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Opinión

  • | 2008/09/07 00:00

    ¿Penalizar o legalizar las drogas?

    Es la prohibición la que multiplica la adicción y sus consecuencias; no sólo por el resultado de su seducción, sino porque la escasez encarece el producto.

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La reunión en días pasados de la Comisión Latinoamericana sobre Drogas y Democracia, concluyó que el panorama en la materia es desolador. Ellos saben, que pese a los ingentes esfuerzos desarrollados por organismos nacionales e internacionales, el fenómeno del narcotráfico aumenta cada día y con él, sus secuelas criminales.

El modelo represivo implementado en Centro y Suramérica, a instancias del gobierno estadounidense, no está dando resultados. Por ello, vale la pena reflexionar acerca de la conveniencia de continuar enfrentando este problema bajo el mismo modelo, es decir, aquel que privilegia la represión y relega la prevención.

En Colombia hace un par de semanas, el presidente Álvaro Uribe habló de intentar, por quinta vez, la penalización del porte de la dosis personal de droga, algo que a muchos les suena bien, pues como escuché hace unos días a una señora que se auto-rotula como ciudadana de bien, “El doctor Uribe hace muy bien, porque hay que guardar en la cárcel a esos degenerados”. Seguramente ella como otros tantos, que no conocen del tema, les sonará la idea de llevar a prisión a los consumidores.

Sin embargo, quienes de alguna manera hemos trabajado en el campo de la recuperación de adictos y sus familias codependientes, nos causa asombro observar como los Estados privilegian el discurso represivo, sobre la implementación de políticas serias de prevención del consumo de alcohol y estupefacientes en niños y adolescentes. Eso, sin hablar de un tema que se convirtió en tabú y que podría ser una eventual solución a muchos de nuestros males: la legalización de las drogas.

El célebre filósofo y escritor español, Antonio Gala, en su libro “Carta a los herederos”, se refiere a la droga como un fenómeno que no es de hoy, sino algo tan antiguo como el hombre. Las drogas, dice Gala, con las vinculaciones empáticas que algunas provocan, la evasión que propician otras, o la intensidad vital que todas prometen, han sido desde siempre ansiadas por los seres humanos. Añade, que los sabios griegos las consideraban oportunas o inoportunas según los casos, los usuarios y las circunstancias.

Sin embargo, para el común de la humanidad, la droga es temida como un contagio vergonzoso, como una peste negra. En ella se resumen todas las animadversiones y la encarnación de lo peor que le sucede al ser humano. Se la tiene como antagonista de la familia, demoledora de los futuros individuales, propiciadora de delitos y destructora de toda convivencia. Pocos se detienen a pensar que, para que se genere la drogadicción, se requiere de una previa vulnerabilidad del individuo, representada por una ansiosa necesidad. Del adicto se asegura que es un subversor del orden que, al modificar su propia química, trata de reemplazar a Dios. Si se analizan una a una sus historias, se pueden observar en ellas, seres degradados por el autoritarismo o el miedo; o por una voluntad debilitada al ser sustituida por la de sus educadores, es decir, padres, maestros y demás adultos significativos.

El psicólogo colombiano Napoleón Villarreal, experto en temas de prevención del uso y abuso de sustancias psicoactivas, describe en el ensayo, “Juventud, libertad, poder y drogas”. Como los jóvenes se pierden, cuando el miedo los inunda, cuando se alejan de lo que realmente son y se someten a relaciones de dependencia en el pensar, sentir, actuar, o cuando reproducen modelos de seres "liberados", "acabados" y "perfectos", renunciando a su originalidad, criticidad y creatividad.

Dicen los médicos que la mejor vacuna contra el sida es la prevención. Igual sucede con las drogas o el alcohol. Existen, lo que los psicólogos llaman, factores protectores, entre otros, el fortalecimiento de la autonomía, la preparación para elegir, la formación integral de la persona para hacerla capaz de mantener sus independencia frente a las tentaciones consumistas, estos son el único camino para evitar que niños y jóvenes, entren a formar parte de la oscura comunidad de la adicción. Eso, y no las maldiciones de padres y maestros, ni las alarmantes profecías de los afiches - que generalmente provocan el efecto contrario - ni las campañas moralistas y mucho menos la actitud hipócrita de algunos gobernantes.

A los niños, jóvenes y adultos que, tímidamente me cuentan sus historias de adicción, acercándose no al maestro sino al amigo, les escucho su vía crucis y sus intentos por salirse de él; los hay quienes saltaron desde el amor compartido hasta la droga aisladora; o los decepcionados que pretenden olvidar sus hermosos sueños fenecidos; o aquellos hijos normales de padres normales en quienes no hallaron calidez en la comunicación; o los apasionados deseadores de éxitos o triunfos que jamás llegan; o los curiosos impertinentes que siguieron las huellas de otros aun mas impertinentes e ignorantes; o los que descienden los escalones del alcohol y las drogas hasta llegar al infierno más cerrado. A todos, sin excepción, les invito a abrir los ojos y enfrentarse a sí mismos, a mirar a su alrededor, olvidándose un poco de “ellos”, para batallar contra sus verdaderos enemigos, poniendo esa batalla como sustituto de la droga, y esa ilusión como sustituto de la derrota.

Se dice que los drogadictos son antisociales, es probable que yo también lo sea. Es esta sociedad consumista, la que nos hace antisociales y no la droga. Es esta sociedad atrapada por la apariencia, la que crea drogadictos a través de actuaciones pésimas que ignoran y engañan. Seguramente si los drogadictos pudiesen ser encerrados en un gran gueto, buena parte de la sociedad respiraría “tranquila”, aun con cierto aire hipócrita, pues quién no ha tenido en la familia un hijo, primo, hermano, padre, madre o amigo alcohólico o drogadicto.

Si se observa con detenimiento, es la prohibición la que multiplica la adicción y sus consecuencias; no sólo por el resultado de su seducción, sino porque la escasez encarece el producto. Es lógico pensar que los beneficios de los narcotraficantes, y los de sus beneficiarios, no pocos en este país, desparecerían en caso de ser legalizadas las drogas.

Este es un tema que despierta inquietud y muy seguramente no pocas críticas. Pero qué le vamos a hacer si la droga es una realidad, un olor que permanece dondequiera que pasa, sin remedio posible. Por eso no hay otra solución para luchar contra ella que legalizarla, es decir descubrirla, saber qué es, dónde está, quién la custodia, por dónde va y a dónde. El resto son sólo respuestas que, bajo el disfraz moral, esconden hipocresía e intereses.



*César Castaño, es tallerista en prevención en el uso y abuso de sustancias psicoactivas en escenarios educativos.



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