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Opinión

  • | 2011/05/28 00:00

    Panamá por cárcel

    Quizás ahora la exdirectora del DAS empiece a percatarse del contraste entre la vida que lleva y la de quienes pelechan gracias a su silencio.

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Hace unos días, María del Pilar Hurtado compró un carro. Ahora puede distraer su soledad manejando por la cinta costera de la ciudad de Panamá. De Punta Paitilla al Marañón, ida y vuelta, transitando los nuevos límites de su existencia y tal vez pensando en lo que ya nunca será.

De la promisoria abogada que escaló importantes peldaños de la vida pública solo queda el recuerdo. Ahora es una fugitiva. Más allá de las fronteras panameñas, María del Pilar puede ser arrestada en cualquier parte. La orden de captura internacional estará en cada aeropuerto y puesto fronterizo del mundo.

El gobierno de Ricardo Martinelli ha dicho que no será extraditada. Sin embargo, ya hay voces internas que preguntan si una administración -con tantos temas por resolver- debe pagar el costo de mantener un asilo territorial por un asunto que nada tiene que ver con delitos políticos. No han encontrado un solo respaldo en la comunidad internacional a la decisión de asilo.

María del Pilar, pieza minúscula en un tablero de grandes intereses, podría perder su cuestionado amparo en un abrir y cerrar de ojos.

Quizás ahora la exdirectora del DAS empiece a percatarse del contraste entre la vida que lleva y la que se dan quienes pelechan gracias a su silencio.

La sonrisa de satisfacción de Bernardo Moreno en la conclusión de la audiencia que le dictó a ella orden de captura y lo dejó totalmente libre a él muestra cuánto valoran su suerte en ese círculo.

Otro de sus examigos, Edmundo del Castillo, goza de libertad y fortuna mientras crecen las evidencias de sus negocios con los Nule. Él y su hermano, heredero de sus jugosos contratos, pueden verse cuando quieran y regocijarse en la impunidad nacional.

En cambio María del Pilar está irremediablemente lejos de la gente que quiere. De su padre enfermo, de su mamá y de algunas amigas que le han quedado. No todos se acuerdan de haberla conocido. Pocos rememoran, por ejemplo, su paso por la administración de Enrique Peñalosa en Bogotá.

La última vez que la vi fue en septiembre del año pasado en mi oficina de Bogotá. Nuestra relación -que había sido buena a pesar de nuestras obvias diferencias- se había afectado porque ya algunos miembros del DAS habían confesado que mi familia y yo habíamos sido objeto de seguimientos ilegales del DAS, incluso durante el periodo en el que ella era la directora del organismo de inteligencia.

Antes de eso nos habíamos visto numerosas veces y en varios sitios: en el Club El Nogal, donde ella sobrevivió al salvaje atentado terrorista de las Farc que mató a 36 personas; en un restaurante de la carrera quinta donde a ella le gustaba desayunar, en fin.

En esas reuniones aprendí a conocerla, a entenderla un poco y a tenerle algo de afecto, sentimiento que sobrevive a pesar de todo.

Fue ella quien me contó, en esa última reunión de septiembre, que la idea de buscar asilo había sido de Álvaro Uribe en los estertores de su gobierno y que intentaron que España acogiera a Bernardo Moreno, para lo cual buscaron el apoyo del Partido Popular, del expresidente José María Aznar y de varios miembros de la derecha española.

Me dijo también que Uribe prometió llenarla de contratos para que se sostuviera. Que para ello había constituido con su abogado Jaime Cabrera la firma Cabrera & Hurtado Asociados, pero que su antiguo amigo Edmundo del Castillo había burlado la orden presidencial y por ello apenas había recibido dos contratos.

Esa reunión parece haber desencadenado reacciones: una extensa visita que le hizo el exministro Óscar Iván Zuluaga y un asilo que empezó dos meses después.

Muchas cosas han pasado desde entonces y, de verdad, me gustaría sentarme otra vez a conversar con María del Pilar como en los días del interesante año pasado.
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