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Opinión

  • | 2012/01/14 00:00

    Otra vez la farsa

    Farsa, la de persistir en fingir que se ignora que el motor de la violencia en colombia es la rentabilidad desaforada del negocio de las drogas prohibidas.

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Una ‘banda criminal’ (una ‘bacrim’, como las llaman desde hace tres o cuatro años), la de los ‘Urabeños’, decretó un ‘paro armado’ en seis departamentos de la Costa Caribe con motivo de la muerte de su jefe, ‘Giovanny’: “en retaliación a lo sucedido”, explicaba su panfleto de advertencia. El presidente Santos salió a romper ante las cámaras de la televisión el panfleto intimidante, con desprecio. Pero el paro se cumplió en veinte o treinta pueblos y ciudades, de Turbo a Santa Marta, de Sincelejo a Medellín. Decían los ‘Urabeños’: “Queda suspendido todo en general, comercio, transporte, alcaldías y demás entes de control. No queremos a nadie andando y haciendo ninguna labor”. Y todo en general se paró. Pudo más el temor a los criminales que la confianza en la protección de las autoridades. No sin razón. Comentaba el alcalde de uno de los municipios afectados: “Uno no puede evitar el miedo de la gente, sobre todo por el pasado que han vivido”. Guerrilla, paramilitarismo, ahora ‘bacrim’. Y detrás, siempre, la droga.

Desde su Twitter, el expresidente Uribe criticó la impotencia del gobierno ante la amenaza diciendo: “Se necesita operaciones contundentes contra bandas criminales por ejm bombardeos, sin la excusa de que no son parte del conflicto”. Bombardeos: insensata propuesta. Como señaló el general Bonnet, antiguo comandante del Ejército y reciente gobernador del departamento del Magdalena, no es posible bombardear a “organizaciones móviles que viven en sus casas” en los pueblos. La sugerencia de Uribe recuerda la que hizo hace veinte años el alcalde de Nueva York, Ed Koch: un bombardeo de alfombra que redujera a cenizas la ciudad de Medellín para acabar así con el cartel del mismo nombre y matar a su jefe, Pablo Escobar, con lo cual se acabaría el narcotráfico.

Tanto Koch en sus tiempos como Uribe ahora parecen ignorar que el negocio del narcotráfico es eso: un negocio. No depende de la actividad de un hombre como Escobar o de un grupo como los ‘Urabeños’, sino de las condiciones del mercado: de la inmensa demanda universal que genera ganancias descomunales para la oferta, concentrada en unos pocos países tropicales productores de la droga (en este caso, de la cocaína). Ignorancia inexcusable en quien fue alcalde de Nueva York, que es la primera consumidora de drogas del mundo, y en quien fue presidente de Colombia, que es el primer país productor.

Ignorancia, o pura farsa. Farsa que, en el caso de Uribe (Koch está ya retirado, o tal vez muerto), sirve para ocultar el fracaso de otra farsa, que fue la de la desmovilización de los paramilitares: de 12 mil que eran se entregaron 36 mil (de los cuales solo la mitad entregaron las armas), y quedan 8 o 10 mil, que son los de las ‘bacrim’.

Las cuentas no dan. En cuanto a sus jefes, se reproducen como los patriarcas de la Biblia: Abraham engendró a Isaac, que engendró a Jacob, que engendró a José... etcétera. El actual jefe de los ‘Urabeños’, Darío Úsuga, es el hermano y sucesor del difunto ‘Giovanny’, quien a su vez heredó la organización y el control regional del negocio de ‘Don Mario’, quien la había heredado de ‘Don Berna’, quien la había heredado del ‘Patrón’ Pablo Escobar, el legendario jefe del cartel de Medellín con cuya muerte ni se acabó el cartel ni se acabó el negocio. Ni tampoco se acabó Medellín, ni su alcalde Álvaro Uribe, futuro gobernador de Antioquia, futuro presidente de Colombia, actual expresidente que propone desde su Twitter el bombardeo masivo de unos cuantos pueblos, en vista de que las muertes individuales o las extradiciones de los cabecillas no consiguen acabar con la violencia financiada por el narcotráfico.

Farsa, en fin, la de persistir en fingir que se ignora que el motor financiero de todas las formas de la violencia en Colombia es la rentabilidad desaforada del negocio de las drogas prohibidas. Mientras este subsista, es decir, mientras las drogas prohibidas sigan prohibidas, las formas de la violencia colombiana no harán otra cosa que sucederse las unas a las otras, cambiando de nombres o de jefes. Ya mencioné la lista de los cabecillas. Vale la pena mirar también la historia personal de cada uno. Así, el ‘Giovanny’ muerto por la policía en una finca de Urabá inició la carrera de las armas como guerrillero del grupo maoísta EPL (Ejército Popular de Liberación, que al desmovilizarse parcialmente, como se han desmovilizado todos los que lo han hecho conservó sus iniciales, pero cambió su nombre por el de ‘Esperanza, Paz y Libertad’). Desmovilizado el EPL, ‘Giovanny’ pasó a prestar servicios en las filas paramilitares de Daniel Rendón Herrera, alias ‘Don Mario’, y cuando este cayó preso se hizo cargo de la organización, heredando de paso su nombre, digamos, oficial: no el de ‘Los Urabeños’, que es el que le dan las autoridades, sino el de ‘Autodefensas Gaitanistas de Colombia’que se define así: “Somos un ejército que lucha por la reivindicación social y la dignidad de nuestro pueblo”.

Porque la farsa ha hecho metástasis.
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