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Opinión

  • | 2008/01/19 00:00

    Palestina

    Víctor de Currea-Lugo analiza el significado de la seguidilla de reuniones realizadas en torno a Palestina. ¿Cuáles son sus reales alcances?, ¿Qué va a pasar?

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Por lo menos cinco reuniones sobre Palestina han sucedido en menos de un mes: Anápolis (Estados Unidos), Madrid, París y Jerusalén, las tres primeras, con actores y propósitos diferentes, coinciden en su incapacidad para tocar el debate real sobre la ocupación israelí en Palestina.

La reunión de Anápolis (29 de noviembre) constituyó una novedad por una sola cosa: durante los últimos siete años, palestinos e israelíes no se habían sentado a hablar de paz, el último intento fue en los tiempos en que Sharon y Arafat estaban activos. Ahora se reúnen sus reemplazos: un Olmert que beneficiado de la enfermedad de Sharon se encontró el poder, un Abu Mazen que quiere repetir las glorias de Oslo, donde fue negociador.

Pero ni Olmert puede borrar con esta reunión su fracaso como dirigente, ni Abu Mazen puede negar con reunión alguna su derrota electoral frente a Hamás. A los dos líderes cuestionados y en su peor momento se une un tercero en la misma posición: George Bush, que intenta ser Clinton sin lograrlo. La foto de Arafat, Clinton y Peres no se repetirá y menos con los tres líderes actuales. Anápolis pasó a la historia como un éxito del tipo de diplomacia de nuestros tiempos: se sugirió todo, no se dijo nada y se planteó una nueva cita. Como dicen por ahí, cuando uno quiere hacer algo lo hace, cuando no se quiere entonces se nombra un comité o se cita a otra reunión.

Madrid fue diferente (14 de diciembre), una reunión de la llamada sociedad civil palestina y del campo de las organizaciones pacifistas israelíes, con el beneplácito de organizaciones españolas y europeas. Pero la reunión fracasó, no por sus resultados sino porque no se hizo. A última hora palestinos de los territorios ocupados y ONG israelíes del campo pacifista cancelaron su presencia porque apareció una comisión sionista de 37 personas salidas de la chistera, sin que hubieran participado de un largo proceso de concertación de la agenda, los principios y la metodología del evento; todo un regalo del ministerio de Relaciones Exteriores español al gobierno israelí, con el apoyo de miembros de varias ONG. Según el Alternative Information Center, en la comisión sionista hacían presencia colonos de los asentamientos y hasta criminales de guerra.

El balance no puede ser peor: el movimiento de solidaridad con Palestina fragmentado, la dinámica de los foros sociales (por definición, independientes de los gobiernos) instrumentalizada por el gobierno español. Se repitió la constante manía de querer presentar el conflicto como si se tratara de dos partes iguales donde es obligado invitar al ‘lobby judío’ a que diga lo suyo, porque pareciese que los palestinos mienten o porque no son suficiente maduros para mostrar su lado del conflicto en solitario (o por las dos cosas al tiempo). Esa costumbre de querer invitar a un ocupante cuando habla el ocupado es una constante prácticamente en toda Europa.

Lo positivo de la crisis de Madrid es la caída de varias caretas, lo que permite a las organizaciones de la sociedad civil saber quién juega de qué lado. Algunas ONG se perdieron a sí mismas entre su ingenuidad frente a un gobierno que posa de ser de izquierda, y su tarea ahora es recuperarse y aprender (parafraseando al poeta) que los menos sionistas, dentro de los sionistas, también son sionistas. Si ni las reglas de juego ni los palestinos son respetados en un foro social por los gobiernos, ¿qué podemos esperar de la comunidad internacional cuando haya que discutir sobre los asentamientos o sobre Jerusalén?

La tercera reunión fue en París (17 de diciembre). Allí no había ni partes enfrentadas como en Anápolis, ni sociedad civil como en Madrid, sino donantes. Abu Mazen llegó, pidió y venció, pero venció solo en eso: en pedir. Los donantes fueron en extremo generosos dando incluso más de lo previsto. ¿Por generosidad? No, porque la comunidad internacional lo tiene claro: pagará lo que sea para mantener el conflicto tan calmado como sea posible antes de entrar en el debate de la agenda real. La regla es clara: a menor voluntad política, mayor implicación económica.

