Domingo, 11 de diciembre de 2016

| 2015/08/29 10:33

Las mentiras de Maduro

Es necesario no igualarse a su verborrea ni a sus innecesarias demostraciones de fuerza, para eso ya tenemos a otro que le sigue ese juego de beneficio mutuo.

Pedro Miguel Vargas. Foto: Archivo Particular

Afirma el presidente venezolano Nicolás Maduro que abrirá la frontera con Colombia solamente cuando el gobierno de Juan Manuel Santos prohíba vender productos venezolanos de contrabando del lado colombiano. Además que el cierre servirá también para limpiar la frontera de paramilitares y bandas criminales (Bacrim) que desangran su país con el contrabando de extracción, creando pobreza y fomentando la inseguridad.

Lo que sabe Maduro y se niega a reconocer públicamente es que el contrabando llega a Colombia porque todas sus medidas en la lucha contra este flagelo fracasan por la corrupción a todo nivel de las autoridades de su país, quienes a su vez conformaron carteles y se aliaron con las mafias colombianas para traficar todo tipo de productos, entre ellos drogas ilegales hacia Europa y Estados Unidos.

Es lógico que si las autoridades venezolanas hacen bien su tarea, a Colombia no llegaría un solo producto de contrabando. Lo que sucede es que el soldado y el guardia venezolano le cobran 700 pesos al que pasa dos o tres kilos de arroz o pequeñas cantidades de productos en un morral o una bolsa, porque el capitán y el teniente le cobran al contrabandista que ya pasa bultos, mientras que los coroneles y generales tratan directamente con las Bacrim y paramilitares colombianos el paso de camiones llenos de productos durante el cierre nocturno, medida diseñada precisamente para frenar la salida de productos a esas horas. Y todo en complicidad con las más altas instancias civiles venezolanas.

Lo que sabe Maduro y se niega a reconocer públicamente es que gran parte del pequeño contrabando lo realizan los mismos venezolanos que viven a ese lado de la frontera, sumidos en el desempleo (50%) y la pobreza originados por el modelo económico chavista.

Antes de llegar el chavismo al poder en 1999, Ureña y San Antonio eran dos prosperas poblaciones, fuerte la primera en la industria y la segunda en comercio. Actualmente, debido a la falta de divisas, materias primas, tecnología, trabas gubernamentales, entre otros problemas, la industria de Ureña, un gran polo manufacturero del país en aquel entonces, funciona al 40 %, mientras que en San Antonio el 50% de los locales comerciales ha tenido que cerrar, al caer las ventas hasta en 90%, comparando con la época prechavista. Una pequeña muestra de lo que convirtieron a toda Venezuela.
Por esto, y por el diferencial cambiario (un bolívar se cotiza a 0,0045 pesos), para muchos venezolanos ganarse cualquier peso colombiano es una fortuna, al mismo tiempo que muchos de ellos buscan trabajo en Cúcuta.

Dentro de las medidas para luchar contra los paramilitares y las Bacrim, Maduro ordenó desalojar barrios de invasiones donde vivían en su mayoría colombianos, maltratándolos, destruyéndole sus casas y pocas pertenencias aunque sabía que los criminales que hirieron a los tres uniformados venezolanos ya habían tenido varias horas para cruzar la frontera, muy seguramente alertados por sus cómplices en las autoridades venezolanas.

Pero la violación a los derechos humanos del mandatario venezolano no debe sorprender a nadie, pues el estado de derecho también ha ido desapareciendo en Venezuela durante el chavismo. Se encarcelan opositores con cualquier excusa, matan a los manifestantes, se censura a los medios de comunicación y las críticas al gobierno convierten a cualquiera en enemigo de la patria, conspirador o paramilitar (esto último si es colombiano).

Sorprende el miedo y la tensión que se respira en San Antonio o Ureña, nada más cruzar los puentes internacionales. A las personas les da temor hablar, lo hacen en el anonimato, miran para lado y lado y si hay un chavista se abstienen de hacerlo. Afirman que los pueden denunciar y ser encarcelados por años sin ningún motivo.

Pero lo que más indigna del salvajismo de su gobierno y ahora que Nicolás Maduro saborea las mieles del poder es que tiene la misma sangre de aquellos que inhumanamente mandó a deportar y destruir sus casas. Sin certezas sobre su lugar de nacimiento, se sabe que los padres y hermanas de Maduro son colombianos, incluso sus progenitores contrajeron matrimonio en Bogotá y su familia materna vivió en Cúcuta.

Porque su historia es la misma de estos colombianos que ahora desprecia y trata de paramilitares, criminales o prostitutas, entre otros calificativos. Su familia emigró a Venezuela en la época de la bonanza petrolera buscando un mejor futuro. Y lo consiguieron porque los gobernantes de la época no actuaban con el mismo egoísmo y discriminación que ahora lo hace él. Maduro niega sus raíces, al igual que muy posiblemente lo hace con su lugar de nacimiento, al asegurar que nació en Caracas.
Lo mismo que su maestro Hugo Chávez, Maduro busca enemigos en todas partes para desviar la atención sobre el desastre político, económico y social en que han sumido a un país con las mayores reservas petroleras del mundo.

En época de elecciones es conveniente buscarle pelea al vecino, al de siempre, para aglutinar a una nación en torno suyo o para seguir recortando las pocas garantías constitucionales que quedan.
Y esta es la razón por la cual el gobierno colombiano debe actuar con ‘pies de plomo’: con firmeza, pero con prudencia. Maduro y su pandilla puede hacer cualquier cosa, incluso un conflicto bélico, para aferrarse a un poder que no quieren dejar escapar. Es necesario no igualarse a su verborrea ni a sus innecesarias demostraciones de fuerza, para eso ya tenemos a otro que le sigue ese juego de beneficio mutuo.
 
*Periodista y master en relaciones internacionales

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