Viernes, 2 de diciembre de 2016

| 2015/12/09 12:56

“Una buena receta”, John Wells, 2015

La narración permite entrar al cerrado y desconocido mundo de la gastronomía por parte de quienes lo dirigen y lo planean, es conocer el mundo de los restaurantes y de su intimidad.

Gustavo Valencia.

La película en conjunto contiene todos los ingredientes para una buena receta fílmica, es decir, no es sólo la historia que se cuenta sino el cómo se cuenta a través de la imagen fílmica, dejando un agradable sabor a buen cine.

La narración permite entrar al cerrado y desconocido mundo de la gastronomía por parte de quienes lo dirigen y lo planean, es conocer el mundo de los restaurantes, de su intimidad y de sus rivalidades, como también del alto nivel de exigencia y competitividad de sus respectivos chefs para lograr acogida en el público y lo más importante, a nivel profesional, para obtener la codiciada estrella Michelin que entregan los expertos y que en la vida real, los convierte en sinónimo de máximo prestigio y excelencia. Ese es el tema y relato de la película, y el desarrollo del guión apunta a develar un poco ese difícil ambiente encargado de conquistar el refinado paladar de muchos gourmets con base en la preparación de exquisitos platos, fruto del talento de combinar ingredientes con su debida sazón y cocción.

La historia, que tiene un ritmo muy fluido y sin complicaciones, se centra en un individuo que sale de su crisis y que vuelve después de tocar fondo, o sea, a la búsqueda de una segunda oportunidad cuando ya nadie confía en él. Es la persona que como cualquier otra, quiere modificar varios aspectos de su vida tanto privada como profesional. Es el chef talentoso que, además de neurótico y tirano en la cocina, se enfrenta a las consecuencias de sus actos pasados, a fracasos y odios, rencores y venganzas, que necesariamente lo conducen a ver sus propias limitaciones, a confrontar sus propios conceptos sobre sí mismo y los demás, sobre su vida y la búsqueda obsesiva del éxito y el triunfo, resultando fácilmente que el espectador pueda identificarse con todo ello, quedar atrapado en el agradable desarrollo de los acontecimientos que se van presentando.

Junto a este fluir de la narración se encuentra algo que sucede de forma imperceptible, que sigue siendo la base y fundamento del cine, del buen cine, cuando no se olvida el medio a través del cual realiza su relato, es decir, la imagen fílmica, aspecto que hoy por hoy ni es considerado importante, ni tampoco se le presta mucha atención, lo cual es una gran equivocación y un contrasentido como tal. La película basa buena parte de su relato en dejar que sea la imagen la que narre, gracias a muchos ángulos y enfoques, a diversidad de planos, en especial de primeros planos en la preparación y corte de los alimentos, en su sazón y cocción, y posteriormente en la servida de los platos. En entregarse con mucho talento visual a que todo quede dicho y representado por sólo imágenes, donde sobran las palabras y los diálogos, pues la expresividad de la imagen y más en cine, es más que suficiente. Ahí reside el secreto para una buena receta fílmica, para poder saborear con especial gusto el cine como imagen.

En suma se encuentran buenos ingredientes en el guión que con la buena sazón de recursos fílmicos de planos y enfoques, entregan una muy particular película, con su protagonista Bradley Cooper, uno de los actores de moda del momento, quien logra una buena interpretación dramática para la exigencia del papel, en una historia donde gracias a la ficción del cine volver a comenzar es posible, donde modificar aspectos de la personalidad también lo es, para retomar la senda del triunfo, incluso con historia de amor adjunta y rebasando un pasado problemático, o sea, los muchos aspectos personales que todo ser humano desea mejorar y superar, que los encuentra reflejados en esta comedia y que como a toda buena comedia le compete un final feliz.

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