Martes, 24 de enero de 2017

| 2007/02/10 00:00

Otra guerra más

El mundo va hacia una nueva catástrofe, otra vez, como ya es costumbre, en defensa de la democracia y de la lucha contra el terrorismo

Otra guerra más

Mientras en nuestro mundillo local vamos hacia un tercer baño de sangre, como lo anuncia desde Itagüí Salvatore Mancuso a propósito de las renacidas autodefensas y de las nuevas pandillas llamadas 'Águilas Negras', el más ancho mundo dominado por George Bush va de cabeza hacia una tercera guerra en el Oriente Medio. En Colombia no nos enteramos, porque los horrores y las farsas locales nos ciegan. En cambio la prensa internacional se inquieta, e incluso ha habido ya quien le ha puesto fecha al comienzo de la nueva guerra, o sea, a los ataques norteamericanos (o israelíes, o los dos) en territorio de Irán: la última semana de febrero. Ya mismo.

Parece una insensatez. Teniendo sus fuerzas y las de sus aliados todavía empantanadas en las dos guerras ya perdidas de Afganistán y de Irak, cualquier persona realista diría que lo último que los Estados Unidos necesitan es abrir un nuevo frente bélico en Irán. En un Irán cuya Revolución Islámica -esa que inventó el Gran Ayatola Jomeini contra los Estados Unidos- se ha visto políticamente reforzada por la práctica disolución de Irak, y económicamente beneficiada por el aumento de los precios del petróleo provocado en buena parte por esa misma fallida aventura iraquí. Y esa es la conclusión del Informe Baker encargado por el presidente Bush a unas cuantas personas realistas, tanto republicanas como demócratas. Lo que pasa es que el propio Bush y sus más cercanos consejeros no son personas realistas. Son iluminados, que se consideran señalados por Dios para salvar el mundo, aunque sea destruyéndolo. Ya el vicepresidente Dick Cheney ha explicado que "Irán representa una amenaza creciente" ("una amenaza multidimensional que, de hecho, concierne a todo el mundo en la región"). Y ya hay portaaviones norteamericanos navegando en el estrecho de Ormas y en el Golfo Pérsico, frente a la costa iraní. La guerra nunca ha sido descartada por Bush. Pero ahora es inminente.

Y no basta con que se oponga a ella el Congreso, ahora controlado por mayorías del Partido Demócrata. Los demócratas han empezado por fin a desembarazarse de su miedo a ser tachados de antipatriotas si criticaban las iniciativas bélicas emprendidas por Bush con el pretexto de la lucha antiterrorista. Pero ni siquiera su oposición frontal a los propósitos del Presidente sería suficiente para impedir la guerra. En contra de lo que creyeron los padres de la Constitución norteamericana, las guerras pueden hacerse sin contar con el Congreso. Hace ya más de treinta años el presidente Richard Nixon y su secretario Henry Kissinger emprendieron a sus espaldas la guerra secreta de Camboya para salvar la que se estaba perdiendo en el vecino Vietnam, con el resultado de que se perdieron ambas. Pocos años después el presidente Ronald Reagan mostró en Nicaragua que no sólo era posible hacer la guerra a escondidas del Congreso sino incluso en contra suya. Y no pasa nada. Esta de Irán que está a punto de comenzar se puede adelantar si necesidad de declararla (cosa que los gobiernos norteamericanos no han hecho por lo menos desde que terminó la de Corea), y sin necesidad siquiera de anunciarla. Se puede hacer mediante simples 'directivas presidenciales' de Seguridad Nacional, o, más fácilmente todavía, mediante directivas secretas del Pentágono que no necesitan la firma presidencial.

Así acaba de hacer Bush para intervenir en la guerra de Somalia, en el Cuerno de África. Y no protestó nadie.

De modo que el mundo va hacia una nueva catástrofe, otra vez, como ya es costumbre, en nombre de la defensa de la democracia y de la lucha contra el terrorismo. Desde hace ya mucho tiempo es un lugar común citar el vaticinio de George Orwell en su fábula 1984 sobre la "nueva lengua" de la política en la cual "guerra" significa "paz". Esa nueva lengua es la que hoy se habla en todos los rincones del mundo.

También en nuestro mundillo local. Si no me creen, pregúntenselo a nuestro presidente el Uribísimo.

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