Domingo, 11 de diciembre de 2016

| 2002/03/25 00:00

¿¡Pachitoooo!???

Pachito me parece, como a todo el mundo, un hombre bueno y entusiasta o, más exactamente, un niño bueno y entusiasta

¿¡Pachitoooo!???

En este frívolo país nuestro, secuestro de candidata mata declaración de guerra a muerte, y nombramiento de vicecandidato mata asesinato de arzobispo en la catedral. Dejemos, pues, a Ingrid en su cautiverio y olvidemos a monseñor Duarte en su tumba; y hablemos de Pachito Santos en su gloria preelectoral.

Sí, somos frívolos, lo sabemos. Pero ¿hasta ese punto? ¿Y resulta que también es frívolo el doctor Alvaro Uribe, que parecía tan serio con su mano en el pecho? Estamos acostumbrados a lo extravagante y lo grotesco (Regina Once en el Congreso, Mockus en la Alcaldía), y deberíamos estar encallecidos ya. Pero lo grotesco nunca deja de sorprendernos. ¿Pachito vicepresidente? Bueno, sí, hay que ver cómo han sido los que nos han tocado: tuvimos al sinuoso y pomposo De la Calle, al bilioso y vanidoso Lemos, al insípido, incoloro e inodoro Bell. Y ahora vamos a tener a Pachito Santos ¿Por qué vamos a extrañarnos? Con los presidentes nos ha pasado lo mismo. Barco fue peor que Belisario, y Gaviria peor que Barco, y Samper peor que Gaviria, y cuando ya creíamos haber tocado fondo vino Pastrana, que resultó todavía peor que Samper. Será frívolo este país, de acuerdo, pero no se puede decir que no sea coherente y consecuente. Y sin embargo insisto: esa coherencia no deja de sorprendernos.

Y sí: lo de Pachito es sorprendente. Es cierto que Alvaro Uribe, según los sondeos y las encuestas, estaba en una posición de tal fuerza que podía escoger como compañero de fórmula a quien le viniera en gana, sin necesidad de hacer cálculos laboriosos de equilibrista sobre costos y ganancias de votos y adhesiones: que si un costeño, que si una mujer. Hubiera podido nombrar vicepresidente a su corrosca aguadeña de Juan Valdez, como en el famoso caso clínico del señor que confundió a su mujer con un sombrero. Se llegó a hablar incluso de otro Santos, Juan Manuel, nuestro Churchill local. Pero… ¿Pachito?

El diminutivo, que usa hasta él mismo, no es peyorativo, sino cariñoso: no tengo nada contra él, ni en lo público ni en lo personal. Por el contrario: me parece, como a todo el mundo, un hombre bueno y entusiasta —o, más exactamente, un niño bueno y entusiasta—. Vi que en una entrevista se definía a sí mismo en su exilio como “un león enjaulado”, y la comparación me sobresaltó. ¿Un león? Un cachorrito ladrador, de esos que corren como locos por toda la sala derribando floreros y enredándose en el cable de las lámparas. Simpático, sin duda, juguetón, lleno de vida, hasta el punto quizás de volverse un poco fatigante. Pero… cómo decirlo: poco serio. Hasta para Colombia.

Y sin embargo su nombramiento como futuro vicepresidente de Uribe ha despertado una oleada de entusiasmo. No entre quienes lo conocen —el afligido Juan Manuel, el desconcertado Enrique—, sino entre quienes no lo conocen. Ese entusiasmo puede —otra vez— sorprender a quienes lo conocen, pero bien miradas las cosas resulta natural. Porque Pachito atesora muchas virtudes. Para empezar, no es un político profesional. Y, en lo positivo, es honrado, es valiente, es generoso, como lo mostró de sobra cuando después de su propio secuestro por Pablo Escobar se dedicó a organizar su fundación ‘País Libre’ para ocuparse de otros secuestrados, y como acaba de probarlo de nuevo al abandonar la seguridad de su exilio en España para volver a la vicepresidencia a ocuparse, según se anuncia, de algo tan ingrato y peligroso como es la defensa de los derechos humanos. Tal vez, en fin de cuentas, no se haya equivocado Uribe al tomar por compañero a alguien que, como Pachito, está identificado en la conciencia nacional con el problema terrible del secuestro. Al revés: ha puesto el dedo en la llaga que más duele en Colombia.

Eso, sin embargo, es puramente simbólico, pues en la realidad práctica un vicepresidente en Colombia no tiene ningún oficio. Conspirar, como De la Calle, o esperar, como Lemos, o pasear, como Bell. No tiene oficio, pero cumple una función esencial, así sea sólo en potencia: la de reemplazar al presidente titular en caso de que falte. Y Pachito vicepresidente, vaya y venga: da igual. Pero, si Uribe llega a faltar, ¿Pachito presidente?

No sólo a sus primos les va a dar un patatús.

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