Pero alrededor del 70 por ciento del dinero recogido será para pagar el déficit acumulado de la Autoridad Palestina, lo sobrante sería para “avanzar en la construcción de un Estado palestino”, pero visto como están las cosas, no habrá Estado que surja sólo de las arcas internacionales.

Sin mercado interno de productos, donde los palestinos puedan vender, comprar y dar sentido a su producción, sin economía propia, sin moneda propia, sin capacidad de recolectar impuestos (los impuestos de los palestinos los recoge Israel y los libera según la coyuntura política), sin vías propias para importar o exportar productos, sin ningún desarrollo agrícola ni mucho menos industrial, es imposible hablar de Estado palestino a corto plazo.

La cuarta reunión fue en Jerusalén (27 de diciembre) fue el comienzo sin ‘lentejuelas’ del proceso concertado en Anápolis. La única reunión donde la agenda real del conflicto hizo su aparición: el debate sobre los nuevos asentamientos judíos, ilegales como todos, en territorio ocupado desde 1967, específicamente en Jerusalén Este. Allí Olmert fue claro: ni deja de construir asentamientos, ni renuncia a apoderarse de Jerusalén paso a paso.

La quinta fase de reuniones fue de nuevo en Jerusalén, en el marco de la visita de Bush (enero 8 al 10), tal visita fue claramente más un viaje-sondeo del clima en la región sobre Irán que la búsqueda de una solución para Palestina (recuerda cuando Blair prometía una pronta solución a Palestina días antes de empezar el ataque a Irak). Tanto Bush como Israel centraron sus intervenciones en la amenaza iraní. Los chistes de mal gusto de Bush sobre los checkpoints muestran que no hay la más mínima sensibilidad sobre el coste diario de la ocupación israelí, a pesar de que por primera vez haya mencionado una palabra tabú: “ocupación”.

Siete semanas después de Anápolis la situación es la misma, o peor, ahora empantanada con la decisión israelí de seguir adelante con la construcción de asentamientos, en medio de una campaña militar contra Gaza que ya deja más de un centenar de palestinos muertos, y con un plan que no logra ni siquiera poner de acuerdo a las partes sobre los grupos de trabajo. Del lado palestino no hay en esencia novedades: la actitud de Abu Mazen es la misma que mantuvo como negociador en Oslo: anteponer los intereses de Israel a los de su propio pueblo; de lado israelí lo mismo: que cuando acabe la violencia palestina entonces pensarán en hacer algo, sabiendo que la violencia depende fundamentalmente de una cosa: la ocupación israelí, que no aparece en la agenda; como decía una pancarta de una mujer en Ramallah: “es la ocupación, estúpido”.

De estas reuniones, donde hubo muchas palabras de paz sin acciones de paz que les acompañaran, las enseñanzas son muchas: a) no hay interlocutores serios para una paz justa y duradera en los liderazgos actuales, pero sí en la sociedad, b) la sociedad civil no cuenta en la agenda de las negociaciones, c) el dinero permite alargar el conflicto para resolver con ayudas lo que debería resolverse con política, d) la agenda real –refugiados, ocupación, asentamientos, Jerusalén y fronteras para el Estado palestino– no será aceptada por Israel, quien quiere negociar sólo cosas cosméticas. El rodeo reemplaza el diálogo directo, la sociedad civil es reemplazada por los gobiernos y la acción humanitaria reemplaza la agenda política.

El año 2008 no pinta mejor, empezó en medio de la ofensiva militar israelí en Gaza y la construcción de nuevos asentamientos, con lo cual este año podría terminar de cualquier manera. La paz podría estar de nuevo como tema en las reuniones de Jerusalén o París, pero no hay ninguna señal para pensar que la paz haga una estación en Gaza.
 
Investigador de Instituto de Estudios sobre Conflictos y Acción Humanitaria,
IECAH, en Madrid.
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