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Opinión

  • | 2010/11/06 00:00

    Otro Santos

    Los uribistas se oponen a la ley de tierras con el argumento de que amenaza la propiedad. De Lo que se trata es de lo contrario. No de expropiar, sino de devolver.

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Soy un escritor, y en consecuencia debería saber que las palabras no son muy de fiar. Pero la otra noche mantuve una discusión en torno a si al presidente Juan Manuel Santos es posible darle el calificativo de “liberal”; y nos enredamos mucho. Sin embargo, me parece que hay dos cosas claras: que en Colombia la palabra “liberal” pesa más de lo que significa; y que Santos es, a su pesar tal vez, un liberal en el sentido político del término (y no solo en el estrecho sentido colombiano de adscripción a un partido que se hace llamar así). Está mostrando, al menos por ahora, que es liberal en lo político hasta el punto de olvidar sus íntimas convicciones económicas, que son neoliberales: enemigas del intervencionismo del Estado. Pues las dos iniciativas centrales de su gobierno son resueltamente intervencionistas: la ley de tierras y la ley de víctimas. Y muestran de pasada que me equivocaba yo cuando lo definía en esta revista, durante su campaña electoral, como “conservador en lo social” y decía que “no tiene la sensibilidad suficiente para darse cuenta de que la raíz de la guerra secular de Colombia es la lucha por la tierra”.

Pues resulta que Juan Manuel Santos no es uribista, como temíamos unos, y como se ilusionaban otros (empezando por el propio Álvaro Uribe). No lo es aunque su oportunismo (que él llamaría pragmatismo) lo haya llevado al extremo de ser el fundador del partido del rebaño uribista, La U, con la inicial del Jefe grabada a fuego en el pecho. Tan liberal se está mostrando –tal vez, repito, a pesar de sus propias ideas, devoradas por su ambición primordial y arrolladora de pasar a la historia– que tengo la impresión de que, a escondidas, Santos ha estado leyendo los editoriales que escribía en El Tiempo su tío abuelo Eduardo Santos antes de ser presidente, cuando era un liberal republicano, antifascista y antiimperialista.

La mejor prueba del liberalismo social de este sorprendete Juan Manuel Santos, que ha esperado a llegar al poder para mostrarse a la luz del día, es la decepción de los uribistas con él, su desconcierto y su creciente rencor, y sus primeros amagos de pasar a la oposición. De esos uribistas que usan plural de manada –“nosotros”– como el ex ministro Fernando Londoño. Pues no se trata de un rencor provocado solamente por la insatisfecha gula burocrática, sino por una razón ideológica de fondo encarnada en las dos propuestas que mencioné más arriba: la devolución de las tierras robadas a los campesinos desplazados y la reparación debida a las víctimas de la violencia de los últimos 20 años.

Los uribistas se oponen a la ley de tierras con el retorcido argumento de que pone en peligro la seguridad jurídica de la propiedad. La verdad es que se trata justamente de lo contrario: de restaurarles a los legítimos dueños la seguridad jurídica que les fue arrebatada por la fuerza junto con sus tierras. No se trata de expropiar, sino de devolver. De revertir el expolio cometido por los paramilitares, parapolíticos y parajuristas que, en palabras de uno de ellos, iban “unos adelante matando, otros detrás comprando y otros más atrás legalizando”. En cuanto a la reparación a las víctimas de la violencia, el argumento de los opositores uribistas es más perverso todavía. Según ellos, no se puede permitir un trato igual para todas las víctimas pues eso equivaldría a igualar también a los victimarios. No es lo mismo, sostienen, haber sido víctima de la guerrilla o de las bandas paramilitares que haberlo sido de los agentes de la Fuerza Pública: en calidad de ‘falso positivo’, por ejemplo, asesinado en falso combate; o en calidad de detenido desaparecido a manos de agentes del Estado.

Son dos leyes necesarias para que el país empiece a recuperar la decencia. Quienes se oponen a ellas deberían sentir vergüenza. En cuanto al gobierno de Santos, si logra sacarlas adelante en el Congreso de mayorías uribistas y llevarlas luego a la realidad práctica, tareas que no serán fáciles, merecerá un nuevo aplauso.
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