era, en la práctica, inapelable. El 27 de mayo todo cambió. Ese día se les apareció Zeus, en la figura de la fiscal general de Estados Unidos, Loretta Lynch y mostró quién manda a quién. Desde entonces directivas históricos como  el paraguayo Nicolás Leoz, ex presidente de la CONMEBOL de 86 años; el brasileño José María Marin, ex presidente de la federación de Fútbol de Brasil de 83 años, y el costarricense Eugenio Figueredo, vicepresidente de la FIFA de 83 años, han sido extraditados o esperan a extradición a  Estados Unidos para presentarse a la justicia de ese país. Y el mismísimo zar de zares- Joseph Blatter, de 79 años- si bien no ha sido aún acusado judicialmente, se quedó sin trono. Era impensable este desenlace. Lo que lleva a mi primera lección de 2015: tarde o temprano, la justicia gringa siempre llega.

Como todo politólogo, soy un devorador de encuestas. Las espero con anticipación y acostumbro darles una gran dosis de credibilidad. Sé que no son perfectas, que el margen de error puede ser de 3 ó 5 por ciento, pero en términos generales sirven para marcar tendencias, particularmente en las elecciones en el exterior. En marzo de 2015, los encuestadores preveían la victoria del Campo Sionista en Israel y el establecimiento de un gobierno de centro-izquierda. En mayo, en el Reino Unido se daba por descontada la debacle de los conservadores y la única pregunta era si el laborista Ed Milliband, tendría el temperamento para ser primer ministro. En diciembre, los sondeos mostraban la caída libre de la izquierda de Podemos en España y el ascenso en su lugar de la más moderada Ciudadanos. Ninguno de los vaticinios anteriores se cumplió. Benjamín Netanyahu y  David Cameron siguen tranquilos al frente de los gobiernos de sus países y Pablo Iglesias, es la estrella del momento de la política española.

Hay muchas hipótesis sobre el porqué de la hecatombe de los encuestas: que los votantes cambiaron de opinión en el último momento (Reino Unido), que una táctica de campaña negativa motivó una mayor participación (Israel), que las encuestas telefónicas son menos confiables debido al auge de los celulares, etc. Independiente de las explicaciones - ¿justificaciones?- la realidad es que mi fe en la fiabilidad de encuestadores se derrumbó este año. La segunda enseñanza de 2015: Álvaro Gómez tenía la razón cuando decía que “las encuestas son como las morcillas. Son muy ricas pero es mejor no saber cómo las hacen”.

El domingo pasado tuve, tal vez, mi mayor epifanía y tercera lección de vida: que no tengo los atributos para concursar en Miss Universo. Ocurrió, aproximadamente, a las 9:30 pm cuando a las cinco finalistas les hicieron las preguntas de rigor, encaminadas a demostrar si tenían el conocimiento requerido para ejercer como reinas soberanas del Universo. La primera al tablero fue Miss Filipinas, a quién le pidieron exponer en 30 segundos los pros y contras de la permanencia de la base militar de Estados Unidos en su país. Es uno de los asuntos más fundamentales de la historia filipina, de la cual han escrito volúmenes.  A Miss Francia le exigieron resolver en el mismo espacio de tiempo, el interrogante del siglo XXI: ¿qué hacer frente al terrorismo? El dilema para la estadounidense era igual de sencillo: explicar la obsesión de sus ciudadanos por las armas y plantear soluciones a la violencia. A la australiana y a la colombiana, los temas del cual esperaban ilustración los cinco jurados concernían las ventajas y desventajas de la legalización de la marihuana y cómo tratar el abuso de las drogas en todo el mundo. Todo en 30.000 milisegundos. En ese tiempo ni Henry Kissinger es capaz de responder algo coherente.

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Gracias por leer y compartir esta columna este año. Regreso en enero 2016.
 
*Twitter: @Fonzi65
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