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Opinión

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Pensaba escribir esta semana, como casi todas, un artículo en contra: hay tantas cosas en
contra de las cuales es necesario escribir en Colombia que uno no da abasto. Pero voy a escribir a favor.
Más aún: a favor de un ministro. Más todavía: a favor del discurso de un ministro. Es increíble, ya lo sé.
Pero también es increíble el discurso del ministro. Lo pronunció en Cali el de Minas y Energía, Luis Carlos
Valenzuela Delgado, en una graduación de estudiantes universitarios. Y estoy de acuerdo con él de cabo a
rabo.
Es decir: estoy de acuerdo inclusive con aquellas de sus partes con las que no estoy de acuerdo. Por
ejemplo, discrepo de sus afirmaciones climatológicas: "No puedo con el frío de Bogotá", dice, como si no se
percatara de que lo que pasa no es que en Bogotá haga mucho frío, sino que en Cali hace demasiado calor.
Pero aunque se equivoque en eso _caleño tenía que ser..._, lo dice sinceramente. Su discurso, de principio
a fin, es sincero. Y no es normal, y es digno de aplauso, que un ministro sea sincero.
Pero el Ministro no habló sólo del clima. Su tema central es la inexistencia en Colombia de élites dignas de
ese nombre y capaces de cumplir con su misión. "El problema de Colombia _dice_ no es un problema de
guerrilla; el problema de Colombia no es un problema económico. El problema de este país es que poco a
poco se quedó sin élites". Porque, añade, "hemos confundido elitismo con riqueza y son dos conceptos que
poco o nada tienen que ver. Lo que pasa es que aquí nos confundimos. (...) Terminamos confundiendo
elitismo con arribismo".
"Qué caro nos ha costado. Qué caro nos va a costar", se lamenta el doctor Valenzuela, como quien llora
sobre la leche derramada.
Porque, razona, "si hubiéramos tenido élites los gobiernos hubieran hecho aquello para lo que fueron
creados: gobernar para la gente. Por no haberlas tenido, gobernaron para quienes tenían el turno en el poder
y para sus amigos. En este país uno muchas veces siente que gobernar no es diseñar estructuras de largo
plazo, sino hacer pequeños o grandes favores a los amigos, a esos millones de amigos que a uno
sorpresivamente le llegan mientras que anda en estas cosas".
Como puede verse, no es que lo dicho por el doctor Valenzuela sea particularmente profundo, ni
particularmente novedoso. Ni siquiera está particularmente bien dicho: el discurso es confuso, reiterativo,
impreciso. Dice cosas sabidas por todos, y que muchos han dicho antes que él. Pero lo que resulta increíble y
admirable es que esta vez el que las dice no es un demagogo en búsqueda de votos, ni un estadígrafo, ni
un moralista, ni un subversivo: sino un ministro en ejercicio. Y no las dice en privado, como podían
decirlas, por ejemplo, aquellos dos ministros de Samper sorprendidos en su charla de cómplices del
'miti-miti'. Sino en un discurso público. En un acceso de franqueza que, si no fuera deliberado ("algo que
hace mucho tiempo quiero decir", advierte Valenzuela en sus frases preliminares), parecería causado por
el influjo de la escopolamina, esa droga que llaman "droga de la verdad".
Lo importante de las palabras del Ministro es eso: que son las de un ministro. Pues no es cierta la célebre
frase de Platón según la cual la verdad es siempre la verdad, "dígala Agamenón o su porquero". Si
Agamenón, 'rey de hombres', dice que está gobernando para sus amigos es porque sabe de qué habla; si su
porquero dice lo mismo es solamente porque se lo imagina. En boca de un Ministro, lo dicho por el Ministro
no es una simple opinión, sino una denuncia. Es una ruptura de la ley del silencio, que recuerda el caso de
los 'arrepentidos' italianos: esos mafiosos que de pronto se ponen a contarle a un juez todos los detalles de
su oficio.
Hace poco se pudo ver en el cine un caso parecido, en una película llamada Bullworth: un político decide
de repente empezar a decir la verdad sobre la política, con gran éxito de público y gran consternación de los
demás políticos. Pero las consecuencias no son tan positivas como pudiera esperarse. En la película, al
político lo matan. Y en la vida real Warren Beatty, que es el actor que interpreta al político, está a punto de
lanzarse a la política.
Por eso no hay que aspirar a que el ejemplo del Ministro de Minas cunda y desencadene un catártico
mea culpa colectivo entre las élites gobernantes de Colombia. Lo único que hay que esperar es que no lo
destituyan de su cargo. Y sobre todo que no se le ocurra, como a Warren Beatty, lanzar su candidatura a la
presidencia.
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