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Opinión

  • | 2000/10/23 00:00

    Paz en serio, guerra en serio

    Como la estrategia militar y la negociación funcionan como ruedas sueltas, no avanzamos en pactar la paz ni en ganar la guerra.

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Nada enreda tanto el conflicto colombiano como la creencia generalizada —y en apariencia obvia— de que las discrepancias se arreglan ‘a las buenas o a las malas’.

Pues no. Dialogar y disparar no son modos excluyentes de acabar una guerra. Son modos complementarios. Por eso no es extraño que Barak sea el general más condecorado de Israel y el más conciliador de sus primeros ministros, o que Arafat fuera el jefe militar de la OLP y hoy encabece los diálogos de paz. En Moscú y en París, en Washington y en Hanoi, en Pretoria y en Belfast, unas mismas personas discuten y deciden sobre la combinación adecuada de fuerza y concesiones para zanjar el conflicto.

Pero no así en Bogotá, donde la estrategia militar y la negociación funcionan como dos ruedas sueltas. Donde la una es un estorbo perpetuo para la otra. Y donde por eso no avanzamos en pactar la paz ni avanzamos en ganar la guerra.

Es el pecado de nuestros procesos periódicos de paz y de nuestras proclamas periódicas de guerra. También es la flaqueza del proyecto Pastrana. La zona de distensión fue la cuota inicial pedida por Marulanda, una cuota quizás inevitable, pero no consultada ni aceptada de veras por el mando militar, los jueces ni el Congreso.

Gran acierto o gran error, el Presidente aceptó retirar la fuerza armada de cinco municipios. Lo hizo sin precisar detalles, árbitros ni condiciones. Y así se armó la charada de entregar un territorio a la guerrilla para luego pedirle que lo administre, según las leyes del Estado contra el cual existe la guerrilla.

Los halcones exigen que el gobierno haga cumplir la ley, Marulanda contesta que trato es trato, y en este ir y venir ya van perdidos dos años. Primero fueron los bachilleres del Cazadores (que por supuesto eran soldados); luego la Comisión de Seguimiento (que se pactó para acuerdos futuros); después, los muertos y secuestrados en el Caguán (como si las Farc no mataran y secuestraran donde les da la gana). Ahora es el aeropirata (como si llevarse un avión fuera más grave que masacrar policías, o como si otros prófugos más conspicuos no anduvieran de fiesta en San Vicente).

La próxima semana —si es que hay próxima semana— podría ser el fallo de la Corte que manda hacer cumplir la ley en todo el territorio. Ya el Procurador (quien debió declararse impedido por su protagonismo frente al ELN) conceptuó que debía acabarse la zona de distensión para las Farc. Y hasta dicen que el Congreso serpista podría incoar un juicio contra Pastrana por permitir tamaña violación de nuestro ‘Estado de derecho’.

Son embestidas políticas, disfrazadas de razones jurídicas, contra un proceso cada día más desgastado por su falta de resultados. Y la falta de resultados nace de la obsesión alrededor del despeje, que a su vez esconde la falta de estrategia del Presidente y del país en la mesa de negociaciones. Errores como aceptar (y además engordar) la agenda-lista de mercado con 107 puntos, como empezar por el tema imposible del desempleo, como las ‘audiencias públicas’ que no concluyen nada ni obligan para nada, como discutir ahora sobre el canje (que en todas partes se concreta al final) son otras tantas muestras de una desacertada ‘estrategia’ de paz.

Y mientras tanto se evaden los temas que deberían estar sobre el tapete de la discusión: la erradicación de cultivos y el Plan Colombia; las condiciones que la guerrilla necesita para pasarse a la política y luchar por sus reformas sustantivas desde las urnas y no desde las balas; las garantías y los garantes de los acuerdos; los plazos y condiciones para desmovilizarse y para desarmarse.

El resto es nuestro inmenso mar de babas. Las babas que esta vez se están gastando en regañar a la guerrilla y en pedir que el gobierno rompa el diálogo. Como si la guerra se ganara con regaños. O como si romper el diálogo modificara en algo la ecuación militar.

Mejor haríamos en tomar la guerra en serio y la paz en serio. Las Farc y el ELN optaron por dialogar en medio del conflicto. El Estado debe redoblar su esfuerzo y su eficacia militar al mismo tiempo —y por la misma razón— que aumenta el esfuerzo y la eficacia de su estrategia de negociación frente a la guerrilla.



***

En la pasada edición de SEMANA, el corrector resolvió escribir ‘Bell’ donde yo había puesto ‘Blel’, aludiendo al senador que sabemos. Y así, nuestro impoluto vicepresidente quedó en la ingrata compañía de ‘Lucio y García Romero’. Mis sinceras excusas al doctor Gustavo Bell.
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