Sábado, 21 de enero de 2017

| 1996/09/16 00:00

PAPEL RECICLADO

PAPEL RECICLADO

Están reciclando otra vez el famoso afiche de Luis Carlos Galán diseñado por Carlos Duque para unas elecciones. Se cumple otro aniversario de su muerte, y mandan imprimir un millón de afiches nuevos: el ojo de acero, la mirada clavada en el futuro, la mandíbula firme, el bigote enhiesto. Galán otra vez. Un millón de Galanes. No es el verdadero Galán, claro está, puesto que lleva siete años muerto. Pero es un símbolo. No se sabe muy bien de qué. Dicen lo decía él mismo que es el símbolo de "una manera nueva de hacer política", o, si no nueva, distinta. Sin manzanillismo, sin clientelismo, sin corrupción, sin violencia. Una manera que no corresponde exactamente a la impresión que da el afiche caudillista, de dale, rojo, dale", ni correspondía tampoco exactamente al Luis Carlos Galán de los últimos tiempos, de las últimas elecciones, que ya se había entregado a la blanda dulzura de los brazos de Turbay. Por realismo, dice ahora uno de los muchos precandidatos que quieren reciclar en su propio beneficio el célebre afiche. Por realismo tal vez, o por lo que fuera, el caso es que el propio Galán había empezado a reciclarse como el papel ecológico. Pero no lo bastante. Y probablemente por eso lo mataron. Seguimos los colombianos sin saber quién lo mató. Los comandantes de los servicios secretos de la época, el general Maza y el general Peláez, capturaron a un presunto asesino. O más bien lo inventaron tal vez también como un símbolo de "una nueva manera de hacer inteligencia", acusando de manera dolosa al químico Alberto Jubiz Hazbun y metiéndolo preso durante tres años, hasta que fue reconocida su evidente y más que probada inocencia. Excluido Hazbun, el crimen se quedó sin culpable. La afirmación oficial, convencional, sigue siendo que lo mandó matar Pablo Escobar, a pesar de que ese fue uno de los muy pocos asesinatos que el poderoso narcotraficante negó siempre: pero es muy cómodo echarle los muertos a otro muerto. El caso es que no sabemos quién asesino a Galán, como no hemos sabido nunca quiénes han sido los verdaderos culpables de los frecuentes magnicidios (o simples homicidios anónimos) que se cometen en Colombia. No sabemos ni quién mató hace menos de un año a Alvaro Gómez, ni quién mató hace 50 a Jorge Eliécer Gaitán, ni quién mató hace casi 100 a Rafael Uribe Uribe. Y por eso sus cuerpos insepultos (simbólicamente hablando) pueden seguir siendo reciclados indefinidamente de acuerdo con las cambiantes conveniencias de los vivos. Así, a Galán lo reclama ahora el presidente Ernesto Samper, y para reclamarlo monta un premio que lleva su nombre. Lo reclaman todos los precandidatos de este país de precandidatos. Lo reclaman su viuda y sus huérfanos, que ya usaron el cadáver una vez para entregarle a César Gaviria "sus banderas". ¿Qué banderas? Las banderas confusas de Galán, que sirven para cualquier cosa: Gaviria las usó para enterrarlo. El cadáver insepulto de Galán lo reclama el que quiere, y lo utiliza como quiere. Con los grandes muertos políticos no sucede en Colombia como con los millares de asesinados anónimos, a quienes nadie va a identificar a la puerta de la morgue y terminan enterrados en fosas comunes bajo la sigla NN. Por el contrario, para pedirlos hay cola y rebatiña, como si un muerto fuera una piñata. "¡Yo me pido a Galán!" "¡Galán es mío!" "¡Decía mi hermano Alvaro...!" "¡Uribe Uribe es para mí!" (Cuenta en la prensa uno de los precandidatos que ahora se piden a Galán que el propio Galán tenía colgado en su oficina un retrato del asesinado Uribe Uribe). Ahora el cadáver, o al menos el afiche de Galán, está colgado en todas las ventanas. Como un reproche a lo que pudo haber sido y no fue, de acuerdo con nuestro blando temperamento de bolero: nos conformamos siempre con lo que pudo haber sido, y el hecho de que no haya podido ser nos tranquiliza: nos permite un bolero. Lo que no pudo ser, en este caso, no es tanto la presidencia de Luis Carlos Galán, que probablemente tampoco hubiera sido tal como la prometía el afiche de Duque, sino esa "nueva manera de hacer política" que Galán, ya en brazos de Turbay, y del realismo, estaba abandonando cuando lo asesinaron. Muerto Galán, la manera de hacer política se hizo aún más corrupta que como era cuando él la denunciaba. Se tiende a pensar que en Colombia los asesinados, anónimos o famosos, pasan sin dejar rastro, y se olvidan. Pero no: dejan una huella más honda que la de los vivos, aunque se trata siempre de una huella negativa. Sus asesinatos son siempre victorias de sus asesinos. El de Uribe Uribe ayudó a prolongar durante 20 años el oscurantismo clerical de la Hegemonía conservadora; el de Gaitán sirvió para interrumpir la modernización emprendida por la República liberal. Con el de Luis Carlos Galán sucedió algo parecido: garantizó el mantenimiento, durante muchos años, de la vieja "manera de hacer política": con corrupción, con clientelismo, con sangre, y sin escrúpulos. Gracias a su muerte triunfaron los realistas: los que se burlaban de él llamándolo fundamentalista. Y son ellos mismos los que ahora están reciclando el papel del afiche.

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