Miércoles, 7 de diciembre de 2016

| 1988/10/10 00:00

PARABOLA SIN RETORNO

PARABOLA SIN RETORNO

Llueve como si el cielo fuera a desplomarse sobre la ciudad. El río, como un perro hambriento, acezante y con la lengua afuera, acaba de romper la Boca de la Caimanera, por donde está la ciénaga. La gente, en los barrios más pobres y abandonados de Montería, corre a buscar refugio. Salvan lo que pueden: sus niños enfermos, un colchón roto, una olla de peltre.
No tienen comida ni techo. En San Pelayo cinco madres han dado a luz en el albergue de una escuela. El radio dice que, mientras tanto, en Bogotá, siguen discutiendo si esta tragedia es una emergencia o un aguacero.

Es de noche y se va la luz. Las centellas revientan entre la oscuridad. El gobernador me invita a ir, mañana por la tarde, a San Bernardo del Viento. No es posible viajar por tierra porque la creciente se llevó la carretera. En el Platanal de los Sánchez hay gente durmiendo entre el agua. Se puede conseguir un helicóptero.

Paso la noche dando vueltas en la cama, no tanto por la tempestad, que es una borrasca enloquecida, sino pensando en el viaje a mi tierra. Hace seis años que no voy. La vida entera, como una película que se va transmitiendo en reversa, me pasa por la cabeza mientras acomodo la almohada.

Al amanecer, cuando ya el cielo está limpio y acabado de lavar, y las moscas vuelan sobre las aguas estancadas y la gente llorosa pide algo de comer, tomo una decisión dolorosa y sombría:no regresaré ahora a San Bernardo del Viento. En medio de la catástrofe provocada por las inundaciones, y en medio del olvido de los gobernantes, esta es, al contrario del poema de BarbaJacob, una parábola sin retorno.

Anoche, desvelado y mirando al techo, he reconstruido, sin saber por que, unas imágenes que me vienen a través del tiempo.
Cuando éramos jóvenes, y en mi pueblo no había alumbrado eléctrico, los muchachos matabamos el tiempo sentados en las esquinas, silbando en la penumbra, hasta que fuera la hora de acostarse. Los amigos, que no podían verse en la oscuridad, se buscaban de calle en calle, silbando consignas. La aldea se llenaba entonces de cánticos y melodías, como una enorme pajarera, y luego el silencio del sueño lo cubría todo.

Aquella manera de pasar el rato se desarrolló tanto que San Bernardo del Viento llegó a tener los mejores chifiadores que he conocido en el mundo. Genaro Narváez y Victorino Manjarrés eran capaces de silbar a dúo, sin saltarse un solo compás, y sin verse las caras, todos los corridos de la revolución mexicana.
Joaquín Suárez, flaco y solitario, entonaba entre las sombras unos pedazos de música gregoriana que había aprendido con el padre Bersal, alma bendita.

Entre tanto, sentado en un taburete a la puerta de su casa, el Niño González tocaba el violín de una manera desgarrada y angustiosa. Apenas se veían su mano, el arco y unas figuras chinescas a la luz temblorosa de una vela.

Andrés Morillo, el único carpintero del puebio, se caminaba las calles oscuras a grandes zanca das, porque era también el únice vecino que tenía una linterna de pilas. Era una lámpara larga y cabezona, de seis baterias, que cumplía adicionalmente funciones defensivas: todavía recuerdo la noche en que descalabró de un focazo a un perro atrevido que le mandó un tarascazo a la rodilla.

Y en ese mundo de sombras y de puertas cerradas, iluminado a veces por la fugacidad de un lucero perdido, se oía al loco Marcelo tocando la dulzaina en la casa de Rosalía. Mi madre, alumbrándose con una lámpara "Coleman" de gasolina y caperuza, tendía las camas y fumigaba con una bomba de flit para ahuyentar a los mosquitos.

Naturalmente, y hasta creo que sobra decirlo, había unos hermosos amorios de penumbras, y uno podía adivinar en los callejones a ciertas parejas de novios furtivos que se amaban recostados a las cercas de palos. Luis Corrales pasaba, eniesto como una varita tanteando con el bastón para no importunar a los amantes.

¿A qué vuelvo hoy, por Dios Santísimo? Joaquín Suárez se llevó a la tumba su sombrero de fieltro, el Niño Gonzalez abandonó el violín porque está condenado a la cama, al loco Marcelo se lo llevó la avalancha de la vida y ni siquiera he sabido qué fue de la suerte de Andrés Morillo y de su linterna. A lo mejor están ambos, ahora, acosados por la inundación, esperando que la misericordia nacional les envíe un mercado, mientras el gobierno discute si eso es una emergencia o un aguacero.

¿A qué vuelvo, vida de mierda, a qué vuelvo? Acaso a sentir los fantasmas que silban en las esquinas. Me niego a hacerlo. Aunque D'Artagnan siga creyendo que, con la flotilla acorazada de sus artículos en El Tiempo, él tiene derecho a violar el espacio aéreo de mis sentimientos. Vana ilusión la suya: mi corazón está hecho a prueba de torpedos. Y se niega, incluso, a caer en esta trampa de mala índole que me ha tendido la nostalgia... --

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