Jueves, 8 de diciembre de 2016

| 2006/04/22 00:00

Paréntesis apolítico

¿No será mejor leer gran poesía que oír los discursos y las tonterías de los candidatos que harán la paz en dos semanas, o que ver televisión u oír la insoportable lambonería radial de los arrodillados?

Paréntesis apolítico

Muchas semanas cedo a la tentación de escribir sobre temas políticos (y todavía peor: electorales) con lo que cada vez quedo también con la sensación de haber estado trabajando sin botas y sin guantes en un pozo séptico, y de salir untado de la materia más sucia que pueda producir este país enfurecido. Hoy quería defenderme de los indecentes que quieren hacer aparecer como indecente a un hombre decente (y le atribuyen "la pensión más alta del país", cuando ni siquiera la está recibiendo, como antes lo llamaron "drogadicto" porque sacó de la cárcel a los marihuaneros), pero me parece que mejor no me unto de indecentes, y que le hago un mayor homenaje al hombre decente si esta semana que empieza la Feria del Libro, dedico este espacio a la lectura, a los poetas y a los libros.

Sufro de la pasión de tener libros. Esto quiere decir que no leo todos los que compro, y que aunque me sentara hoy a leer (sin hacer nada más) todos los libros que tengo, no me alcanzaría el resto de la vida que me quede por delante -aunque sean cinco años o 50- para leerlos. Los compro incluso repetidos. En estos días vi un ejemplar huérfano de mí (eso es lo que siento), de la primera edición de Aguirre de las Obras Completas de León de Greiff. Era la edición en plena piel, que salió en pocos ejemplares hace medio siglo, y el lomo estaba algo tostado por el sol de los trópicos. Pero ¿cómo dejarlo ahí, a la deriva, como si no fuera la joya bibliográfica que es? Estaba muy barato y algún día me servirá para regalárselo a un buen padre que lo quiera adoptar con el cariño que merece.

Estuve también en la casa de una viuda. A la hija la echaron del periódico y van a vivir juntas en un apartamento más pequeño. Los libros del padre, un gran bibliófilo, Óscar Vega, ya no les van a caber en la nueva casa. No saben las maravillas que encontré, cientos de maravillas, pero ante todo esta: una amplia colección (¡qué pesar: incompleta!) de una revista española extraordinaria que se imprimió en Barcelona durante el último año de la Guerra Civil, el 38. Hora de España, se llama, y lleva un colofón que dice "Al servicio de la causa popular". La República estaba ya perdida, pero qué dignidad y qué prosa las de los que allí escribían: Bergamín, María Zambrano, León Felipe, Ramón Gaya y, sobre todo, Antonio Machado. Cada número de la revista se abre con sus reflexiones de Juan de Mairena: y nunca escribe un panfleto, nunca alza la voz, nunca arenga a las masas. Escribe simplemente, por ejemplo: "Se ignora que el valor es virtud de los inermes, de los pacíficos -nunca de los matones-, y que a última hora las guerras las ganan siempre los hombres de paz, nunca los jaleadores de la guerra".

Cada vez que voy a Caracas (me invitan con cierta frecuencia, y no los chavistas, sino simples amigos), busco siempre en las librerías unas preciosas ediciones encuadernadas que llevan abajo las siguientes iniciales: J.F.R. Otro bibliófilo, sin duda, que se llama o se llamó (lo descubrí en un ex libris) José Fabbiani Ruiz. La última vez que estuve compré otra revista encuadernada: Los papeles de Son Armadans, dirigida por Camilo José Cela. Algunas revistas van numeradas una a una, e impresas sobre papel de hilo verjurado Guarro. Sólo tocarlas es una dicha. Pero más dicha aun toparse ahí con un gran poema de quien fuera nuestro cónsul en Frankfurt (¡qué consules aquellos, comparados con los de hoy!), Eduardo Cote Lamus:

"Hoy comienzo el día de ayer / con palabras y con deseos; / ya los zapatos tienen polvo / de mañana; sin excepción / los actos se me vuelven huellas. / Somos del hoy, mas lo que hacemos / pertenece al pasado, somos / la fuente que se queda; el agua / (quiero decir la vida) pasa".

¿No será mejor leer esta gran poesía que oír los discursos y las tonterías de candidatos que harán la paz en dos semanas, o que ver televisión u oír la insoportable lambonería radial de los arrodillados? Me siento rodeado de gente que sabe leer y escribir, pero que nunca lee y nunca escribe. Ese analfabetismo funcional produce un país así: pobre, triste, violento, en el que los borregos no votarán por el cónsul Cote Lamus, sino por el cónsul Noguera.

Pero no quiero olvidar que este es un artículo apolítico. Mejor, para terminar, les recomiendo un libro: Cartas a Aguirre, de Gonzalo Arango. Es un documento conmovedor sobre la vida de un poeta pobre, que cuenta cómo se va imaginando el Nadaísmo mientras en Cali lo azotan las fiebres de una blenorragia que le hace ver la cara de la muerte. Y el prólogo de Aguirre. Por favor léanlo. Mucho mejor que todos los discursos y todas las telenovelas. Lo editamos en Eafit, que es una empresa sin ánimo de lucro, y no me pagan más -ni menos- si vendo 100 libros o si vendo 600. No pude hacerlo en papel de hilo verjurado Guarro, como hubiera querido, pero si acaricio el lomo de la edición numerada (sólo 100 ejemplares, en tela), tengo una sensación agradable de supervivencia: algún bibliófilo, dentro de un siglo, volverá a acariciarlo con el mismo cariño con que lo hemos hecho.

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