Miércoles, 7 de diciembre de 2016

| 2007/01/27 00:00

“Patria, totalitarismo o muerte”

El analista político Rafael Guarín* escribe sobre las implicaciones que tienen para Venezuela –y de paso para Colombia– los recientes anuncios del presidente Hugo Chávez

“Patria, totalitarismo o muerte”

La consolidación de un bloque de países liderado por Hugo Chávez y su afán exportador de la “revolución” nos deben alertar sobre la posible propagación de gobiernos populistas y del paulatino menoscabo de la democracia en la región. Hasta ahora, la ruta venezolana dibuja, más que un camino al socialismo, una verdadera autopista al totalitarismo.

La mayoría de latinoamericanos coincidimos en promover profundos cambios y en la urgencia de eliminar la pobreza, la exclusión, la desigualdad de oportunidades y la injusta distribución de la riqueza y del ingreso, pero también en defender la democracia. Al contrario, las demagógicas promesas de Chávez imponen el sacrificio de la libertad y los derechos a nombre de la pretendida igualdad. En ese sentido, la “revolución” terminará siendo un salto al pasado dictatorial.

Esa consideración no importa a pro chavistas foráneos que reciben con gozo “el socialismo del siglo XXI”. Con ignorancia supina o creyendo idiotas a los demás, asimilan la socialdemocracia europea o la izquierda moderna de Bachelet o Lula con el modelo venezolano. Pasan por alto que Chávez acogió los procedimientos democráticos para desvirtuar la propia democracia. Adoptó una Constitución para hacer mofa del estado de derecho, centralizar absurdamente el poder y anular el sistema de pesos y contrapesos que caracteriza un régimen democrático.

La reforma constitucional que incorporará la reelección indefinida y modificará el marco de la actividad económica, la reciente aprobación de poderes extraordinarios a través de una “ley habilitante”, el vasto programa de educación (reeducación) socialista y la restricción a la libertad de prensa profundizarán el deterioro democrático. Su resultado será la perpetuación en el poder de un partido comandado por el Teniente Coronel, la ideologización de la educación destinada a un nuevo hombre y una nueva mujer venezolanos y el desarrollo de un singular Estado paternalista sustentado en los recursos del petróleo. Todo parece tolerable a los “trasnochados” izquierdistas latinoamericanos, con tal de hacer la revolución socialista.

Hay suficientes elementos que indican que un totalitarismo de extrema izquierda, diferente al estalinismo, asoma sus orejas en el continente. Con la excusa de la unidad latinoamericana, el proyecto bolivariano disimula su naturaleza de pequeño imperialismo en ciernes. Chávez no cesa los esfuerzos por conseguir injerencia, influencia y dominio sobre los países cercanos, por medios económicos, políticos y militares. A la diplomacia petrolera añadió la posibilidad, que le otorga la ley orgánica de la Fuerza Armada Nacional (Lofan), de realizar acciones militares en otros países del continente con el fin de salvaguardar la supuesta integración.

Otro elemento que preocupa son sus socios. La coincidencia discursiva de Chávez y las Farc proviene de la década pasada, así como su relación con el ELN. Existen denuncias de la presencia de campamentos guerrilleros en territorio venezolano y del abastecimiento de armamento y material de intendencia a esos grupos por parte del gobierno. De la misma manera, inquieta la acogida de representantes de la subversión en el país. Eso, sin comentar las relaciones con movimientos que han desestabilizado otros gobiernos. Finalmente, Chávez es fiel discípulo de la combinación de todas las formas de lucha.

El hemisferio, y especialmente sus vecinos, debe observar con atención el bloque Castro, Chávez, Evo, Correa y Ortega. Su capacidad de perturbación está probada y el riesgo de que se consolide un modelo totalitario en esos países y se siga extendiendo, no es una fantasía. Ya sabemos cuál es el itinerario: pobreza, partidos en crisis, corrupción, populismo, victoria electoral, asamblea constituyente y “revolución”. Con sumo cuidado hay que observar sus programas militares y las actividades encubiertas que pueden adelantar.

El cambio social es imperativo. Lo inadmisible es que sobre el lomo de la pobreza y las penurias, los demagogos de izquierda y derecha cabalguen sin límites, que crean que sólo con ellos es posible el bienestar y que “cueste lo que cueste”, resguarden su poder. Aceptarlo equivale a consentir la supresión del estado de derecho y la democracia.

La frase "L'État, c'est moi, que se debate si es de Luis XIV o de sus enemigos, le va como anillo al dedo a Chávez; ojalá que no dure tanto en el trono como el monarca francés y que al final triunfe la democracia. Mientras tanto, por fortuna, la OEA y la Carta Democrática Interamericana tienen instrumentos para frenar la excitación totalitaria.

*Analista político - www.rafaelguarin.blogspot.com

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