Domingo, 11 de diciembre de 2016

| 2004/08/15 00:00

País de héroes muertos (Galán: 15 años)

Carlos Mendoza Latorre reflexiona sobre cómo los colombianos festejamos más el tener sueños que el haberlos cumplido.

País de héroes muertos (Galán: 15 años)

Se cumplen 15 años del magnicidio de Luis Carlós Galán y ya hay vallas que lo muestran mirando con vigor hacia el futuro. Es la misma foto de una campaña política que cambió de dueño y se quedó sin autor pero con sombra.

Sabemos que se celebra su vida, obra y pensamiento, pero lo que más se festeja es la frustración de país, lo que pudo haber sido y no fue. Son mil celebraciones pero el fondo es el mismo. Que somos un país de malas a cuyos sueños se les atraviesa el infortunio. Nuestros mejores hombres son los que estuvieron a punto de materializar sus mejores ideas pero los mataron. Galán y Gaitán son héroes precisamente porque están muertos.

Padecemos la patología de la frustración, esa tara cultural tan arraigada que rinde culto a la imposibilidad, a lo que deseamos ser pero no somos, a los sueños con fuerza en el aire y en el corazón pero sin peso en la tierra. Y a la excusa que los alimenta.

"Con Galán el país habría sido distinto", dicen los seguidores de su sombra. Yo creo que habría sido un presidente más si aplicamos la frase de Gaitán "el pueblo es superior a sus dirigentes". De ese modo ni un Gaitán ni un Galán habrían cambiado al país, y sus presidencias habrían sido un cuatrienio más, en el que sus dirigentes se esfuerzan por dejar algo para que los recuerden siempre.

No habría faltado algún escándalo propio de una presidencia, un contrato o una concesión dados a algún familiar de funcionario vinculado por grado de consaguinidad, o un despilfarro o un gasto innecesario. No habrían faltado ni críticos ni aduladores. El país sería igual y Galán, un ex presidente reclamando interlocución desde el club de los ex presidentes.

Pero matar a Galán y a Gaitán es lo mejor que les puede pasar a los soñadores y a los pesimistas del país; a los que ven en cada acto público una conspiración y un interés oculto, a los que confían en que su situación se les arregla por suerte y no por sus manos; a los que viven con la esperanza atada a los anhelos y no con la confianza puesta en el esfuerzo palpable de la realidad.

Galán y Gaitán son los mitos que nos merecemos, así como nuestras fiestas patrias. El 20 de Julio que conmemora el Día de la Independencia tiene la relevancia que merecería un 7 de Agosto. El 20 de Julio de 1810 se firmó una carta de intenciones con un primer Congreso, el deseo de ser autónomos. Después vino la guerra: el 7 de Agosto de 1819 se libró una batalla militar y se triunfó. Allí es cuando se consolida un acto, la intención se convierte en un hecho, ese día hay independencia, ¡antes no! Y entre esas fechas transcurren nueve años. Los sueños requieren tiempo para construirse. En Colombia siempre festejamos el tener sueños, más que el haberlos cumplido.

La revista SEMANA publicó que Antonio Nariño era el colombiano de todos los tiempos y tiene razón. Nariño fue el precursor, el eterno luchador, el quijote que se murió sin ver consolidado un país, el soñador que somos todos. Evidenciarlo debería servir no para imitarlo sino para superarlo. También vale la pena morir con la satisfacción de haber logrado lo anhelado. Nos merecemos tener algo de estima, no de carecer de ella.

Ese Moisés que se muere sin ver la tierra prometida no es muy seductor, es más bien conforme con el peor escenario al que se puede llegar, perder, y al estar eso presente desde el principio en cualquier proyecto, no representa ninguna motivación para hacer lo que se tenga que hacer, sino un premio de conformidad dado por adelantado que también es la excusa para no sentirnos tan mal.

Por eso somos el país en el que los artistas se mueren sin conocer fama y fortuna. Personajes como García Márquez, Botero o el doctor Llinás nos parecen tan extraños por lo extraordinarios que son. Por eso son 'personajes' y no 'personas'; no se parecen al común de la gente que se muere sin ver sus sueños realizados como Nariño, ni los matan antes de recibir un premio.



Es el mismo recurso del 'colombiano destacado en el exterior'. Asumimos que somos tan salados que por eso es raro que a alguien le vaya bien lejos de sus fronteras, "nadie es profeta en su tierra". Y el peso que esto genera en la memoria y la mentalidad colectivas es casi inextirpable.



No es la pauta de lo que podemos ser sino la evidencia de que la fortuna reparte sus virtudes a muy pocos, y nuestro error es no estar en la lista. La conformidad de nuestra cultura latina y religiosa nos dice que nuestro futuro no está en la tierra sino en lo que creemos es el cielo. Por eso el símbolo que representan todos ellos no es el éxito, sino la excepción al fracaso generalizado.



Somos el país del pan que se quema a la puerta del horno. El de Juan Pablo Montoya que pierde en la última vuelta. Y lo peor es que nos orgullecemos de nuestros errores o descuidos. Aquí nos creemos especiales por ser pobres y violentos y somos tan descarados, que en el ámbito internacional actuamos como mendigos para que nos donen recursos que acaben con nuestros males.

Tampoco nos interesa hacerlo porque de esa tara nos lucramos. Y merecemos que nos traten como mendigos porque decidimos serlo y así es como nos alimentan nuestros propios depredadores. Y lo seguiremos haciendo.

Es una mediocridad mental. Cuando nos va mal no es porque fallamos sino porque alguien se interpuso en el camino. Es la conformidad de asumir que otros nos arruinan o asesinan los sueños en lugar de aceptar que no hicimos las cosas bien. Nos apasiona el tema de la muerte como recurso ordinario, su carga alivia lo que pudo ser pero no fue. Es el aliciente de la infelicidad.

Por quererla tanto y adjudicarle a la providencia las decisiones de nuestras vidas y las del país es que no nos ponemos nada por obra. País de cenicientas que se vuelven solteronas sin encontrar al príncipe azul. País triste que vive de la esperanza; de soñadores que no quieren dejar de soñar; de llorones que siguen lamentándose lo que pudo haber sido el país si no hubieran matado a Gaitán y a Galán.

País de sombras y buenas intenciones cuya realidad es la infelicidad, y su ficción eterna hasta que decidamos lo contrario, ¡soñar siempre en algo que no podremos ni queremos alcanzar!

* Profesional en Gobierno y Relaciones Internacionales Universidad Externado de Colombia

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