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Opinión

  • | 2011/03/24 00:00

    Pathos: la lección del pueblo japonés

    No sólo ahora, también en el pasado, Japón ha sabido demostrar que la tragedia no se enfrenta con cara de sufrimiento sino con fortaleza de espíritu.

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El diccionario dice que el adjetivo patético se refiere a aquello que es capaz de mover y agitar el ánimo infundiéndole afectos vehementes –con particularidad dolor, tristeza o melancolía–. Pero esta no es la manera en la que usamos este adjetivo, porque si bien lo expresamos en situaciones de sufrimiento, en lugar de sentir dolor es más bien una cierta repulsión la que nos embarga. Repulsión hacia la situación e, incluso, hacia las personas mismas que padecen el supuesto sufrimiento.
 
Esto no nos hace ignorantes y mucho menos personas malvadas. Ignorantes no, porque el significado de las palabras está determinado por el uso, mas no por la definición. Malvados tampoco, pues nuestra repulsión obedece, por lo general, a que no sentimos empatía alguna por la persona que sufre –empatía que es condición sine qua non para compartir emociones–. No sentimos empatía en situaciones en las que –con razón o sin razón– creemos que el sufrimiento en cuestión no tiene una causa justificada y que, en consecuencia, no se trata de un sufrimiento genuino. No la sentimos cuando creemos que la persona misma es culpable de su propio sufrimiento. No deja de ser curioso, sin embargo, el contraste tan grande que hay entre este uso de la palabra y el uso original, que viene de pathos.
 
De ese vocablo griego, equivalente a sufrimiento. Pero de un sufrimiento que se lleva con nobleza y estoicismo, de forma tal que nos conmueve –y que, incluso, nos produce admiración–, en lugar de escandalizarnos. Era de esperarse, creo yo, que llegáramos a desfigurar tanto el uso original del adjetivo patético. Porque bien pudo tratarse de un mecanismo de defensa que desarrollamos frente a la abundancia de personas que viven y mueren tal y como nacieron: sufriendo.
 
Me refiero a ese tipo de personas que con frecuencia están buscando un hombro para llorar, y que nunca pierden la más mínima oportunidad para suscitar compasión. En efecto, frente a tanta cobardía algo teníamos que hacer: patéticos –les decimos, en un tono ciertamente despectivo–. Patéticas son, así, las personas que sólo quieren vivir de la caridad o quienes buscan despertar la compasión para satisfacer sus intereses personales. Patético lucía Álvaro Leyva ‘ayudando’ a los damnificados en Haití o el Presidente de Colombia, ‘conmovido’, cargando en su regazo a un hombre enano de 24 años de edad.
 
Lo que no significa, por supuesto, que los sentimientos de ambos no hayan sido genuinos. Pathos es pues lo que menos tenemos por aquí, en Occidente. Pathos tiene de sobra el pueblo japonés. Porque es un pueblo valiente que no sólo ahora, sino también en el pasado, ha sabido demostrar que la tragedia no se enfrenta con cara de sufrimiento sino con fortaleza de espíritu. “No es que seamos indolentes –le he escuchado decir a una ciudadana japonesa– (…) la naturaleza ha sido implacable con nosotros; es lo que hay y debemos superarlo”.
 
Nobleza y estoicismo frente a la tragedia: es esa la lección japonesa de la que deberíamos aprender. Cómo hacerlo, sin embargo, si en lugar de admirar al pueblo japonés nos dejamos contagiar del pánico aguzado por los gobiernos y los medios de comunicación occidentales. Cómo hacerlo cuando en Europa ya se está hablando del fin del mundo y cuando en algunas ciudades de Estados Unidos los habitantes corrieron a comprar yodo ante una ‘inminente’ amenaza nuclear.
 
Sin mayor sorpresa, he escuchado a una periodista colombiana catalogar de débil la manera en que el Primer Ministro japonés manejaba la ‘crisis nuclear’. Débil, según ella, porque él no parecía ser consciente de la catástrofe. Quizás esperaba que el gobierno japonés se rasgara las vestiduras y que infundiera pánico en uno de los países más superpoblados del mundo. O que la situación se manejara a la vieja usanza de nuestros políticos: buscando una tajada de la tragedia, popularidad.
 
Así pues, si bien es clara y digna de admiración la lección del pueblo japonés, termino preguntándome, sin embargo, cómo entenderla cuando aquí, además de demostrar cobardía y carencia de nobleza, no logramos ocultar nuestra envidia y mezquindad ante un pueblo que no se doblega ante la tragedia y que, por el contrario, busca siempre sacar lo mejor de ella: un fortalecimiento espiritual.
 
Twitter: Julian_Cubillos
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