Sábado, 3 de diciembre de 2016

| 2015/10/14 10:00

Cúcuta busca quien la quiera

Resulta paradójico que sean los cucuteños los que se quejen del abandono y el olvido desde Bogotá cuando son ellos mismos los que más maltratan a la ciudad.

Pedro Miguel Vargas Núñez. Foto: Archivo Particular

Se quejan los cucuteños del abandono, de la poca ayuda y del olvido del Gobierno Nacional para con la región. Qué solamente se acuerdan de la ciudad en épocas de crisis, como la actual, para intentar hacer algo y mucho se queda en promesas.

Históricamente el gobierno central poco ha hecho por la región y esta ha estado más vinculada cultural, económica, psicológica y geográficamente a Venezuela. Hasta el punto que hasta hace unos 20 años, en los barrios populares los niños entonaban el ‘gloria al bravo pueblo’ cuando se les pedía cantar el himno nacional colombiano.

Pero resulta paradójico que sean los cucuteños los que se quejen del abandono y el olvido desde Bogotá cuando son ellos mismos los que más maltratan a la ciudad. No son todos, pero sí muchos, tanto que se nota mucho.

Porque el ya famoso "si quiere hacer lo que quiera váyase para Cúcuta" hizo carrera. En la ciudad no se respetan las reglas elementales de tránsito: es muy común ver como los dueños de los vehículos no respetan los semáforos, se paran sobre las cebras, se parquean en cualquier lado, (en la vía o los andenes da igual), andan a altas velocidades, en contravía, hacen los pares en la mitad de la intersección, parquean en las esquinas, pitan hasta la locura y para rematar, las campañas del no tomar licor y conducir no han servido de nada, pues a pesar de las altas sanciones y los peligros siguen tomando y manejando, “porque el carro es como mi tercer riñón o pulmón", afirman a manera de chiste.

Y ni hablar de los conductores de motos que hacen lo que les viene en gana: hasta el punto de transportar en ellas colchones, pimpinas de gasolina, bicicletas, otras motos o tres o cuatro niños al mismo tiempo, ir en contravía, por las calles como si fueran en una pista de carreras o metiéndose por donde no caben.

Es muy fácil ver a la gente botando basura en las calles, desde el papel hasta la bolsa completa, dañando y ensuciando lo público y lo privado. Me tocó ver hace poco cómo alguien arrojaba envases de plástico vacíos a la vía pública, al hacerle la observación su respuesta fue: “para eso pago impuestos, para que limpien”. Lo peor fue que alguien me comentó que eso mismo decían y hacían los niños en las escuelas.

Los parques y espacios públicos los acaba el vandalismo, no dejan ni los huecos, como se dice en la ciudad. Hasta el punto que el recién remodelado y famoso Malecón tiene vigilancia privada para evitar que vuelvan a llevarse hasta las rejas, como ya sucedió en el pasado.

Porque en Cúcuta la norma es el desorden y la desorganización, disfrazados de ‘mamadera de gallo’. Bromeando se desacatan leyes, ordenes, reglas, consejos y sugerencias. El ‘más chistoso’ es el que menos caso hace, la mayoría de las veces celebrado por la concurrencia.

La capital de Norte de Santander es tal vez una de las ciudades del país con menos cultura ciudadana, lo que es mucho decir en un país en donde esta es muy escasa. Sus propios habitantes no la quieren, no la respetan y no luchan por hacerla cada día un mejor lugar para vivir y convivir.

“Cúcuta es una ciudad bonita, el centro es bonito: lo malo son los cucuteños”, me decía hace poco una persona que recién llegó a la ciudad a trabajar.

Es hora de que los cucuteños se apersonen de la ciudad, aprendan a quererla y respetarla. Son necesarias campañas cívicas y de cultura elemental, en las que se aprenda que los derechos de cada uno terminan donde comienzan los de los demás.

Solo cuando los cucuteños tengamos conciencia ciudadana, apreciemos y cuidemos nuestro terruño podremos aspirar y exigir que los demás también lo hagan.

*Periodista y especialista en resolución de conflictos.

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