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Opinión

  • | 1999/09/20 00:00

    PARDO, PACHO Y LOS GENERALES

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Increíble. Una personalidad disparatada, desabrochada, vital y sin pelos en la lengua, como la
de Pacho Santos. Y una personalidad cautelosa, fría, calculadora y muy poco extrovertida como la del ex
ministro de Defensa Rafael Pardo, coincidieron sorpresivamente la semana pasada en mencionar a las
Fuerzas Militares en el marco del asesinato de Jaime Garzón. Mientras Pacho Santos habló directamente
de "un sector radical que todavía existe en las Fuerzas Armadas", Rafael Pardo les reclamó a los altos
mandos del Ejército por el hostigamiento del que según el propio Garzón, fue objeto por sus frecuentes
contactos con la subversión. El primero admitió posteriormente no tener pruebas suficientes para sustentar
su señalamiento. El segundo afirmó que no pretendía implicar a ningún militar en el crimen del humorista.
Entre la 'saltadera' de Pacho que todos queremos y la frialdad de Rafael que todos admiramos, al episodio
le surgieron dos agravantes: que Pacho Santos no es solamente un columnista, sino el jefe de redacción de
El Tiempo, y que Rafael Pardo no es solamente un ex ministro de Defensa, sino esposo de una actual
Ministra del gabinete.Por 'ser vos quien sois', las afirmaciones de uno y las insinuaciones del otro sonarían
tremendamente irresponsables, casi lanzadas al garete y por consiguiente innecesariamente dañinas, de no
ser porque el debate acerca de la existencia de sectores oscuros dentro de nuestras Fuerzas Militares ya
estaba abierto. Lo abrió la Fiscalía con la investigación del asesinato de Alvaro Gómez, por cuenta de la cual
está actualmente detenido el oficial de mayor rango de la inteligencia militar, que duró varios días
escondido, eludiendo su detención y protegiendo su identidad con una espesa barba. Hasta que ese caso no
sea fallado, la posibilidad de que en nuestro Ejército estén sucediendo cosas que nuestros generales ignoran
es una posibilidad que está peligrosamente abierta y que mínimo debe desvelarnos a los colombianos de
bien, que mantenemos un apoyo irrestricto a nuestros militares con la esperanza de que muy pronto
puedan despejar esa espesa nube negra que se ha instalado sobre sus cabezas.El problema se agrava, sin
embargo, cuando vemos hacia dónde se ha desviado esta polémica: del señalamiento del periodista y del ex
ministro contra algunos posibles delincuentes incrustados en nuestro Ejército, corremos el riesgo de pasar
a un enfrentamiento frontal entre la sociedad y las Fuerzas Armadas. Se está produciendo lo que podríamos
llamar una ruptura del establecimiento, en momentos en que la situación del país lo exige más unido y
sólido que nunca, por una razón muy clara: romper el establecimiento es lo que necesitan las Farc para ganar
la guerra sin disparar una sola bala.La sociedad y el Ejército nos necesitamos mutuamente. En lo que a
nosotros respecta, no debemos abandonar a nuestros generales y soldados por el hecho de que la
institución esté siendo sometida a una delicada controversia. Más que nunca requieren nuestro apoyo,
nuestra confianza y nuestras esperanzas. Pero igualmente, nuestro Ejército también debe estar dispuesto a
aceptar que en su interior pueden estar cometiéndose desviaciones que deben ser corregidas
inmediatamente, y que señalarlas no implica casar una pelea frontal con la institución completa sino
solamente con los responsables de ellas.Porque, si algún resultado seguro tiene la controversia de la semana
pasada es que las Farc deben estar muertas de la risa. Un establecimiento que se autodestruye
fragmentándose es la lotería de la subversión. Nada más apropiado para describir esta situación que una frase
pronunciada la semana pasada por el presidente César Gaviria, según la cual "le estamos enviando un
mensaje equivocado a la subversión cuando nos mostramos inseguros, débiles y sin claridad, cuando
somos simplemente defensivos o reactivos, o cuando nos declaramos impotentes o simplemente
perplejos". Pero así como la sociedad debe salir reflexiva de este incidente, nuestros generales también.
A los pocos minutos del asesinato de Alvaro Gomez, llovieron rayos y centellas ante las primeras
informaciones que hablaban de un vehículo de placas militares en las cercanías del sitio del crimen y ante las
revelaciones del valiente Juan Gómez Martínez, en ese momento ministro de Obras, sobre un sospechoso
intento de cambiar las placas del vehículo. Y al cabo de los meses ya hay detenciones que indican que lo
que sonaba imposible comienza a parecer trágicamente posible.Lo único claro es que, de llegar este
resultado a confirmarse, más que nunca lucharemos por tener un Ejército fuerte, responsable y rodeado del
apoyo de la ciudadanía. Mientras la guerra persista ese es el Ejército que necesitamos los civiles. Y me
atrevo a apostar que la presencia del general Tapias en la cúpula de las Fuerzas Armadas garantiza que ese
sea también el Ejército que están procurando nuestros generales.
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