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Opinión

  • | 2005/08/26 00:00

    Palos de ciego

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La paz es un principio y un derecho fundamental tan anhelado, que son válidos casi todos los esfuerzos por lograrla. De allí la alta estima que los colombianos tenemos por el aporte de la Iglesia católica en pro de la paz, como acompañante, tutor moral o facilitador. Un actor que goza de credibilidad y confianza entre las partes en conflicto y de la opinión pública nacional.
 
Sin embargo, no toda búsqueda de contribuir a la paz está precedida de un sincero compromiso o termina sirviendo al interés general. En algunos casos, ni siquiera facilita las cosas. Eso debiera tenerlo claro la Iglesia.
 
La Iglesia ha insistido siempre, y en particular desde la creación de la Comisión de Conciliación Nacional en 1995, en la salida negociada al conflicto armado. Eso está bien. Pero el reto para sus voceros al respecto no es eternamente insistir en el punto, sino presentar alternativas de cómo, cuándo, en qué circunstancias y hacia qué escenarios. Y esas propuestas no las ha presentado.
 
El diálogo por el diálogo no es una buena estrategia, y menos una política. La negociación debe ir precedida ya sea de una real variación de la fuerza política o militar de los contendientes, de un cambio sustancial en las expectativas de las partes o de una auténtica presión política y social para que aquella fructifique.
 
A pesar de tres años de Seguridad Democrática, aún no hay claridad sobre lo anterior. Habría incluso que preguntarse si la Iglesia tiene claras las lecciones del Caguán o si identifica los pasos que también debe dar la subversión si de sincera voluntad de paz se trata. No todo se resuelve en una negociación. El cambio de expectativas previo a una mesa de negociación es también fundamental. Si la Iglesia no asume ese reto ni la crítica a las partes cuando corresponda, entonces sus llamados a la paz probablemente no tengan el efecto deseado.
 
La prolongación y el anacronismo del conflicto armado interno, el único existente en el continente después de una década y más de firmados los acuerdos de paz con la UNGR en Guatemala y el FMLN en El Salvador, debería ser razón suficiente para que la Iglesia asumiera una postura más vehemente y de mayor compromiso.
 
En varios de los casos ha habido un simple cambio en las adjetivaciones y se ha buscado generar un efecto en los medios de comunicación sin el debido fundamento y la suficiente maduración. Habida cuenta de que la negociación política se encuentra distante, entonces la Iglesia propone al gobierno un prediálogo, sobre lo cual sabe de antemano que el gobierno tiene disposición para ello. Fue el mismo gobierno quien propuso a la Iglesia en junio de 2004 que estudiara la posibilidad de servir de intermediaria para hacer un llamado público a las FARC a un cese de hostilidades.
 
En cuanto al acuerdo humanitario, y si, como se sabe, el gobierno no transige en una zona desmilitarizada o de distensión, entonces la Iglesia arguye que hay que construir una zona de confianza o sin operaciones militares ofensivas.
 
Me perdonarán, pero eso es un ejercicio menor de matices de lenguaje.
 
El drama de los secuestrados es terrible y por lo mismo hay que buscarle una solución pronta, eficaz y definitiva. Pero los eufemismos de poco o nada ayudan.
 
Se debería entender que la negociación política, además de ser un instrumento para la paz, es un mecanismo para ganar espacio político, al igual que el acuerdo humanitario. Insistir en la negociación por la negociación sin avizorar el momento, el modo y el lugar, ni las consecuencias que ello tiene, puede lesionar los intereses del gobierno y, por esa vía, los del país en su conjunto y favorecer los de un actor armado en particular. Hay más bien que preocuparse por remover los obstáculos de fondo que permitan de verdad avanzar hacia la paz y no esperar desde una cómoda posición de que tarde o temprano haya un cambio de frente.
 
Ahora bien, en su postura tampoco hay novedad, pues es difícil imaginar a la Iglesia pidiendo hacer la guerra y más si la factibilidad de una negociación política, aunque sea al final del camino, es alta. Así sucedió en Guatemala, donde, con una guerrilla prácticamente derrotada, las elites prefirieron negociar antes que prolongar el conflicto.
 
Así, es necesario y deseable una mayor relevancia y efectividad en su facilitación y buenos oficios. Pero ello también le demandará el esclarecimiento del marco político en el cual adelanta sus gestiones. Igualmente y de manera especial requiere el ejercicio de la crítica constructiva, lo mismo que una toma de sana distancia respecto de las partes en conflicto.
 
Resulta curioso que más se hubiera demorado el ELN en pedir perdón por el asesinato de los dos sacerdotes la semana pasada en Norte de Santander que los voceros de la institución eclesiástica en concedérselo. Perdón que al parecer no consultó los sentimientos de los familiares de las víctimas.
 
Frente a los reiterados y fracasados intentos de negociación con el ELN, la Iglesia ha perdido la oportunidad de cuestionar y exigirle responsabilidad a esta agrupación guerrillera. Fracasados esfuerzos que han estado antecedidos por laberínticas propuestas de paz y de sus dilatados y no menos inviables mecanismos de negociación. En esos casos, se ha limitado a bendecir las propuestas sin antes evaluar la real voluntad de paz de la agrupación subversiva.
 
Sobre el proceso de paz con los paramilitares, y después de acompañarlo o seguirlo sin encontrar objeción alguna, recientemente el Presidente de la Conferencia Episcopal afirmó a El Espectador respecto de la Ley de Justicia y Paz que "Evidentemente se puede decir que tiene muchas limitaciones. Tiene que ser así. Pero si uno la lee bien, tiene aspectos muy positivos en términos de consideración de las víctimas, aun cuando no todas están de acuerdo con eso."
 
Dicha postura resulta también cómoda y salomónica. Sobre un tema que generó tanta controversia y que resulta vital en el proceso de pacificación del país se esperaría que declaraciones como éstas tuvieran mayor elaboración.
 
En estas circunstancias, y ante un conflicto armado y una realidad tan abigarrados, los voceros de la Iglesia deberán hacer una mayor esfuerzo de exégesis y de definición política si no quieren dar palos de ciego y hacer ilusionismo.
 
*Maestro en gobierno y analista político. Correo: johnmariogonzalez@universia.net.co
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