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Opinión

  • | 2003/06/09 00:00

    Paréntesis

    Por unas semanas me voy a pasar a vivir a otro país, en otro mundo, en esa ciudad imaginaria que trato de construir, y volver con el libro terminado

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¥o ya creo entender por que Antonio Caballero, un gran periodista que escribió una extraordinaria primera novela, Sin Remedio, no ha vuelto a escribir literatura (salvo uno que otro cuento). El motivo es muy simple: una columna de opinión te chupa la sangre, te envenena la mente, te distrae en la rabia de lo cotidiano, te saca del ensueño de la creación

literaria y te hunde en el mundo inmediato, sucio y tormentoso de lo que está pasando: la política, las balas, las amenazas, los chantajes morales, la corrupción, los insultos? Sin tregua, sin misericordia, el periodismo te muele, la terca realidad da un golpe de estado en la cabeza y se toma de asalto todos los territorios de la fantasía.

Así lo dice otro Caballero, Eduardo, que padeció también el doble oficio de tener que escribir columnas para poder vivir mientras escribía lo que más le importaba: sus novelas. En un libro recientemente rescatado por Villegas, Hablamientos y pensadurías, dice lo que sigue: "Si el escritor se deja tentar por la actualidad, si se evade de su tiempo y su mundo imaginarios, está perdido. Muchas veces me ha pasado, en pleno trance de escribir una novela. Si la lectura a saltos del periódico me sacaba de quicio y me tiraba violentamente hacia fuera, hacia la realidad presente, ya no podía seguir escribiendo".

A continuación Caballero Calderón compara el oficio del novelista con el delirio del místico. Y cuenta cómo Santa Teresa era sacada del éxtasis de sus meditaciones, sustraída de su intimidad más importante por sus actividades terrenas de fundadora y ecónoma de una compañía. La angustia de la mística le recuerda lo que les ocurre a los escritores: "También estos sienten algo parecido cuando por razones de oficio tienen que exiliarse de su mundo imaginario para aflorar en el periódico y discurrir sobre asuntos del acontecer cuotidiano. En ambos casos se trata del desgarramiento que produce en el místico y en el escritor el salto brusco de un estado de introversión a otro de extraversión cuya consecuencia, deplorable tanto para el místico como para el escritor, es lo que Santa Teresa llamaba la sequedad espiritual y yo llamo la esterilidad literaria".

Escribí mi última novela, Basura, hace más de tres años. Desde entonces vengo luchando con un nuevo libro, otra novela, que se desarrolla en una ciudad imaginaria, Angosta. Para escribirla, a saltos, con interrupciones, con momentos de exaltación y períodos de desconsuelo, he tenido que pelear con las distracciones familiares (hijos que añoro, esposa a la que descuido, parientes cercanos a los que ni siquiera les dirijo la palabra), con la perpetua tentación de los viajes, y con las inevitables miserias de la vida. Por encima de estos obstáculos, que también son acicates y materia para el libro (pues la literatura se nutre de la experiencia y no sólo de la introspección o la lectura), ahora creo estar llegando a la recta final de esa ciudad inventada: Angosta. Me falta poco para poner el último punto.

Pero cada semana hay algo que me detiene, me rompe el ritmo, me saca de ese mundo para hundirme en este, me tira de la manga para meterme otra vez en la realidad y me interrumpe el cuidado artesanal que hay que tener con las palabras y la historia. Este escollo es el artículo, mi columna, el espacio semanal que tan generosamente me han invitado a ocupar en esta revista. La responsabilidad no es poca. SEMANA es la revista más leída de Colombia, y sus lectores, además de perspicaces y a veces muy cultos, también son exigentes, implacables. Como debe ser. No admiten un bajón en la calidad sin poner el grito en el cielo. No dejan pasar una ligereza (y tienen razón, así tiene que ser). No pierden ocasión para señalar la irresponsabilidad de haber basado una opinión en un dato inexacto.

Si uno quiere escribir una columna seria, y conservar el respeto de sus lectores, es necesario dedicarle a esta muchas horas de estudio, mucha concentración, y un cuidado puntilloso durante la escritura. No hay otra manera para que salga bien, y aún así, no siempre sale bien. Es como tener cada semana un examen final ante miles de ojos que te juzgan, te sopesan, te condenan o te premian. Y no sólo hay lectores: también hay ojos infames (los de los envidiosos, los de los pistoleros) que no ven la hora de encontrar algún agujerito por el que pueden colarse, para cobrar viejas rencillas en diatribas o en disparos. Si a uno nadie lo lee, no hay problema. Pero si ganas lectores, cada día hay que tener el pellejo más duro y más espeso el chaleco antibalas.

Por lo anterior sé que me van a entender si les digo que por un tiempo, unas cuantas semanas, me voy a apartar de la realidad inmediata y cotidiana, y me voy a pasar a vivir indefinidamente en otro país, en otro mundo, es decir, en esa ciudad imaginaria que trato de construir en mi novela: Angosta. Espero volver con el libro terminado en la mano, listo. Y una vez terminada la novela volveré otra vez a este oficio de opinador, chupasangre pero exaltante, más duro de lo que se imaginan, pero mejor pagado que el de novelista. Suspendo un rato, pero en unas semanas volveremos a vernos, si todo sale bien, en este mismo espacio.
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