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Opinión

  • | 2015/09/29 10:15

    Bendita traición

    Desde que comenzó el proceso de paz entre el gobierno de Santos y las FARC, Álvaro Uribe Vélez lo ha calificado como una traición a su pensamiento e ideario político.

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Uribe argumenta, con razón, que Santos fue elegido presidente como una continuación a su mandato de seguir luchando contra las FARC hasta terminar con el último de los guerrilleros. Aunque después se supo, con pruebas, que durante el gobierno Uribe también se buscó dialogar con esa guerrilla.

El actual presidente lo traicionó desde antes de posesionarse, dice Uribe. Y se sintió tan engañado el ex presidente que se convirtió en el peor enemigo de Santos. Algo muy colombiano: "si no eres mi amigo, eres mi enemigo", "si eres amigo de mi enemigo también eres mi enemigo".

Y aunque traición suene mal y peyorativo, en este caso esa traición resultaría bendita, por lo que se está acordando en La Habana y sus consecuencias para el país.

Con el tan celebrado acuerdo de justicia de esta semana el proceso se encamina hacia una exitosa finalización. Un punto que duraron discutiendo más de un año pero que es la esencia de la paz.

La traición de Santos es bendita porque de llegar a firmarse un acuerdo final y aplicarse los puntos acordados de manera correcta, podríamos alcanzar una paz sostenible y duradera.

Bendita traición porque nos ahorraría miles de muertos, heridos, mutilados, sufrimientos, dolor y miserias que nos ha traído esta guerra cíclica de 200 años.

Porque podríamos llegar a un perdón y una reconciliación, tan necesarias en esta tierra donde lo común es el odio, el desquite, la venganza y el rencor que perpetua la misma guerra con diferente nombre.

Porque nos daríamos cuenta que la guerra, el conflicto, la violencia y la agresividad no es lo normal en un ser humano y sociedad, sino que deben primar la tolerancia, el diálogo, el debate y el respeto por el otro.

Porque desistiríamos de estigmatizarnos entre nosotros. Como en este caso, que los que no creen en los diálogos son tratados de guerreristas y enemigos de la paz, como antes trataban a los que creían en los diálogos de terroristas, amigos de las FARC, guerrilleros, enemigos de la patria y del terrorismo. (Y el gobierno Santos cayó en ese juego).

Porque por fin dejaríamos de ser un país con uno de los conflictos más largos y bárbaros del mundo, que más desplazados y refugiados ha producido, quienes han tenido que dejar sus muertos, tierras y pertenencias para ser estigmatizados, principalmente, por nosotros mismos.

Porque aprenderíamos a que nos duela la muerte del otro sin distingos de clase social, ideología política o cualquier otra excusa que siempre nos inventamos.

Porque nos daríamos cuenta que el más macho o el más respetado no es el que más mata y pelea sino que el más humano es, el que hace todo lo posible por evitar la violencia.

Porque los 27 billones de pesos que se destinan anualmente para la guerra se pueden dedicar para la educación, la salud, el desarrollo del campo, infraestructura y sacar a más gente de la pobreza, con el permiso de la corrupción.

Porque podríamos vivir sin extorsiones, vacunas ni secuestros, preocupados por trabajar, producir y crecer como empresarios, comerciantes o profesionales.

Porque los noticieros de televisión no nos llenarían mañana, tarde, noche y más noche con nuestra violencia de cada día. Como sino existiera la otra realidad, la del colombiano pacífico, solidario, trabajador, honesto y correcto.

Porque este proceso, sin duda, ya se convirtió en paradigma para en el mundo: de su mecánica, estrategia, ideas y tiempos aprenderán en otras partes para solucionar conflictos.

Porque aprenderíamos, por fin, a algo tan simple pero que nos ha resultado casi que imposible: a reconocer al otro como un ser humano…

Por esto y por muchas cosas más, fue, es y sería una bendita y bonita traición.

*Periodista y especialista en resolución de conflictos.
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