Sábado, 21 de enero de 2017

| 2010/09/27 00:00

Para quitarle el agua al pez

El Estado debe desarrollar una estrategia que neutralice las claves de la guerra insurgente. De no ser así, los campesinos, y en especial los jóvenes, seguirán siendo cooptados por organizaciones irregulares.

César Augusto Castaño Rubiano

Tras la euforia despertada por la baja en combate del ‘Mono Jojoy’, un hombre proveniente del sector rural, quien se convirtió en motor de las peores acciones criminales cometidas por las Farc, vale la pena reflexionar sobre el futuro del campesinado, el mismo del cual emergió esta oscura figura. Este amplio sector de la población está expuesto, como ninguno, a la influencia de esa y otras organizaciones armadas al margen de la ley.

En los 60, la topografía colombiana brindó a las nacientes guerrillas las condiciones apropiadas para instalarse. Desde la campaña de infiltración del Partido Comunista Colombiano en las regiones agrarias del sur del Tolima y de Cundinamarca, el campesinado ha sido el centro de gravedad del conflicto y lo seguirá siendo si no se solucionan sus males, hasta después de conquistada la paz.

Para 1964, las condiciones de atraso del campo colombiano, el bajo desarrollo organizativo de las comunidades campesinas, la ausencia del Estado y la oscura influencia de personajes como Jacobo Arenas, un marxista dogmático fosilizado quien era miembro del comité central del PCC, fueron los factores que les permitieron a las guerrillas consolidarse. El discurso de los grupos irregulares pretendió representar la problemática agraria como acto fundacional, procurando sustituir la cultura campesina, por la del “campesinado en resistencia armada contra un Estado tiránico”.

Investigadores e historiadores, algunos con claros intereses políticos, han pasado por alto el primer y principal secuestro cometido por las guerrillas, el de la identidad campesina. La sistemática infiltración de las comunidades por parte del Partido Comunista, en ese momento liderado por Manuel Cepeda Vargas, Gilberto Vieira, Juan Viana, Manuel Romero, Julio Posada y otros, tenía como propósito ubicar los liderazgos naturales, lo cual les permitió abrirse paso por nuevos territorios y copar ideológicamente los voceros legítimos del campesinado.

En esta usurpación, los factores culturales y territoriales son determinantes. Basta saber que las guerrillas, hoy día, son en esencia campesinos armados, en su mayoría niños y jóvenes, dirigidos por una elite de izquierda ortodoxa, quienes están contra las instituciones democráticas, no por una vocación natural que les lleve a enfrentar al Estado, sino como consecuencia de esa actividad organizativa e ideológica desarrollada, por años, particularmente en el campo. En este contexto, el conflicto ha conocido varias generaciones de líderes agrarios cooptados por el PCC para las guerrillas y puestos al servicio de la lógica de la guerra insurgente: como agua para el pez.

El Partido Comunista ha jugado un papel fundamental en la lucha insurgente. Sus dirigentes comprendieron que, en esa guerra revolucionaria, a ellos les correspondía alimentar la llama ideológica que incitaba a hacer parte de los grupos armados, especialmente de las Farc, llevando al campesinado a considerarla como representante legítima de sus aspiraciones. En este punto, vale la pena recordar que gran parte de las recientes tragedias colombianas provienen de la decisión tomada por el PCC en el IX Congreso celebrado en 1961 de aprobar la tesis de la "combinación de todas las formas de lucha revolucionaria". Uno de los primeros ejemplos de tan macabra iniciativa tuvo lugar en 1965 con el secuestro y muerte a manos de las Farc del industrial vallecaucano Harold Eder, fundador del Ingenio Manuelita y benefactor de la obra social del Minuto de Dios.

Los grupos guerrilleros, en especial las Farc, al contar con la participación de los liderazgos campesinos, gracias al efectivo trabajo del PCC, aseguraron la reproducción del ideario insurgente, convirtiendo la actividad cotidiana de las comunidades en un acto de ‘resistencia-contingencia’ y así perfilaron la instauración de una cultura campesina guerrillera. Ello implica que la reproducción del conflicto esté asegurada mientras persista la cooptación del liderazgo campesino de base por parte de las guerrillas. Mientras las soluciones que se le presentan a las comunidades agrarias sigan olvidando el elemento organizativo como motor de toda política, la inversión del Estado, aun con buenas intenciones, alimentará el ciclo de reproducción de la violencia, y serán instrumentalizadas todas las acciones encaminadas a resolver el problema agrario.

Los tiempos han cambiado aceleradamente, ese campesino que describen y la imagen que sustentan las Farc, bien podría ser la del campesinado de 1964, el mismo que fue descrito por Marulanda en sus “Cuadernos de Campaña” o por Arenas en el “Diario de la resistencia de Marquetalia”, pero no los de nuestro tiempo. El campesino de hoy día tiene cerca las herramientas necesarias para romper el mito guerrillero, para incrementar su productividad y para insertarse como ciudadano en la vida democrática del país. Claro está, si hay una labor más eficaz por parte del Estado, algo en lo cual se ha comprometido el gobierno del Presidente Santos y que parece que va por buen camino.
 
Por ello, hoy, cuando las regiones se van consolidando institucionalmente, especialmente en aquellos lugares donde la presencia estatal ha sido históricamente precaria, se requiere de un nuevo liderazgo campesino, uno que rompa con los paradigmas organizativos implementados por las guerrillas. Éste es el verdadero desafío del Estado, un reto que, de no emprenderse, continuará ofreciendo un espacio a las Farc y una posibilidad de desarrollo a otras futuras formas de violencia.

*Historiador militar

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