Domingo, 23 de noviembre de 2014

| 2013/03/07 00:00

Paro cafetero y educación para la paz: una apuesta por la coherencia

La estrecha relación de los conflictos sociales y la cultura de paz.

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Los hechos ocurridos la semana pasada, relacionados con el paro cafetero, nos llevan a pensar, en las distintas alternativas que los colombianos usamos para abordar un conflicto o manifestar nuestras inconformidades, manifestaciones que preocupantemente señalan la poca conciencia frente a la noción de cultura de paz, y la poca coherencia entre lo que exigimos y lo que hacemos. Desde lo anteriormente expuesto, considero importante abordar dos temas relevantes, la educación para la paz y la cultura de paz, que claramente poco se desarrolla en la sociedad. Quiero hacer énfasis, en que estoy totalmente de acuerdo con los motivos de la manifestación, lo que no comparto son las maneras de abordar los conflictos, en un país que “supuestamente” intenta apostarle a la paz, donde los directamente afectados son la misma base social, entonces cabe preguntarse ¿cuántas pérdidas generó el paro? 

Muchas veces cuando le preguntas a las personas por el significado de cultura de paz, tienden a asociarlo con pasividad y quietud, perspectiva bastante errada. Educar para una cultura de paz significa todo lo contrario. Se trata de fomentar espacios donde las personas puedan manifestar sus inconformidades, dialogar, deliberar, contrastar y ser críticas frente a su mundo individual como colectivo, adquiriendo un compromiso social. Con el objetivo de formar personas activas, que busquen fortalecer su entorno a través de distintas alternativas desde una perspectiva integral, alejándose de patrones impuestos y rituales establecidos. Lo que significa poder interpretar la realidad desde una mirada global como local y propositiva, que permita encontrar soluciones y alternativas de resistencia distintas a la violencia. Fomentando una actitud la cual vea a los conflictos como posibles escenarios de oportunidades y no como escenarios de violencia. 

En este orden de ideas, educar para una cultura de paz significa trabajar por deslegitimar la violencia impuesta en estructuras mentales, que debido a las coyunturas de las últimas décadas, se ha creado en las personas y su subcontinente, pues ha predominado la cultura de la agresión, debido a variables e intereses económicos, políticos y sociales. Lo que ha generado el brote de una violencia física como estructural y cultural. Debido a procesos como la globalización, la intolerancia frente a la diversidad religiosa, étnica y social,  fomentado escenario de desigualdad. 

En este sentido, la educación para la paz se orienta a crear mecanismos alternativos en el plano económico, político, social y ambiental. Los cuales promuevan la democratización y los buenos gobiernos, fomente la inclusión social, la igualdad de género y el empoderamiento de los grupos base. En el ámbito ambiental busca promover procesos sostenibles.

Para esto la educación para la paz comprende de algunos objetivos:

1) Aprender a conocer, esto es, adquirir los instrumentos de la comprensión.

2) Aprender a hacer, para poder actuar sobre el entorno.   

3) Aprender a vivir juntos, para participar y cooperar con los demás en todas las actividades Humanas.   

4) Aprender a ser. 

Educar para la paz es enseñar a dialogar y a escuchar, elementos que nos permiten convivir los unos con los otros, ¿y qué es convivir? Se trata de soñar juntos, así nuestros sueños e intereses no sean los mismos, con la tranquilidad de poder compartirlos y expresarlos colectiva y públicamente. 

Desde estas nociones, por más utópicas y abstractas que parezcan, se debería partir al momento de decidir realizar cierto tipo de manifestaciones, si en realidad el objetivo es aportar a una cultura de paz.  Para esto me parece importante citar a Noberto Bobbio, quien con su apuesta por el pacifismo activo, aporta a esta reflexión. 

Un elemento importante por resaltar de los aportes de Bobbio es el concepto de pacifismo, como movimiento o teoría, que considera una paz duradera e integral. La paz a la que aspira el pacifismo no es una paz cualquiera, no es una paz de equilibrio que es por naturaleza inestable y mucho menos una paz de imperio o de hegemonía que se basa en una relación de inferior superior, en la que el inferior no acepta, sino que sufre el estado de no-guerra impuesto por el superior, y en la que por consiguiente el estado de no guerra es para el inferior otro estado de servidumbre. En este orden de ideas,  la paz a la que se aspira no puede ser otra cosa que una paz de satisfacción, o sea una paz de una aceptación consciente. En relación con la antítesis de la paz, o sea la guerra, el pacifismo asume una actitud de negación radical: tiende, en efecto, no a la eliminación de tal o cual guerra sino de toda forma de guerra. Por esto, la paz a la que le apuesta el pacifismo tiene que ver con tres niveles: a nivel de organización política, a nivel de la sociedad civil y a nivel de producción. 

En efecto, quisiera dirigir esta reflexión al nivel de la sociedad civil, porque no creo en el gobierno. Creo en la sociedad civil  y en sus grandes capacidades de gestión y organización, siempre he sido admiradora de su capacidad de agencia, sin embargo, quisiera dejar manifiesto el pensar posibles alternativas para actuar desde un pacifismo activo, en aras de fomentar una cultura de paz desde micro escenarios, donde los discursos sean coherentes con las acciones. 

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