01 diciembre 2012

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Ordóñez presidente

Por Daniel Samper OspinaVer más artículos de este autor

OPINIÓNCon Ordóñez de presidente, el tercer canal sería para Teleamiga, que transmitiría 'Ordóñese de la misa'.

Ordóñez presidente.

Según un recorte de prensa, hace unos meses el procurador Alejandro Ordóñez asistió a un retiro ignaciano para pedir por su reelección. Durante los retiros ignacianos nadie puede hablar, lo cual significa que Martha Lucía Ramírez tiene prohibida la entrada y que de noche solo pueden jugar mímica. Y
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a mí me habría encantado ir a ese retiro para ver al procurador Ordóñez organizando una nueva pantomima, como la que armó el martes pasado cuando el senado lo reeligió. Qué espectáculo, Dios mío: todos se vendieron al mejor 'pastor'. Incluyendo, claro, al muy liberal Partido Liberal, asunto que era previsible: un colectivo presidido por Simón Gaviria, que no sabe leer, tiene todo el derecho de apoyar a un fanático que quema libros.

Como sea, celebré la noticia porque siempre he creído que el doctor Ordóñez es un instrumento de Dios. Concretamente una maraca. De ahí que sea redondo y ahuecado, y tenga la cabeza llena de semillas secas. Pero lo aprecio porque gracias a él recuperé la fe: antes de conocerlo, yo sentía el llamado de Dios pero cuando contestaba ya habían colgado. Ahora, en cambio, observo el lado místico de las noticias, y por eso el martes no veía en Ordóñez a un burdo politiquero criollo experto en la repartija burocrática, sino a un bondadoso sacerdote que repartía puestos como hostias, y que se hacía elegir en una terna que, a diferencia de la Santísima Trinidad, era de dos. No tiene nada de malo. Hay ternas de dos. Los huevitos de Uribe son un ejemplo.

Confieso que cuando ese Quijote conservador, ese hombre de la mancha que es Cielito Lindo Salazar puso a sonar a Ordóñez como presidenciable, la idea me pareció descabellada: que aspire a la Alcaldía de Villa de Leyva, pensé que solo los fósiles votarían por él.

Pero ahora creo que es el hombre indicado para liderar este país de nazis en el que Pachito pide que electrocuten estudiantes; Uribe, que desacaten los fallos; y Marco Fidel Ramírez y Roberto Gerlein critican con morboso detalle lo que hacen dos varones en un catre.

Cada vez que voy a la sede del Partido Conservador guardo un inmenso cariño por sus líderes; guardo un profundo respeto por sus senadores, y guardo la billetera y otros objetos de valor porque me los conozco y no quiero problemas. Pero esta vez iré para convencer a Ordóñez de que se lance a la Presidencia. El país se resquebraja: los gays se besan frente al Congreso; una negra gobierna Quibdó; las mujeres quieren decidir si abortan. Necesitamos que este bumangués arrecho se tome el poder y convoque una consulta popular con su vieja idea de que ese mismo pueblo que eligió a Jhoan en Protagonistas de Nuestra Tele sea quien diga a una mujer violada lo que debe hacer con su útero.

Antes, cuando carecía de moral, yo era de los que aprobaba el aborto, en especial si el embrión venía con suficientes problemas como para terminar de dirigente conservador. Pero posteriormente comprendí que a las mujeres embarazadas se les infla la barriga, les salen barros y retrasan el periodo: es decir, que se convierten en algo muy parecido a lo que fue Fabio Valencia Cossio durante el gobierno de Uribe. Y entonces sentí nostalgia por un gobierno de ultraderecha y por eso sueño con que el procurador se tome el poder.

Con Ordóñez de presidente, el tercer canal sería para Teleamiga, que transmitiría Ordóñese de la misa; el divorcio sería ilegal; la comunidad LGTBI sería la nueva Bacrim. El Partido Verde lanzaría a Gilma Giménez a la Alcaldía de Bogotá en coalición con el Opus Dei, y Luchito, sobrio, cantaría villancicos sosteniéndole el megáfono a Monseñor Castrillón. Roy Barreras encontraría a Dios, se inscribiría en un grupo mariano y sostendría en Hora 20 que siempre ha sido Ordoñista. Las alocuciones presidenciales serían en latín. Se crearía el Departamento Nacional de Hogueras. Fernando Londoño dirigiría el programa Tradición, familias en acción y propiedad. César Mauricio Velásquez, director del Inpec, pondría cilicios electrónicos a los presos. El gobierno entregaría 1 millón de cavernas de interés social. José Galat y sus sobrinos manejarían los créditos del Icetex. Enrique Gómez dirigiría el nuevo DAS y sometería a polígrafo a las mujeres que dicen que fueron violadas. Rito Alejo del Río sería director del Incoder y lo fusionaría con el resucitado F-2. El tubito con la sangre del papa sería vicepresidente (y le daría un derrame). Pablo Victoria dirigiría la oficina de Derechos Humanos y operaría desde las caballerizas de Usaquén. Harold Bedoya se fugaría de la Monserrat, asumiría como ministro de Defensa e invadiría Nicaragua. Ernesto Yamhure reaparecería como ministro de Autodefensa. El registrador estaría frente al Esmad para dispersar futuras besatones gay. Roberto Gerlein sería ministro de Salud y agregaría el homosexualismo en el POS. Amada Rosa Pérez sería ministra de Educación, erradicaría los colegios laicos y censuraría la frase "en polvo te has de convertir" para evitar tentaciones en la juventud. Rafael Nieto sería ministro de Justicia. Monseñor Córdoba dirigiría el ICBF. Y no habría censura, pero varios periodistas serían confinados a un saludable retiro ignaciano de ocho años para que mediten en silencio.
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