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Opinión

  • | 2014/04/19 00:00

    Otras razones para querer a Gabo

    En estos días se ha dicho todo sobre el genio literario de Gabriel García Márquez, sobre el universo poético que nos legó y sobre la huella indeleble que deja en la cultura universal. Aquí van otras diez razones para querer a Gabo.

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Una, por salvar el cisne. Contaba don José Salgar que en El Espectador solía jalarle las orejas al joven García Márquez, cuya tentación literaria palpitaba en cada reportaje. ¡Hay que torcerle el cuello al cisne! le increpaba Salgar, para que adoptara la escritura neutra y precisa que enseñan los manuales de periodismo. Gabo nunca pudo torcerle el cuello al cisne y convirtió la crónica en su manera de contar, a saber con cuánta veracidad, las increíbles historias de este continente. Su instinto poético puso a salvo el periodismo narrativo.

Dos, por su fe en el periodista. Aunque estuvo en la gran prensa, El Espectador y El Heraldo, García Márquez les apostó a los medios alternativos y al periodista como columna vertebral del oficio. Fue cofundador de agencia Prensa Latina, cuyo enfoque era abiertamente de izquierda, y de la revista Alternativa, un medio que nadie nunca más ha podido replicar en Colombia. Su Fundación Nuevo Periodismo ha sido una escuela del periodismo independiente.

Tres, por su interés en la paz. Aunque no ha de faltar quien diga que Gabo no hizo lo suficiente por el país, porque hay gente que piensa que un escritor es una especie de McGiver que sirve para todo, García Márquez siempre estuvo atento a prestar sus buenos oficios en materia de paz. A finales de los 90 sirvió de mensajero entre Gobierno y guerrilla para un eventual diálogo en Cuba. En ese momento estaba arando en el desierto.

Cuatro, por ser latinoamericano. Gabo perteneció a una generación de escritores que dieron testimonio de una realidad llamada América Latina. A lo mejor una región imaginada, cuyo nombre aún sigue siendo subversivo. Una generación que le dio valor a la lengua española en el mundo; que nos dio un lugar más allá de las dictaduras, de la colonización y la violencia. Gabo nos reconcilió con la tradición, con la memoria y el pensamiento mágico de este continente.

Cinco, por su gregaria soledad. El hombre que le escribió, y al que tal vez lo obsesionó la soledad, siempre estuvo rodeado de amigos. Hoy lo lloran sus lectores como el genio de la literatura, pero quienes lo conocieron exaltan al ser humano que escribió para que lo amaran los suyos. Genio y bondad no siempre van de la mano. García Márquez fue uno de esos extraños casos donde ambos talentos coincidían.

Seis, por nunca haber sido panfletario. A pesar de su crítica del poder, de su denuncia sobre el abandono, de su profunda sensibilidad social, no existe crónica ni discurso ni novela de Gabriel García Márquez que se asimile al panfleto. Siempre tuvo una mirada crítica del mundo, humanista, sin sucumbir al lenguaje de la propaganda. Poético, siempre fue poético.

Siete, por fracasar con elegancia. Su relación con el cine fue la de un mal amor. El éxito le resultó esquivo y sin embargo, nunca fue estruendoso en sus desaciertos. Nunca desistió de conquistar este mal amor y nunca renegó de él. Lección de humildad y persistencia, por cierto.

Ocho, por sus adversarios. No se sabe si fue por celos, por rivalidad literaria o por diferencias políticas, pero Mario Vargas Llosa le dio un puñetazo a Gabriel García Márquez un día de 1976 y hasta ahí llegó la amistad de ambos. Fernando Vallejo, otro grande de la literatura, la emprendió contra García Márquez hace unos años, con su Cursillo de Orientación Ideológica para García Márquez en el que despotrica de la amistad del nobel con Fidel Castro y de su afinidad con los poderosos. Gabo supo elegir bien sus adversarios.

Nueve, porque nos salvó de ser una narcorrepública a secas. Mientras García Márquez recibía el Nobel de literatura en 1982, Belisario Betancur montaba el país en un sueño de paz que, paradójicamente, le abriría las compuertas a la guerra; y Pablo Escobar se preparaba para defender a punta de dinamita su imperio mafioso. Sin Gabo, el mundo sólo habría tenido noticias de sangre y cocaína sobre Colombia.

Diez, por su imperfección. A pesar de que se reconocen su genio y su talento inconmensurables, Gabo está lejos de ser perfecto. Escribió libros inmortales y otros que bien pueden olvidarse (Memorias de mis putas tristes, por ejemplo). Tuvo sus incoherencias (como defender al mismo tiempo al periodismo y al régimen de Castro) y, por qué no, demasiados silencios. Esa dimensión humana es la que lo hace tan entrañable.
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