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Opinión

  • | 2007/06/16 00:00

    ¿Para dónde va la guerrilla?

    David Zuluaga cuestiona la ideología de las Farc y dice que la intención de este grupo guerrillero es enriquecerse al máximo y satisfacer la insaciable sed de poder político y económico derivado del narcotráfico

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Cuando se dice que la guerrilla colombiana aún mantiene alguna ideología, me doy cuenta (a fuerza de descarte) de que la única idea que puede inspirar su acción demencial es clarísima: la ceguera voluntaria. ¿Será que en el ideario de las Farc hay algún punto sobre la negación del pasado, la incredulidad en el futuro y la indolencia frente al presente? Si acaso hay semejante cláusula, o si es de hecho un compromiso doctrinal la negación recurrente de la realidad, podría yo algún día reconocer la ‘ideología’ guerrillera. Pero si, por el contrario, esta visión del mundo se oculta solapadamente en los mismos términos decrépitos de siempre (“¡abajo el neoliberalismo!”, “¡abajo los gringos!”, “¡abajo todo!”, “¡arriba la desolación, la muerte, las masacres, la mentira, la perversidad!”), infame sería reconocerle a la guerrilla ideología alguna.

Es claro que para estas guerrillas el norte no es precisamente la consolidación de un ideal, pues no lo hay, y si lo hubiera, sería precisamente la ceguera voluntaria. ¿Cuál es, entonces, el fin de la inclemente acción guerrillera? No cabe duda: la postergación indefinida de un conflicto inocuo con el fin de enriquecerse al máximo mientras duren las excusillas políticas que algunos, inocentemente, digieren con excesiva facilidad. No buscan tomarse el poder como hace cinco años, pues saben que ya no es posible; quieren, por el contrario, satisfacer la insaciable sed de poder político y económico derivado del narcotráfico. Y para ganar tiempo, le apuestan a la más cruel de las excusas políticas: el “intercambio humanitario”.

Hablar de “intercambio humanitario” es una contradicción en los términos: no se puede intercambiar lo que es invaluable, como la vida humana. Es, además, una habilidosa maniobra de transferencia de la responsabilidad: ya se cree que la culpa del secuestro no es de quien secuestra, sino de quien quiere preservar la cordura del Estado sin ceder a las ilógicas solicitudes de los captores. Por eso terminan algunos diciendo que la responsabilidad del secuestro es del gobierno y no de los secuestradores. ¡Vaya traición a la lógica! Con la liberación de los presos retenidos por delitos políticos, que se dio en virtud de un indulto presidencial, se demuestra la voluntad de paz del gobierno: el asunto de los secuestrados está ahora en el terreno de la guerrilla. Pero, como era de esperarse, su reacción ante la liberación unilateral de los presos no deja muchas esperanzas: no sólo se los descalifica como si en nada contaran para las Farc (desertores, “población civil acusados de ser guerrilleros”, etc.), sino que se insiste en temas inconexos que son el sustrato de los mismos discursos de siempre: el neoliberalismo, el Estado colombiano arrodillado ante la Casa Blanca, el gobierno de Uribe que es terrorista e ilegal, y todas las arengas archisabidas de una guerrilla que hace muchos años quedó sin piso conceptual.

A todo lo anterior hay que sumar la más grande deslegitimación que han sufrido los grupos subversivos: el surgimiento del Polo Democrático. Sin duda, la existencia de un partido político organizado de izquierda, con vida jurídica y que juega dentro de las reglas de la democracia, es un avance histórico para la país. No sólo nos ofrece la posibilidad de enriquecer el debate nacional con voces hasta hace poco desconocidas, sino que demuestra que la colombiana es una democracia pluralista y abierta, carente, en la mayoría de los casos, de sesgos doctrinales a la hora de permitir la participación en el poder público. En el fondo, la existencia del Polo Democrático Alternativo corrobora que las tesis de izquierda sí se pueden plantear desde la legalidad, y que pueden ser evaluadas en el interior del Estado: su creación como partido político deslegitima la teoría de la “combinación de todas las formas de lucha”, que pretende justificar la acción armada en la imposibilidad de canalizar las “ideas revolucionarias” a través de las instituciones. Entonces, no sólo el fin de la acción guerrillera se ha desacreditado por los hechos que lo niegan en el diario actuar de la subversión, sino que los medios de que se vale carecen ahora de cualquier soporte teórico y moral. El Polo ha demostrado que las acciones de matar, secuestrar, extorsionar, y de delinquir en general, son por completo prescindibles para proponer las ideas reformistas que, supuestamente, son la bandera ideológica de la guerrilla.

El panorama es totalmente claro: la guerrilla no tiene meta ideológica alguna, su razón de ser no trasciende la “acumulación de capital” (como se dice en la jerga de izquierda), su excusa es la infamia del secuestro y su método dejó de ser defendible en lo absoluto. ¿Va esta guerrilla desvergonzada para alguna parte? Blanco es, gallina lo pone y frito se come.

(*) Integrante de la Fundación Revel.
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