Domingo, 4 de diciembre de 2016

| 2008/12/20 00:00

Otro chiste de Turbay

Alguna vez inicié una cruzada para que los servidores públicos continuaran ensañándose con el erario a cambio de que se abstuvieran de hacer literatura

Otro chiste de Turbay

Cuando supe que había salido un libro de poemas de doña Amparo Canal de Turbay no sabía si leerlo o esperar a que sacaran la película: con el peligroso auge del cine nacional, temí que lo llevaran a la pantalla grande.

No me lo leí en ese entonces, pero hace poco, en una revista de sociedad, me enteré de que doña Amparo había sacado otro libro, esta vez una recopilación de chistes.

--Este sí no me lo pierdo -le comenté a un amigo-: ¿se imagina la cantidad de chistes de Turbay que debe tener?

Compré entonces el libro de doña Amparo y me lo llevé a la casa empujado por la infantil y cochina vocación que tengo para divertirme con este tipo de cosas.

Debo confesar que, contra todo pronóstico, el libro me pareció buenísimo. Eran las páginas más graciosas que había leído en toda mi vida. Ha nacido una humorista, me dije. Al fin el mundo de la política produce algo entretenido de leer.

Después me enteré de que el libro que me había leído era el de poemas, Sentimientos y ternuras. Y que el de chistes no había salido al mercado.

Recordaba esa anécdota ahora que llegó a mis manos otro poemario de alguien de esa misma familia: el libro De la piel al corazón, de Claudia Turbay Quintero, hermana del Contralor, tía de la comisionada y ella también servidora pública, que es como le dicen a la gente que no sabe hacer otra cosa que vivir del Estado, como los Turbay.

Doña Claudia es embajadora de Colombia en Uruguay, y me imagino que fue nombrada en el servicio exterior por sus quilates de poeta: como sucedió en México con Octavio Paz o en Chile con Pablo Neruda

Porque no se puede negar que su poesía recuerda a Quevedo: a Humberto Quevedo, el gran estilista. Miren, si no, el poema En mi cumpleaños, que copio con la puntuación original: "Nunca pretendo perder el sentido de las proporciones!/ Por eso ni tanto ni tan poco!/ Tengo tantos deseos.../ Espero poder lograr/ Dios mío, necesito tu ayuda/ Te pido me ilumines". Y ahí, sin más, se acaba. O Dónde está la vida, cuyo arranque parece la descripción de una apoplejía: "era como si mi cuerpo/ se abriera a otro infinito/ todo esto era mi lado izquierdo". O Recuerdos, que acaba como si fuera una adivinanza: "Y si fuera tuya/ y tuviera tu vida/ y fuera gracias a ti/ qué sería?"

Sería embajadora, como queda demostrado. O comisionada, como su sobrina, la doctora Carolina Hoyos Turbay, que preside la Comisión Nacional de Televisión: ese invento burocrático y penoso cuyos integrantes despilfarran el presupuesto en unos viajes impresentables, y en cuyas narices pasa de todo: aterradoras improvisaciones en asuntos tan delicados como el del tercer canal; consultas a bancas de inversión que siembran todo tipo de dudas; vergonzosas transacciones hechas con tulas cargadas de dinero, para mencionar nada más los desmanes del último mes.

Pasa de todo en sus narices, digo, pero la doctora Carolina no hace nada: cuando mucho confesar en entrevistas como la que le hizo Gustavo Gómez que no tiene afanes en ser ministra, porque finalmente ella es de apellido Turbay y los Turbay saben hacer la fila.

Lo cual significa que para un Turbay un puesto público no es un cargo, sino un derecho, casi un destino al que llegará tarde o temprano; y que para ocuparlo no se necesitan méritos sino paciencia: basta con hacer la fila, y la dinámica burocrática del Estado, que manejan como si fuera propio, se encarga del resto.

Sin embargo, vale la pena hacer un reconocimiento: puede ser que la doctora Carolina haya demostrado una asombrosa ineptitud en sus labores como presidenta de la de por sí inepta Comisión Nacional de Televisión, y que haya dejado claro que concibe la política como un desvergonzado sistema de herencias familiares financiado con los impuestos de la gente. Pero no ha escrito poesía. Y, dados sus antecedentes familiares, ese gesto es digno de admirar.

A propósito de las columnas de superación personal que escribe Ramiro Valencia Cossio, alguna vez inicié una cruzada para que quienes se hacen llamar servidores públicos continuaran ensañándose contra el erario a cambio de que dejaran libre todo lo demás: a cambio de que, por ejemplo, se abstuvieran de hacer literatura.

Y en esa medida la doctora Carolina merece un elogio. Ojalá le llegue su ministerio pronto. Pero no el de Comunicación, sino el de Protección Social, que es el culpable de que la gente tenga que hacer unas filas eternas y humillantes para sacar una planilla. Finalmente ella es Turbay. Y sabe hacer la fila.
 

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